-¿Pasarme un día entero, de seis de la mañana a nueve de la noche, como agente de policía -léase patrullero raso- en la zona de Chapinero de Bogotá? ¿Hacer esto en el que muchos consideran el país mas violento del mundo?

Esto fue lo que pregunté cuando me propusieron el reportaje. Lo primero que se me vino a la cabeza fue cuando Pablo Escobar, en la época del narcoterrorismo, le puso precio a la cabeza de los policías: un millón de pesos al que matara un uniformado en Medellín.

¿Será que en Bogotá hay un loco de estos? Mientras pensaba esto se me ocurrió la mejor disculpa:
-Es que tengo barba y no pienso quitármela. Tranquilo -me dijeron en SoHo-, que ellos ya saben y están de acuerdo.

Sabían sí, pero no estaban de acuerdo. A las seis y media de la mañana cuando la teniente Alexandra Arenas, oficial de guardia, me recibió en la Estación Segunda de Policía de Chapinero, lo primero que me dijo fue:

-El uniforme hay que respetarlo, si no se afeita no sale a la calle.

Dicho y hecho. Después de la formación donde la Teniente dio las consignas del día -lo principal era cuidar y prevenir desórdenes en una marcha de los empleados y estudiantes del SENA por la carrera 13- me fui para la cafetería, compré mi prestobarba desechable y para abajo la barba. Luego me puse el uniforme de patrullero que me consiguió el subintendente Alberto Barón.

-Tome mis botas, me dijo, que están usaditas y así no le tallan.

El intendente Gómez, con quién pasaría las siguientes ocho horas ese día y otras ocho al día siguiente en el turno de noche, me saludó complacido al verme recién afeitado. Me entregó su chaleco antibalas, me dio una cachucha, me revisó el uniforme y nos montamos en la patrulla. A partir de ese momento, y por unas horas, pasé a formar parte del grupo de 350 uniformados de esa estación que está al mando de otra mujer: la teniente coronel Marta Inés Urrea Palacios.

¿Qué es eso de intendente y subintendente? Hoy la Policía ya no está dividida, como era tradicional, en tres cuerpos: oficiales, suboficiales y agentes. La reforma de 1993 (Ley 62) unificó las carreras de agente y suboficial en una sola llamada Nivel Ejecutivo en la cual se puede ascender de patrullero a subintendente, intendente, intendente jefe, sub comisario y comisario. La idea fue crearles mejores incentivos a los policías para que se quedaran en la Institución.

Un patrullero recién graduado gana 700 mil pesos más una prima de 30 por ciento de actividad, cuando cumple labores de vigilancia. Si tiene un hijo, le dan una prima adicional de 5 por ciento y otra de 4 por ciento por cada nuevo hijo. Tiene turnos de ocho horas de vigilancia, seguidas por un período igual de descanso. Va rotando en los horarios de la mañana, tarde y noche y al cabo de tres turnos, descansa día y medio. Si es soltero, tiene alojamiento en la estación y si es casado o casada, puede pasar el descanso en su casa.

El intendente Gómez es lo que en la antigua denominación correspondería a un sargento segundo. Con él y el resto de su equipo, el agente conductor Jaime Navas y los patrulleros en moto Esteban Cáceres y Lucio Pérez, iniciamos nuestro turno.

Primer destino, a las 7:30 a.m., fue el CAI de la calle 60 con carrera novena, al mando del subteniente Ramón Giraldo, donde recibí información básica. En la zona, el mayor número de casos son robos. Tienen identificadas varias modalidades: el fleteo, cuando una persona sale de un banco con dinero en efectivo y dos personas le caen, una de cada lado, con pistola en mano. O el cosquilleo, que es cuando el carterista profesional le mete la mano al bolsillo a los transeúntes distraídos. Otra modalidad de robo muy sofisticada es el paquete chileno. Una persona sale del banco, ve un paquete en el piso y cuando se agacha a recogerlo otra hace lo mismo. Lo abren y hay lo que parecen dos fajos de billetes. El estafador convence a la persona de que vayan a una cafetería a repartirse el dinero. Abren el primer fajo y hay tres millones. Antes de que abran el segundo, llega una tercera persona que les dice que perdió un paquete con mucha plata y que a ellos los vieron recogiendo algo. Discuten y al final el tipo se tranza porque le devuelvan la mitad y le dan el paquete que ya abrieron. Se va, pero regresa enseguida y dice que le den una parte del otro paquete. Vuelve la discusión hasta que el estafador le dice a la víctima que le dé $500.000, que él convence al hombre para que se vaya con eso y que luego se reparten el resto. Acepta, los dos estafadores se van y la ‘víctima‘ se queda esperando a su socio. Nunca llega y cuando abre el paquete, encuentra papel en vez de billetes. Le acaban de robar $500.000.

