Accioné un rifle de aire o de diábolos, como también se les llama. Mi padre, que fundó con unos amigos españoles el Club de caza y tiro de Barranquilla, me lo dio. Desde ese tiempo con mis hermanos Hans Peter y Horst empecé a practicar, siempre bajo la supervisión de él. Comprábamos unos blancos en almacenes del centro o utilizábamos los que el club mandaba a traer de los Estados Unidos. Lo primero que aprendimos fue a tenerles respeto a las armas y por lo tanto a no infringir ninguna norma de protección. Creo que he tenido la fortuna de no verme involucrado en ningún accidente en el que esté un arma de por medio por haber recibido y cumplido a cabalidad esa primera lección que me impartió mi padre.
Pocos años más tarde asumí el tiro como práctica deportiva y empecé a disparar armas de fuego calibre 22 en posición de tendido, a 50 metros de distancia y luego me pasé al tiro al blanco móvil o tiro al jabalí, modalidad con la que gané las dos medallas olímpicas, la primera en Munich 72 y la segunda en Los Ángeles 84. Me retiré de la competición hace 9 años.
Después de ese primer tiro en el patio de la abuela siempre he tenido un arma cerca. Me refiero al plano deportivo, porque jamás he llevado encima un revólver o pistola, nunca me ha interesado. Es más, las metralletas y las armas de guerra en general nunca me han atraído, las relaciono inmediatamente con violencia. Eso sí, creo que es necesario aprender a manejar un arma, a saber qué normas de seguridad se requieren para utilizarlas. Lo digo porque prácticamente en todo el mundo es muy fácil conseguirlas a pesar de las restricciones y por eso mismo un menor no está exento de que una de ellas caiga en sus manos por diferentes motivos. Por ejemplo, mi hijo menor, que tiene 12 años, ya sabe cómo disparar una escopeta, repito, en el plano deportivo, y dejo que lo haga con plena confianza.
La última vez que disparé fue la semana pasada. Ahora practico el tiro al vuelo o al platillo. Por supuesto ya no soy el mismo joven que ganó en las Olimpiadas pero la adrenalina, la concentración y la responsabilidad de tener un rifle en las manos todavía me producen sensaciones muy fuertes.
Mi colección no es nada grande. Tengo un par de escopetas, tres rifles viejos y una pistola que me dejó mi padre y que no disparo hace como 20 años. A veces la saco y me quedo sentado observándola por horas y horas. Me parece hermosa, su diseño es bellísimo y vale la pena apreciarlo; no en vano es un invento muy importante que sin duda hace parte de la historia de los hombres y eso es algo que no se puede negar.

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