Normalmente ando por toda la ciudad en mi moto, pero esta vez me llegó la oportunidad de manejar uno de los carros que más me llaman la atención del mercado mundial: Un MINI. Llegué puntual a Autogermana, muy en la mañana, y desde la vitrina ese pequeño carro azulado resplandecía más que los otros. La invitación que me hacían era irrechazable: me lo entregaban y podía manejarlo durante todo un día. Full de gasolina, recibí las llaves y listo, eché a andar este modelo 2008.

Lo primero que me impresionó fue el tablero donde predominan dos círculos brillantes con números rojos. La palanca de cambios y el timón me sorprendió también por su suavidad. Cuando pulsé el botón de encendido sentí lo que ya sospechaba: estaba al frente de un automóvil único. A pesar de su apariencia acorde a su nombre, la potencia me sorprendió. Apenas pude lo llevé a la Autopista norte y probé qué tan rápido podía ser y no me defraudó.

No perdí tiempo. Invité a dos amigas y a dos amigos y comprobé realmente que el cupo para cinco personas —perfectamente cómodas— es una realidad. Ninguno se quejó por el espacio y, al contrario, coincidimos en su amplitud. Sin duda el MINI es más confortable de lo que parece. Y les aseguro, es mejor andarlo acompañado.

Quise probar el automóvil en carretera y fui hasta La Calera. Su dirección era impecable y el turbo me aceleró hasta donde me era permitido. Luego regresé y bajé hasta la Zona G donde la gente no paraba de mirarme. Aunque sé que soy bastante atractivo —bueno, eso quisiera—, el MINI se robó toda la atención. La gente señalaba el carro, me daban prelación en los cruces e incluso un motociclista paró el tráfico para que yo pudiera pasar. Me sentí muy importante.

Pero la fama dura poco, mi cuarto de hora se extendió por unas horas y tuve que regresar a la realidad. Todo lo bueno acaba, pero ya sé cuál será mi siguiente carro cuando llegue la hora de comprar. Sin duda, tenerlo chiquito es un motivo de orgullo bien vale la pena. Pero la fantasía llegó a su final.

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