La invasión

La violencia como protesta fue el punto de quiebre de un presente insostenible para Millonarios. También una muestra de los vacíos judiciales, de educación y convivencia que existen en nuestra sociedad alrededor del espectáculo del fútbol.  

La invasión al campo fue un acto que reflejó la ignorancia y la estupidez que atropella a más de uno. Nuestro fútbol necesita garantías de seguridad para los deportistas y asistentes, mecanismos de judicialización para los delincuentes y largas jornadas de trabajos de convivencia.

Construcción

Millonarios hoy está gravemente herido. Un club de fútbol está conformado por sus directivos y dueños, por los jugadores y sobre todo sus hinchas. Cuando la armonía se quiebra es prácticamente imposible pensar en un futuro prometedor.

La discordia es siempre válida cuando se buscan espacios de construcción, cuando se hacen esfuerzos por reconocer los puntos en común y encontrar las alternativas conjuntas que lleven a la consecución de los objetivos.

¿Cuáles son los puntos en común? ¡Hay que ganar! ¿Cuáles son los objetivos? ¡Hay que salir campeones! Todas las partes quieren lo mismo. Sin éxito deportivo no hay negocio (dirigentes), sin éxito deportivo no hay gloria (jugadores) y sin éxito deportivo no hay orgullo (hinchas).

El problema radica en la ausencia de espacios de construcción para el mejoramiento. El hermetismo que ha caracterizado a la actual dirigencia se ha terminado de consolidar por la violencia de los hinchas. Sin defender a nadie, reconozco lo difícil de que debe ser rendir cuentas o comunicar proyectos ante un sector de la hinchada que amenaza la vida y que está siempre a la defensiva.

Al final, los tristes resultados deportivos solo han sido el detonante de esta deformidad institucional. Es un círculo vicioso que solo puede tener un final de pesadilla.

Desde la cabeza del club hay que comenzar a dimensionar la importancia de contar con una de las hinchadas más grandes de América. Y acá no importa quién es el dueño del club, lo que importa es entender que cuando esta hinchada esté alineada con la dirección y sobre todo ella sienta que su valor es reconocido, la situación inevitablemente tendrá que comenzar a cambiar.

La forma de lograrlo es por medio de mecanismos, donde se respeten unos estatutos, normas claras y reguladas de participación, que trasciendan y se consoliden en el tiempo.

Mecanismos que garanticen que la voz del hincha sea escuchada, no para que hagan de directores deportivos o presidentes, no para convertirlo en democracia absoluta, sino para que se manifiesten las inconformidades, eventualmente se reconozcan y finalmente se trabaje sobre ellas. Las que sean.

Pueden ser la comodidad en el estadio, el servicio y precio de boletería, la política de contratación o formación de jugadores o cualquier otro punto que genere insatisfacción justificada.

Pero, atención, siempre propositivas, constructivas, sensatas, fundamentadas, reales. No habrá más alternativa para la dirigencia que atenderlas dentro de las posibilidades y finalmente el hincha se podrá sentir importante dentro de una organización que básicamente no podría existir sin su presencia y participación.

No hay que hacer nada nuevo, en el mundo sobran ejemplos de estos mecanismos de participación y colaboración de los hinchas en los asuntos institucionales de sus clubes.

Es utópico tener a millones de personas absolutamente conformes. En especial en esto del fútbol, cuando el corazón es el que manda. Pero sí es posible aumentar la satisfacción de los hinchas a través de la participación. Con una comunicación efectiva de los proyectos se acaba la especulación, siempre destructiva por donde se le vea.

Con una comunicación respetuosa se llega a la autocrítica -necesaria y justa- que apacigua la ira y la impotencia de los hinchas, realza la tranquilidad y la confianza, produce el debate, genera construcción y finalmente conduce al al éxito institucional.

Cuando se trabaja desde la dirigencia con respaldo, los errores se pueden corregir y las soluciones se pueden potenciar. Cuando es evidente y abiertamente se identifica la falta de compromiso, asumiendo un escenario en donde nadie se esconde y todo se comunica, exigir una corrección inmediata o una renuncia, tiene mucho más sentido, fuerza y valor. Seguramente no existirá la violencia, siempre tan absurda.

En definitiva, un club unido es invencible. Millonarios unido tiene todo el potencial para estar entre los mejores del continente. Este club tiene un valor incalculable por su historia y gente. Tiene una marca con el poder de atraer grandes contratos de patrocinio, una hinchada masiva y fiel para llenar siempre el estadio (fiel reflejo de armonía y unión), y todas las posibilidades del mundo para generar recursos, que bien administrados podrán ser invertidos para la construcción de un club poderoso en infraestructura y conformar equipos realmente competitivos, desde el fútbol base y el mercado. Equipos que van a ser apoyados en la victoria y en la derrota, porque se entenderán los procesos, porque se conocerán los proyectos, se valorarán los esfuerzos y finalmente se aceptarán los errores cuando existan (administrativos o deportivos) para corregir y seguir creciendo.

La evidencia del problema institucional está en la inminente dependencia de los resultados deportivos, donde hace menos de 6 meses se llegaba al éxtasis en una semifinal y hoy todo está derrumbado. Ese es el evidente ciclo vicioso que necesita ser reconvertido en virtuoso.

¿Por qué no cambiar Millonarios? Vamos todos juntos. Para el mismo lado. Vamos Millonarios, ¡por favor despierta!

 

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