Una de las cosas que me molestan de los hipsters es que se han convertido en la discusión bizantina de moda desplazando temas mucho más irrelevantes, pero igualmente apasionantes, como los poderes del Noni, la fruta que supuestamente curaba hasta el sida. Eran mejores los tiempos en los que la gente pasaba teorizando y polemizando sobre este fruto divino y no sobre estos muchachos cuyo único gran logro, para alegría de Horacio Serpa, es hacer que el bigote se vuelva a poner de moda. Artistas intuitivos, fotógrafos amateurs, publicistas alternativos que buscan combatir el sistema desde adentro. Jóvenes que son tan creativos que son capaces de reinventar el antiguo concepto del desempleo para llamarlo freelance.

Nadie sabe muy bien qué es un hipster. No hacen parte de una corriente ideológica, ni de una tribu urbana, ni tienen una determinada filiación política. Intentar definir a un hipster es una actividad inconducente. Toma el mismo tiempo y la misma energía que intentar entender las estrategias políticas de Antanas Mockus o las verdaderas razones por las que Juan Manuel Santos dejó el saco y la corbata y ahora solo se viste con una desjetada camiseta del Tolima Kokoriko.

Y es que saber qué es un hipster es complicadísimo porque todo es hipster y, a la vez, nada lo es. Usar gafas con marco de pasta para darle un look característico y moderno a tu pinta es hipster, pero Gina Parody no. Salir de fiesta a La Macarena sin pensar en las consecuencias de la borrachera es hipster, pero el Bolillo Gómez no lo es. Aspirar a vivir una vida tranquila y aprovechar todos los frutos que nos puede dar la tierra y el agro es hipster, Valerie Domínguez y Andrés Felipe Arias no. Dejarse el bigote para conectar con una masculinidad de antaño es hipster, pero Clara López no será considerada jamás como uno de los íconos de estos chicos artistoides.

Puede que sea esta extraña lógica la que a veces les nubla el juicio, pues solo alguien muy confundido puede referirse a Chapinero como Chapiyork. Me imagino que debe ser porque en la Caracas encuentran una réplica exacta de la Quinta Avenida con sus compraventas, desayunaderos y mariachis amanecidos. Bajo sus ojos, sus gafas y sus bigotes, Bogotá y Nueva York son como dos gotas de agua. Amigo hipster, sáqueme de una duda: ¿Es Cedritos nuestro Chinatown? ¿El barrio Venecia nuestro Little Italy? ¿El río Tunjuelo nuestro Hudson River?

Cada vez que se analiza una parte de este ¿movimiento?, ¿tribu urbana?, ¿orden secreta? se abren más y más preguntas. ¿Cómo es el rito de iniciación para volverse hipster? ¿Hay acaso una competencia en donde el que primero atraque el clóset del abuelo y se vista a oscuras gana? O ¿es tan sencillo como vencer el sentimiento de vergüenza propia y comenzar a usar sombreros dentro de recintos cerrados?

Propongo organizar salidas de campo a Chapinero en donde se pueda hacer avistamiento de hipsters, así como en Suesca hacen avistamiento de extraterrestres. Tal vez al verlos en su nicho podamos entender realmente qué son, cómo son y con qué se comen. Quién quita y puedan resultar tan milagrosos como el enigmático Noni.

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