Los de uso diario

Son los más importantes, y no solo porque son los que usted más usa —obvio—, sino porque lo desvaran siempre: un viernes casual en la oficina, en una comida con amigos o hasta en una ida al estadio. Lo ideal es que no sean ni tan claritos ni tan oscuros; ni desteñidos —como si les hubiera echado blanqueador—, ni tirando a negros.

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¿Por qué?

Porque solo así le salen con una camisa, camiseta, saco o chaqueta del color que quiera… Pero, ojo, que si el tamaño no es el correcto, el color será lo de menos: es clave que no le queden sueltos, pero tampoco muy apretados, de esos que le forran lo que nunca debe andar forrado por ahí. Procure, además, que lleguen hasta el talón y rocen los zapatos. Y hablando de zapatos, la ventaja es que estos jeans le salen con todo: desde unos Converse hasta unas botas de cuero bien jaladas.

Los elegantes

Si el plan no es tan relajado pero igual quiere ponerse jeans, que sean oscuros: no negros, pero de un azul tipo blazer de banda de guerra de colegio, por así decirlo. Combínelos con camisas de un solo tono, de rayas o de cuadros sobrios y, por lo general, dentro del pantalón.

¿Y encima?

Siempre un blazer. Sea estricto con el tamaño y el estilo, porque si no tienen ese toque elegante, a la larga le van a dañar toda la pinta. Por eso, procure que sean lisos, que solo tengan los cuatro bolsillos tradicionales —nada de bolsillos a los lados, por favor—, que las costuras sean del mismo color de la tela y que no tengan ningún logo vistoso. Clave también que les meta un buen cinturón de cuero y que los combine con mocasines o con botines de cuero. Por último, mucho cuidado con el lavado, porque la idea es que no se le destiñan: mejor si los lava a mano.

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Los prohibidos

Sabemos que la onda hipster está entre nosotros, así que no le vamos a prohibir que se ponga jeans de colores llamativos —rojo, naranja, morado—, pero eso sí, proceda bajo su propio riesgo: unos pantalones amarillo pollo o verde radioactivo solo terminan en catástrofe. Porque esa licencia para innovar tiene sus cláusulas: nada de jeans más apretados que un TransMilenio, y tampoco se le ocurra usar esa bota campana sesentera que no pega hace 30 años.

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Ni piense en combinar colores, ponerles parches o romperlos a su gusto, como si fuera el Joven Manos de Tijera. La idea es que se vea bien, no que intente disfrazarse del rapero 50 Cent o, peor, de Justin Bieber. Ah, y no sobra decirle que cualquier fleco de vaquero está fuera de la conversación, al igual que los bolsillos de cremallera. Ya sabe, está advertido.

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