Eso se lo dice alguien con conocimiento de causa. Soy un sobreviviente. Si uno nació en Europa o en Estados Unidos (o, incluso, en la India, Japón, Argentina, Brasil o Australia) el asunto de la peregrinación a un concierto de las 'Piedras' no sería difícil. Pero si se nació y se vive en Colombia, como en mi caso, el asunto es a otro precio. A un precio mucho más caro. Tuve la fortuna (o la desgracia, como se quiera) de descubrir los discos de los Rolling Stones cuando comenzaba la década del setenta. Es decir, cuando ya había muerto Brian Jones (el primer gran guitarrista de la banda) y se habían acabado los Beatles. Yo pensé, en mi primera juventud, que aquello del rock era algo muy lejano. Tan lejano, que uno no debería preocuparse por perseguirlo. Pero los años pasaron. Y, como en los grandes amores, en lugar de apaciguarse mi traga, el tiempo se encargó de volverla delirio. Como la historia demostró que los Rolling Stones no se iban a morir nunca, aproveché la circunstancia. En 1989, me decidí a ir por primera vez a un concierto de la banda de rock and roll más grande del mundo. Ahorré todo lo que pude, compré unas boletas revendidas con seis meses de anticipación y me desmayé en las tribunas del Shea Stadium de Nueva York. Creo, sin ánimo de equivocarme, que nunca he sido más feliz. Nunca, ningún espectáculo, ha tenido un escenario tan descomunal, una presencia tan inmarcesible como la de Mick Jagger, un sonido tan contundente como el de los Stones sobre la escena. Desde esa época, los persigo sin clemencia. Vi a Keith Richards en solitario en París, en 1992. Ese mismo año, se me apareció en el camino un concierto de Mick Taylor (guitarrista de la banda entre 1969 y 1974) y bailé de felicidad un año entero. Los vi en una proyección de 300 metros llamada Stones at the Max que es casi mejor que verlos en vivo. Los perseguí de nuevo en el año 94, para el Voodoo Lounge Tour, en el Giants Stadium de New Jersey, estrenando bajista, pantallas de alta definición, y una renovada juventud. Jagger y Keith Richards estaban bordeando los 50 años. Los volví a ver dos días después, haciendo malabares y raptando una dama para que me acompañase. Nunca (ni la dama ni yo) habíamos tocado el cielo con las manos. Esa noche diluvió como nunca. Los Stones se presentaron bajo el agua durante tres horas y el concierto quedó como uno de los acontecimientos memorables en toda la historia de la banda. "A veces Dios se aparece en el escenario y no nos queda más remedio que tocar con él", comentó Keith Richards en aquel momento. Luego los perseguí hasta el Stade de France en 1998, cuando terminó el mundial de fútbol, para renovar la dicha con el Bridges to Babylon Tour. Ese mismo año, perdí una boleta para verlos en el Wembley Stadium en Londres, porque el futuro Sir Mick se peleó con el fisco británico y aplazó un año (¡un año!) el concierto. Yo regresé a Colombia y mi compañera, Vivian Newman, a quien siempre le va bien en la vida, logró cambiar la boleta por un concierto íntimo de la banda en el Shepherd Bush (un teatro de mil personas). No se acostó con Jagger, porque Dios es muy grande. En junio de 2003, para la celebración de los 40 años de mis gloriosos ídolos, huí a Barcelona a repetir la dicha. Jagger estaba listo para ser 'coronado' Caballero del Imperio Británico y para cumplir sus primeros 60 años. Sí. Muchos se ponen furiosos porque los Rolling Stones siguen jugando a ser adolescentes. Pero, les aseguro que ese no es el problema. Les aconsejo que hagan la prueba, que aplacen la fecha de la muerte por algunos meses y se preparen para el próximo tour de la banda. Si se mueren y no llegan al cielo, no importa. Ya lo habrán vivido en vida, gracias a la perfecta Simpatía por el Demonio de los Rolling Stones.

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