Nuestra primera misión fue brindar seguridad y prevenir disturbios en la marcha del SENA que acababa de salir de la calle 64 con carrera 13. En esas estábamos cuando a las 10 de la mañana el intendente Gómez recibe una llamada de la central. Hay que revisar una bodega en la
calle 58 donde están descargando unas cajas. Requisa y pedida de papeles a cuatro hombres. Todos limpios, en las cajas había frutas con sus papeles de compra en regla.

Cuando nos estamos montando en el carro, llega una persona a decirnos que en la siguiente cuadra hay una mujer caída en la acera que acaba de tener un ataque cardíaco. Llegamos y está consciente. El intendente Gómez le pregunta el nombre pero no responde. Abre y cierra los ojos y está pálida. Su cartera está botada al lado de ella. La metemos en la patrulla y la llevamos al CAMI (Centro de Atención Médica Inmediata) más cercano. Al poco tiempo sale un médico, nos da el nombre de la señora y nos dice que la están examinando porque todavía no saben qué le pasó.

Le pregunto al intendente que por qué no miró en su cartera el nombre y si tenía alguna información médica. Me dice que habría sido un error porque después lo pueden acusar de robo. Que ni siquiera en las requisas lo hacen. Les piden a las personas que ellos mismos vacíen sus bolsillos o carteras. Es el procedimiento.

En el resto del turno hicimos una visita de rutina a la oficina que atiende a los desmovilizados de la guerrilla y las AUC que está en el Edificio Ugi de la calle 40 con carrera 13; otra a una casa donde viven 6 desmovilizados de las AUC; una ronda por los bancos del sector y el intendente pasó revista a los uniformados que cuidan la alcaldía menor de Chapinero.

Existe hoy un grave problema en Bogotá: las calles están llenas de indigentes. Personas sin casa que deambulan como fantasmas, piden para comer, roban o escarban en las canecas. Muchos se pasan el día drogados.

-¿Por qué tantos en las calles?, pregunto.

-Porque se acabó el Cartucho, me responde el intendente Gómez. Y están regados por toda la ciudad pero sobre todo en Chapinero donde hay muchos establecimientos comerciales, tiendas y restaurantes. En general son gente pacífica. ¿Qué hacen con ellos? Los recogen y los llevan a la UPJ (Unidad de Policía Judicial). Pasan allí 24 horas, les dan comida y se van. Es un problema sin solución.
¿Cómo previenen el terrorismo? Dando instrucción en los centros comerciales, en los parqueaderos, en la calle. Pidiéndoles a los ciudadanos que reporten cualquier cosa sospechosa. Cuando hay información de que existe amenaza de atentado o de bomba, en esos días redoblan la vigilancia.
El turno de la noche, que lo hice al día siguiente, es otra cosa. El trago es el rey de la noche. Los ojos vidriosos, la gente fumando agolpada en las tiendas, alrededor de unas cervezas y unos aguardientes. El fútbol en los televisores. Los mariachis en las esquinas esperando a los enamorados.

