El asunto es fácil y complejo a la vez, como todo lo relacionado con nosotros. Añoramos lo que perdemos y nos aburre lo que conquistamos. El síndrome de la "Gata Flora", según los argentinos, describe la esencia del hombre 'juguetón': "A la Gata Flora si se lo meten grita, si se lo sacan llora", dicen ellos. Crecemos para madurar y luego de madurar en un ataque de iluminación, concluimos que lo mejor era ser niños.

Es como emprender el camino y, ya en la meta, entender que el verdadero sentido del recorrido era la devuelta. Mejor dicho, crecer termina siendo comprar un pasaje de ida y vuelta a la infancia. Hay algunos que se lo toman muy a pecho y terminan siendo criados por sus hijos, cuidados por sus esposas-mamás o como, en mi caso, vestidos del colegial rebelde que nunca pudimos ser y mirándonos como el héroe que admirábamos en nuestra infancia y no como el barrigón que realmente somos.

Ni aquí ni allá, el hombre es el único que camina para darse cuenta de que su meta estaba en la largada. Por eso el hombre juega, porque en el juego está implícito el regreso. Una tarde de sábado con amigotes, sin tiempo, al ritmo del PlayStation, blasfemando y eructando, riéndose de los fracasos y emparentado en sueños con la última portada de SoHo puede ser el paraíso más próximo de un hombre común y corriente.

Hace poco entré a un almacén que era una juguetería para adultos, repleta de trenes eléctricos, pistas de carreras, soldaditos de plomo y G.I. Joes. Estaba el Halcón Milenario a la escala exacta del que usaron para filmar Star Wars, la cual repetí durante 11 días seguidos en las vacaciones de mitad de año del 77. Cuando lo vi sentí lo mismo que hace más de 30 años cuando estrenaron el capítulo IV de la saga, que "todo es posible".

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