A mi amiga Teresa, que estaba sufriendo de pensar que pudiera venirse abajo el andamio donde se sostenía difícilmente el maestro Casilimas, este le espetó la siguiente sentencia, que la dejó fría: “Tranquila, señora Teresita, que las cosas tienden a no caerse”. Por desgracia, el maestro Casilimas, que muy seguramente no ha oído hablar de Newton, no tiene razón. Todo tiende a caerse: caen las acciones de la bolsa, cae el auge de la construcción, cae el procurador (es solo una deliciosa fantasía), cae el Loco Barrera; se nos cae la cara de vergüenza y se nos cae el cielo encima de tanto esperar maná; y se nos caen los párpados, los cachetes, el pelo, el culo. Por el contrario, difícilmente sube algo que no sean los precios y las escaleras.

A toda mujer, tarde o temprano, se le caen las tetas. La pregunta científica que SoHo me hace —presuponiendo que yo tengo esa información— es a qué edad sucede ese acontecimiento, que se supone pone en riesgo nuestra autoestima (pues una ley de estos tiempos, obviamente dictada por hombres, dice que las tetas deben, para ser deseables, permanecer enhiestas como las de una colegiala en una película porno). Desafortunadamente, no hay respuesta exacta, pues la realidad no depende solo de las variables científicas sino del caprichoso azar. Pero intentaré acercarme con algún rigor al tema, para no defraudar a los que esperan de mí que trate con altura la caída de las tetas.

En prácticamente todos los casos las tetas se caen, como se dice colombianamente, “de una”. Un día nos miramos al espejo y de repente notamos lo que el día anterior no vimos: que hay un pliegue debajo de las tetas en el que un lápiz puede sostenerse. Que esa es la prueba reina de que las tetas dejaron para siempre de ser jóvenes fue planteado por Escobar, el protagonista de Sin remedio, alter ego de Antonio Caballero, cuando a este todavía no se le había caído el pelo. Ahora bien, como diría Newton, todo el problema debe tener que ver, en sus orígenes, con el volumen, pues no creo que la ley de la gravedad afecte por igual a Pamela Anderson que a Keira Knightley, cuyas tetas, creo yo, son infinitamente más hermosas que las de la primera. Con una ventaja: las probabilidades de que se le caigan son casi nulas.

Que la lactancia, que vuelve a poner en evidencia que los senos son, ante todo, un par de glándulas que segregan leche, puede hacer estragos, es una verdad relativa: mujeres hay que han amamantado varios hijos y tienen la suerte de tener sus tetas casi intactas, a los cuarenta y pico. Pero casi toda teta que amamanta se resiente, a los 25, a los 32 o a los 40. También es cierto que es más fácil llegar a los 60 con ellas en su sitio si uno hace diariamente una hora de pesas y otra de aeróbicos que si solo se dedica a escribir novelas o a hacer jardinería. Y que, en caso de emergencia, el quirófano sirve para conjurar el descenso de centímetro y medio que reduce nuestro sex-appeal —aunque a riesgo, como a veces vemos, de que los pezones queden mirando estrábicos hacia el techo—. Hay quienes eligen no tener hijos, vivir mamadas, y sufrir y pagar por sufrir para tener tetas bonitas. Otras, no. Cuestión de estilo. 

No caeré en la tontería de decir que no es un poquito triste que se nos caigan las tetas: esa caída es un anticipo simbólico de la caída definitiva, esa que siempre estamos temiendo. Pero me consuelo pensando en que los hombres tienen también sus caídas —y un montón de tropezones— y los seguimos queriendo así. Siempre que sean de verdad, como nuestras tetas. 

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