Cero. Las mujeres, desde los 12 años, ya saben el nombre de sus cinco primeros hijos. Nosotros no; solo se nos pasa por la mente cuando una mujer, acariciándose la barriga de 7 u 8 meses, nos pregunta: "Amor, ¿qué nombre le vamos a poner al niño?". No hay que desgastarse más de lo debido con el asunto, solo evitar que el chino se llame como el suegro y respetar estas reglas básicas: (1) Evitar esos nombres que en los ochenta eran de perro, cuando mucho de evangelista, y hoy son de niño: Mateo, Lucas, Tomás. (2) Están prohibidos los nombres compuestos forzados que le producirán al muchacho, ya crecidito, cierto pudor a la hora de revelarlos completos: Gustavo Ernesto, Sergio Alejandro, Mauricio Fernando.  (3) Nombres foráneos si y solo si se tienen apellidos como Wittich, Morris, Duncan o Letterman… como mínimo, Johnson. (4) No pregunte por qué, pero nunca bautice a un hijo o a una hija con uno cualquiera de estos cinco nombres: Yidis, Plinio, Teodolindo, Obdulio o Heine. (5) En últimas, ponerle, si es varón, el mismo nombre de uno y no darle más vueltas al asunto. Si es niña, cualquiera menos Virginia.

Posdata: detestamos que la suegra sugiera nombres, pero escuchamos con cariño las propuestas de nuestras mamás (aunque tampoco les hacemos caso).

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