Aquellas que agarramos una maleta resultamos ser objetivo militar para los gallinazos que creen que vamos a otros países buscando marido o polvo. Por eso, las mujeres que viajamos solas no solo debemos sortear con el arrojo de los extranjeros, también con la desconfianza de los que dejamos en la casa.

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Una vez, durante un partido de Colombia, un chileno en Plaza Cataluña me dijo que lo que más le gustaba de las colombianas era que “cuando hacen el amor, se mueven como bailando reguetón”. Así. Sin conocerme. ¿Se imagina todos los escenarios eróticos que pasaron por la mente de ese tipo conmigo? Si hubiese sabido que yo solo sé bailar carranga y que no me interesaba conocer más tipos porque en mi casa ya tenía uno... Algunos tipos creen que por andar sola uno está buscando amante. Y no.

Déjeme decirle que no se intimide con la idea de tener una relación seria con una mujer que viaja. Mire, para que una vieja sea infiel, no tiene que viajar. La que pone cachos lo hace con Pérez, el de la oficina que le masajea la espalda cuando ella está en el escritorio. Si es infiel, le va a hacer la jugada en sus narices. De hecho, es más fácil involucrarse con alguien a quien se ve todos los días que con un extranjero con quien se cruza en un hotel. Solo asegúrese de no cortarle las alas, porque las viajeras volvemos a buscar la estabilidad que nos quita la turbulencia de los vuelos.

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