Las prostitutas en las calles oscuras. Se siente la excitación en el aire. Mis colegas ven un sospechoso a lo lejos. Se da cuenta de que le pusieron los ojos encima. Se escabulle pero encuentran un paquete botado en una esquina: droga. Varias papeletas de cocaína, una bolsa de marihuana y el temible crack. El tipo lo soltó porque sabe que si lo cogen con esta cantidad, se va varios meses para la cárcel. Nos vamos pero volvemos al rato. Pasamos otra vez a ver si el ‘jíbaro‘ vuelve por lo que dejó abandonado. Otra requisa a otro sospechoso. No tiene antecedentes ni nada encima.
Regresamos al CAI y hay tres detenidos. Uno que estaba robando en El Éxito, otro que no pudo pagar una comida de $8.000 y una prostituta que le pegó a otra con una botella, la mandó al hospital y está a la espera de si le ponen denuncio o no.

¿Mis experiencias como Policía? Lo primero es que no es como me lo imaginaba. Es mucho más grato. Si uno se cree el cuento de que este es el país más violento del mundo, la prevención es enorme. Pero la realidad es otra. La gente respeta a la policía. No se nota rabia ni desconfianza en sus miradas. Si uno se queda parado en una esquina, siempre llegan personas a preguntar algo, a conversar. No falta el que ofrece un café o un dulce.

Es, sin duda, un oficio de emociones fuertes. Se bota tanta adrenalina como durante el cierre de un periódico o una revista, o como en una jornada de bolsa donde se venden y se compran acciones por varios miles de millones de pesos.

De policía, uno mira las calles con otros ojos. Se fija en todo. Aparece en la mente el concepto de sospechoso: ese tipo que va ahí en la moto seguro esconde algo en su mochila; el de más allá está como raro. El policía tiene que tomar decisiones trascendentales con su propio criterio. No tiene tiempo de preguntarle a nadie.

El riesgo de que le pase algo o de que lo maten, es algo con lo cual convive toda su vida. Aun cuando esté de civil. ¿Cómo lidia con eso? En parte, como todo, es costumbre. Lo mismo con las situaciones. Así como los periodistas olfatean la noticia o los banqueros los negocios, los policías aprenden a olfatear el peligro. Con sus uniformes, sus chalecos antibalas, sus armas, sus motos y sus camionetas, son generalmente superiores a los delincuentes. Tienen una clara ventaja y lo saben tanto ellos como los bandidos.

Lo más sagrado para un policía son sus compañeros. Como en ninguna otra profesión, en este oficio una persona depende de la otra. Si la camioneta se detiene en una esquina porque ve algún sospechoso, inmediatamente el que va de ‘pato‘ en la moto se baja y acompaña al que va a hacer la requisa. Y los otros también se bajan. Nunca están solos. Un policía siempre sabe que cuenta con su compañero. Dicen, además, y eso los tranquiliza, que si les llega a pasar algo, la Institución responde por su familia.

También son conscientes de algo en lo que usualmente no pensamos los civiles: que pueden y deben usar la fuerza cuando la situación lo requiera. Por eso están armados. Por eso reciben instrucción de defensa personal. Y eso pone las cosas en otro plano. El policía tiene que ser tolerante como ninguno otro. No puede salirse de casillas con el borracho, ni con el hijo de papi, ni con nadie. Deben tener paciencia de monje tibetano.

¿Los respetan como policías? Todos dicen que sí. Pero también, que se van quedando sin amigos civiles. No solo el trabajo sino la vida gira en torno a la Institución y sus miembros: las fiestas, las salidas de los fines de semana, los noviazgos.

Esto de ser policía, como les sucede a los curas, es cuestión de vocación. Se sienten orgullosos. Dicen que son la satisfacción de su familia. La teniente Arenas me dijo: tengo dos sobrinas que quieren ser policía como yo. Son conscientes de lo que Alberto Lleras dijo una vez en un famoso discurso: que a la Institución la juzgan por el comportamiento del policía del barrio. Saben que en la calle no son la teniente Arenas o el intendente Gómez, sino ‘la policía‘. Y que por lo que hagan o dejen de hacer, no los juzgarán a ellos sino a la Institución.

Mis respetos a todos los buenos policías de Colombia. Su oficio no es solo duro y de alto compromiso personal, sino que requiere de una buena dosis de amor por la patria.

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