Por: Esteban Cardona Arias
@estebanp

Previo a la primera semifinal de la Copa Libertadores ante Sao Pablo, ‘El loco’, René Higuita, posteó desde sus redes una imagen con el buzo del arquero Armani, del Atlético Nacional, acompañada de la leyenda: “Ya con la de Franco puesta, vamos mi verde por el sueño continental”. 

Se refería a Armani, nuestro arquero, y ese gesto fue la mejor forma de pasarle el testigo de héroe a héroe y decirle: continúe usted Franco que la gloria está cerca.

Nadie mejor que René para saber cómo se juega en este tipo de instancias y quién tiene la madera para hacerse cargo de semejante responsabilidad. Él, quien atajó cuatro penales en la final del 1989, hizo el famoso tiro libre contra River Plate en el estadio Atanasio Girardot y luego sentenció la serie tapándole un penal a Matías Almeida, en pleno Monumental en la semifinal de 1995.

Ese simple gesto es bastante simbólico. De René a Armani, del ídolo histórico al ídolo contemporáneo. Ambos, fueron, son y serán un homenaje al arco, a la toallita, a los guantes y a los penales.

A Franco Armani lo trajo el técnico Ramón Cabrero a la mitad del año 2010. Una jugada que le ganó a la incredulidad de todos los hinchas. Ese arquero, calladito, que irradia bondad y respeto, se ha ganado el corazón de esta hinchada con trabajo, esfuerzo, calidad, sentido de pertenencia y, sobre todo, con sus salvadas en el arco que valen títulos.

Seguramente para graduarse de ídolo le tocó hacer el doble, por ser extranjero y no tener esa conexión con el futbolista de barrio que emerge de las inferiores y tanto admiramos. Pero él, basado en sus condiciones y la manera en que adoptó unos colores como suyos, ha forjado esa aura inexplicable que solo cubre a los que han llegado para quedarse, a los que no dudan entre la gloria y la plata y a los que entendieron que Atlético Nacional es una manera de entender el mundo que trasciende del fútbol a la vida.

Él es diferente. Porque ante ofertas -supuestamente tentadoras- en su país natal, no cedió, porque ante los millones del fútbol mexicano dijo que no. Algo que ni siquiera han hecho otros, hijos de la tierra y enamorados del club. Armani prefirió seguir en su hogar por adopción, Medellín, vestido de verde y blanco y cargarse entre esos guantes, que a veces se convierten en paredones infranqueables, la gloria de este pueblo que lo siente como uno más de los suyos.

Es un amuleto antipenal, un artista de los reflejos, que aun sin hablar mucho, con su mirada comunica seguridad a su defensa, confianza a los hinchas e incertidumbre a los delanteros rivales. Cada victoria suya es una derrota del otro equipo, es una sutil paradoja con la que el fútbol simula un principio de justicia.

En nuestra última semifinal de la Copa Libertadores (1995) nos comandó el gran René. Esta vez otro guardameta es nuestro estandarte, quien nos ha sacado de baches y nos ha sostenido ante la adversidad. Este es un homenaje al ídolo contemporáneo que nos ha devuelto la esperanza de un título con hazañas como la triple atajada en Rosario o el mano a mano en San Pablo. Siga así Franco, que acompañado por nuestro equipo y nuestra gente vamos a defender estos colores como quien no tiene otra opción para ser feliz.

 

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