Muchas veces eso que llaman una moza no es más que una mujer cuya casa estamos autorizados para usar como nos da la gana sin la desventaja de mantenerle la nevera, y donde si acaso estamos autorizados para nutrir el joyero a cambio de un privilegio: eximirnos del lujo dudoso de una suegra. Y una esposa en ocasiones es tan solo una antigua moza transfigurada por la ilusión de que la única manera que tenemos de ser felices es dejándonos domesticar, porque, al decir de la una y la otra, somos incapaces de saber lo que nos conviene, y hasta de combinar la corbata que nos regaló la primera con las medias que nos compró la segunda.

A mi edad puedo confesar sin ufanías de Casanova que tuve suficientes mujeres, haces de azucenas ácidas, rebaños de corderas espinosas, como para no establecer grandes diferencias entre la barragana y la propia. Y para saber que toda manceba tiende a derivar en desposada, y que todas las entretenidas, como las llama el diccionario, pasan por esa etapa inclemente cuando aspiran a desvirtuarse en novias, para transfigurarse después en cónyuges y tomarse el derecho, que también puedo llamar abuso de confianza, de pasearse por los albergues comunes de los espejos ostentando unos rulos de plástico y la mascarilla sabatina de aguacate bajo el turbante de entrecasa con un imperio indestronable.

Me parecen inaceptables las divisiones demasiado tajantes entre las costillas y las amantes. Porque una costilla que no se trate con el mismo cariño que a la querindanga o quillotra es menos que nada, otro electrodoméstico. Y una moza que no merezca el mismo respeto que su adversaria es mejor cambiarla por una mascota, una perrita pastor, una gata de Angora con las uñas recortadas o una canaria en su jaula. Solo por una abyección machista y católica se puede separar a las mujeres en grupos inconciliables según estén o no benditas por un párroco.

A quién no le ha llorado de soledad una moza en la hombrera o no le ha contado la biografía de un hermano disoluto; a quién no se le embarazó una moza y a quién no se le metamorfoseó la oficial, también llamada media naranja, en una loba insaciable una noche de verano después de unos vinos en una fiesta de familia. Todas las mujeres son la misma mujer y todos los hombres le escribimos el mismo poema. Dijo un poeta. Y yo tampoco hago muchos distingos entre la doña y la daifa, desde cuando dejé de creer que hay unas mujeres para adorar —como a la Virgen María—, y para hacerlas esposas y madres de nuestros hijos, y otras para temerlas como al mismo diablo y desearlas para lo que llaman en Pereira los revolcones. Esas diferencias se las dejo a los aulladores de vallenatos como Silvestre Dangond, silvestres y pedestres, y a ciertos poetas de izquierda con ínfulas libertarias que se casan por la Iglesia, pero no bautizan a los hijos. Yo pertenezco a las tradiciones del bolero que suelen endiosar a las amadas secretas tanto como a las declaradas. Y suspiro como un condenado cuando se van, hartas de mi negativa de llevarlas al altar vestidas como las muñecas de mazapán que coronan los ponqués de matrimonio.

Esos conocidos que a veces encuentro en los bares de los suburbios escondiendo como ladrones una moza detrás de unas gafas oscuras me dejan la impresión de que se envilecen mientras rebajan una muchacha que los quiere, incapaces de presentarse en los restaurantes de costumbre con la que los desvela mientras fingen dormir con otra.

Conseguí, no sé cómo, que las otras terminaran siendo amigas de la consorte propiamente dicha. Después de media docena de enlaces —por la Iglesia una vez, bajo chantaje sentimental, y las demás porque, como dice la canción bastarda, el destino así lo quiso, es decir, los torrentes que corren por los huecos de los horóscopos, que son los cedazos de los dioses y los desaguaderos de los demonios—, aprendí que las cosas de la arrimada hay que conversarlas a calzón quitado con la de siempre. Y llegar a un acuerdo razonable. Si hemos sabido hacerla gozar y sufrir como es debido con lealtad olímpica, ella es el mejor consejero posible. Y si no resulta, lo mejor es el divorcio. O renunciar a la moza dejándole medio corazón en el buzón de mensajes o una buena lonja de hígado, de ñapa, porque quizás es cierto que amamos como esa presa blanda y negra, como creían los poetas isabelinos.

Un amigo mío, periodista de renombre en tiempos de bárbaras naciones, o mejor dicho, del Frente Nacional, dueño de un humor malsano entre la mordacidad y el genio, estaba unido a una mujer bella y comprensiva que lo soportaba con el cariño que algunas madres ponen en sus hijos bobos, por talentoso, supongo, porque Apolo no era. Y, como si no le bastara, tenía una moza, la hija proletaria y bien nutrida de un lotero, una mujer tirando a madura (pero él tampoco se cocinaba en dos aguas), a quien sacó de los callejones de hoteles de cautelas donde se encontraban hasta llevarla a los bares de sus amigos. Cuando me la presentó a grito herido desde la barra de una tasca —“Venga le presento a la moza, poeta” —, sentí tanta vergüenza que me provocó que la tierra nos tragara a los tres, y le dije: “Hombre, no seas brocha. Deberías presentarla como amante, amiga o novia”. Pero él, recalcitrante, se reafirmó. Una cosa es una amante, una amiga, una novia. Esta es mi moza. El hombre era inteligente, pero sabía ser procaz. El hecho cierto es que cuando García Márquez lo invitó a la fiesta de recepción del Premio Nobel lo puso en un gran dilema. O llevaba a la moza a Estocolmo o a la esposa de toda la vida, con quien había tenido unos hijos que adoraba. Duró semanas cavilando. No hablaba de otra cosa. Y al fin tomó la decisión que le pareció más salomónica o adecuada. “Cómo voy a aparecerme con la moza en la corte sueca”, me dijo. Y llevó a Raquel al jolgorio. Al regreso, la hija del lotero, que era pobre pero altiva, le devolvió los regalos a mi amigo. Y no quiso volver a verlo. Yo jamás había visto llorar así a un hombre. Ni comer de ese modo desaforado los chicharrones kilométricos del Zaguán de las Aguas en busca de un suicidio por colesterol. Y se fue erosionando por dentro. Hasta morirse con el corazón deshidratado. Y Raquel le cerró los ojos con la fidelidad de siempre.

En el escritorio de Bavaria donde trabajaba, después de haber sido cronista estrella en los medios en su tiempo, se encontraron en un sobre de manila los anillos devueltos, el aderezo de diamantes de pacotilla, la esmeralda negociada en la calle 14, lo que mi amigo llamaba la bocelería de la moza, y una carta que jamás envió prometiendo que la próxima vez la llevaría a conocer al rey de Suecia, si volvían a invitarlo.

La historia explica lo que quiero decir. Que una moza puede ser un problema tan espeluznante como la mujer que hemos reducido a casada por debilidad o por simple falta de confianza en el amor. Y que no debemos establecer diferencias demasiado rotundas entre las mujeres por apego a los vicios de los códigos canónicos o civiles, amén.

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