Gilberto Escudero, el taxista que me dejó en la esquina de la calle 60 con carrera 7a., sentenció antes de cerrar la puerta y arrancar: "Esto es como una zona rosa de combate. No se timbre si por estas calles ve rodar el éxtasis". Pensar que solo hablaba de pastillas fue la primera equivocación de aquella noche que transcurrió sin amenaza de lluvia.
Ya sobre la acera, la imagen de Jesús crucificado sobre una gran pared de cinco pisos -iluminado y con un letrero que a sus pies reza DISPONIBLE- parece bendecir a cuanto cristiano con intenciones de rumba cruza por allí, pero nadie encomienda su espíritu.
El ambiente se arma en un cuadrante atravesado por la 7a. Al oriente, la rumba play al occidente, la popular, baja, incluso maleva. En el centro, como altar iluminado, se levanta el Tiger Market junto a la estación de servicio donde se llenan los tanques de gasolina, pero también es zona de alimentación y primer abrevadero. Tarascas de cocodrilo para perros calientes y cola, se ve y se hace mucha cola para comprar las cervezas de iniciación. De donde cada quien sale con su propia ilusión pintada en el semblante; le comen cuento al colorido de las luces y empiezan a dejarse ir.
Afuera, parado en la calle 59, frente al gran surtido de un almacén de instrumentos musicales que duermen en las vitrinas, y con la indecisión propia de un comensal ante el bufé, uno mira dónde picar primero.
Náusea por tanta melodía revuelta que desborda las puertas de los bares y se junta con la percusión arro-lladora de los carros, al compás de los semáforos. Juan Manuel Gil, una hormiga urbana de 27 años, con su guita-rra al hombro, trata de cogerles el ritmo para cantar en cuanto bus se ofrezca, todo por responderle a una nena que dejó embarazada. "Parece duro, pero cuando se le coge el tiro, esto resulta un juego".
Apetito por lo más cercano: Antifaz, donde es común el muchacho que se viene con su batica de odontología Javeriana y no falta el lunar de una corbata en medio de tanta piel ombliguera. Donde el éxtasis de muchos clientes está en esa monita de padres rumanos que atiende el bar, por quien muchos pagan el cover como si fuera la misma entrada al cielo y pueden pasar la noche en la barra, sin bailar, apenas con un par de cervezas, de las 750 que en una noche, en promedio, destapa esta veinteañera.
Pero esa atmósfera crossover de Antifaz, de salsa, merengue, rock, ska y "me vale vale vale, me vale todo", cambia con solo dar un paso al costado, al Bar 23 con su electrónica 'al soco', su plan de bailar en grupo y el embale repentino de muchos que llegan calmados. Y con otro paso más al norte, queda uno atrapado en la pescadería de Mackency, un reducto currambero que a las 11 de la noche manda lejos el arroz con coco y celebra que el carnaval recién ha sido declarado patrimonio cultural de la humanidad, ¡cipote noticia, compae!
¿Quién es ese morocho de sombrero vueltiao que baila sobre la barra como alma en exorcismo? ¡Eche!, respete que ese es Mackency, el dueño. "¡Coroncoro se murió tu maeee!" Y hasta los pescaditos que cuelgan del techo se estremecen. El ron corre a pico de botella y apenas se respira sudor con humo de cigarrillo ajeno. Unas cuantas parejas, que bailan entre las mesas, alcanzan con los gaiteros una sintonía de frenesí. ¿Y cómo se llaman los gaiteros?, ¡y eso qué importa, compae! De pronto, el ambiente se alborota. "¡Se metió un marica!, ¡saquen ese marica!, ¡no joda!". Y el marica, tan flaco como arrebatado, saca a bailar una vieja gorda, pero de nada le sirve. "Esta es la puya loca, esta es la puya loca", le cantan en coro mientras lo ven salir.
El marica pasa frente a Reinaldo, ese bombero patojo que atiende en la estación de servicio, el mismo que aprendió a desconfiar de todo el mundo desde el día en que lo atracaron, hace ya cinco años. "Eran unos tipos así, todos floriados", cuenta él.
A un lado del Tiger, sobre una pequeña terraza que ofrece vista a la carrera 8a., se ubican unas mesas de El Corral, muy propicias para perseguir el trajín de un hombre con apariencia de cuidandero de carros, pero jíbaro de profesión. Atención 'a la carta'. "Ya vengo, campeón, espéreme aquí, sin bajarse del carro, muchacho", les grita a sus clientes, mientras en la esquina de la 59 con 8a., un par de ancianos beben aguardiente de cajita, recostados sobre una señal de pare. Por supuesto, sin obedecer la señal.
Son las 12:00 de la noche y en la Esquina del Tango, que funciona en una vieja casa de la 59A, donde dicen que vivió un ex presidente de la República -tampoco importa cuál-, empieza la milonga en vivo. El auditorio parece un salón de clase, con abuelitos y sobrinos, mudos y entonados, con paredes que respiran el mismo sentimiento desde hace 30 años, con ese bandoneón que se desgrana y entonces El día que me quieras es una orden. Todos concentrados en la voz de Roberto Aroldi, "y si este tango no la manda al hospital, no canto más esta noche". Ahí se prepara Emilio de la Riestra, un abuelo gaucho que sembró amores en los setenta y hoy disfruta de los nietos retoños, que es amante de Millos y de América y que ahora cierra con Arrabal amargo de Gardel.
Cuando el show casi toca su final, Alberto Cuestas, un fotógrafo septuagenario, con su cámara más vieja aún, pasa por las mesas para anotar los datos de aque-llos clientes que pagarán por una foto de esta noche.
Pasaría otro rato aquí, de no ser porque es de rigor visitar los bares gays, ubicados sobre la misma calle, pero pasando la carrera 13. Se destaca La Oficina.com, con esa descarga trans que golpea corazones, cargado de gente que no baila, solo mira, y mira fuerte, allí donde está, en un rincón, ese flaco arrebatado que fue expulsado de la pescadería de Mackency.
Ya son las 2:30 a.m. pasadas. La hora de las cuentas sobre las mesas, la salida al sereno, cuando todo da la vuelta. Aquellos que lucían pletóricos, entre el rock clásico y hasta el reggaetón, ahora salen susceptibles y depresivos, y los que escuchaban tangos, que parecían al borde del suicidio, salen pletóricos, encendidos.
Un hombre con cabello rasta, solitario, le da patadas a un poste. Luego busca a su novia para pegarle. Un grupo de cabezas rapadas empieza la ronda. Los rumberos caen de nuevo al Tiger. Muchos fuman. No importa que el humo se mezcle con el olor a gasolina, porque esa es justo la hora en que llega el carrotanque al depósito de la estación.
Un ñerito busca colillas prendidas. Ya es muy fácil obedecer ese aviso que dice: "Favor dejar el baño en las mismas condiciones en que lo encontró". Un menesteroso pide monedas en la 7a., pero nadie lo atiende. Cada quien vive el final de su propio éxtasis: "Es la última vez que vuelvo a salir con usted, Gerardo", "No me toque, estúpido", "Bienvenidos al mundo de la fantasía, que amanezca".
Al CAI de la calle 60 llega un joven para preguntarle al agente de turno: "¿Cómo puedo ponerle una tutela a un bar donde no me quieren dejar entrar?" El agente piensa... lo mira... piensa. Mientras tanto, otro joven se orina frente al CAI.
Ya no hay nadie. Se van las luces del gran Cristo. Todo está consumado.

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