—Vámonos —me dijo mi esposa exasperada. Llevábamos más de media hora esperando a que la fila avanzara; un río de gente inundaba la plazoleta de comidas, y las mesas, a reventar, eran custodiadas por decenas de hombres impacientes por que alguien hiciera el menor intento de pararse. 

Salimos de Corferias abriéndonos paso entre el gentío, luego de una hora mal contada en la Feria del Libro. Habíamos llegado hacia el mediodía, 45 minutos después de hacer fila en ese parqueadero caótico que improvisan en los edificios de residencias de la Universidad Nacional, y en el que hay que esperar a que un carro salga para que otro pueda entrar. Hubiera sido más sensato ir en taxi para ahorrarnos la fila del parqueo, la neurosis de los trancones y todo lo que implica sacar el carro en Bogotá, pero como entonces mi esposa tenía cinco meses de embarazo, más o menos, pensamos que sería más cómodo llevarlo. ¡Qué error tan grande!

Llegamos a un restaurante de comida rápida cerca de nuestra casa pasadas las cuatro de la tarde. Ambos estábamos frustrados, muertos de hambre y ninguno (¿a qué horas?) había podido comprar nada. Para qué, me dije yo, si a fin de cuentas el tal “precio especial de Feria” son si acaso 2.000 o 2.500 pesos menos en libros de 50.000. Por lo demás, el evento estaba igual que el año anterior (y el anterior, y el anterior, y el anterior): los mismos stands de las editoriales en el mismo orden y con casi los mismos libros (añádanle un par de novedades, y pare de contar); la misma multitud entusiasta que no deja ver nada con un poco de calma, y los mismos escritores sentados en unas mesas largas con su libro al frente, exhibidos como monos de feria y a todas luces incómodos por las miradas que les lanzan.

No hay que ser muy avezado para entender que si uno valora el ambiente de las librerías, la feria del libro va en contravía de lo que cualquier lector busca en ellas: silencio, quietud y tiempo para observar y antojarse. Muy loable todo lo que hacen para tratar de incentivar la lectura, pero lo cierto es que ni una cuarta parte de las 452.000 personas que se reportaron en esa edición (la de hace dos años, digo, porque después de ese fiasco decidimos no ir a la del pasado) son visitantes asiduos de las librerías. Para la gran mayoría, la Feria se ha convertido en la mejor manera de sentirse tranquilos con su deuda de leer más, pero ya sabemos que ir una vez al año a un lugar lleno de libros y comprar un par de ellos no significa que aumente el número de lectores en el país.

¿Qué queda? Ah, sí, los lanzamientos, las charlas y el país invitado. A los primeros es mejor evitarlos por una razón muy sencilla: si a uno le gusta mucho un escritor, si ha leído su obra con fruición y deleite, si ha disfrutado en silencio de sus páginas, lo más recomendable es tratar de no conocer al autor: es casi seguro que la idea romántica que tenía de él se desbarate tras el primer encuentro. También es cierto que puede ir solo a escucharlo, pero si ya va a leer el libro, ¿no es mejor entrarle de una vez?

Las charlas, por su parte, no dejan de ser interesantes, pero insisto en que los escritores deberían dedicarse a escribir; de lo contrario, corren el riesgo de acabar repitiendo lo mismo una y otra vez en cualquier festival, feria o evento a donde los inviten. Y, finalmente, lo que sucede con el país invitado no es muy diferente. El río de gente que visita el pabellón (incluya ahí a los grupos de colegios que preferirían estar en cualquier otro lado y que corren, saltan y gritan por todas partes) hace imposible acercarse a lo que sea que quieran mostrarnos. Un amigo me contó que el año pasado intentó ir a la exposición de Macondo y no pudo acercarse ni un par de metros a las cajas de vidrio que guardaban los libros de Gabo. En cualquier caso, no hay necesidad de soportar ese gentío para descubrir autores inquietantes como Herman Koch, de Holanda (sí, el país invitado de este año); basta leer los medios o hurgar en las librerías con un poco de curiosidad.   

Al final no hicimos mucho más esa tarde, mi esposa y yo. No lo recuerdo con certeza, pero lo más probable es que un par de días después haya vuelto a la librería —Wilborada, Arteletra, Tornamesa, Casa Tomada, Prólogo o cualquiera de esas tan entrañables— a escoger un libro sin afanes, ni tumultos, ni algarabía. Como debe ser. Así que si aún lo está pensando, una última sugerencia: con la plata de la entrada a la feria, cómprese un buen café en la librería y pase un rato tranquilo. Que eso en Corferias no se puede.

 *Las opiniones y los juicios expresados por los colaboradores en sus artículos y columnas no representan la posición de la revista

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