A veces sueño con mi funeral, en el sueño veo a mis papás y a mis amigos viendo mi cuerpo. A veces, ese 10 de diciembre de 2002 en el que mi vida se dividió en dos, vuelve a mi cabeza para atormentarme y para recordarme la suerte que tengo de estar en este mundo, sana y salva. Todo comenzó tres días antes de esa fecha, el día que cumplí 13 años y mis papás me regalaron un viaje a Santa Marta para hacer un curso de buceo. Viajé el mismo día y a la mañana siguiente tuve mi primera inmersión, pero dos días después, estando a más o menos 30 metros bajo el agua, perdí mi regulador y, luego de tragar agua durante 11 minutos, estuve prácticamente muerta.

El plan era visitar un barco hundido. Ese día desayuné temprano y me fui a bucear. Empezamos a bajar por la cuerda del ancla, todo estaba muy turbio, solo podía ver arena y más arena, pero aun así yo estaba feliz y relajada. Seguimos bajando hasta que llegamos al barco y empezamos a rodearlo. Era gigante, el instructor nadaba enfrente de nosotros guiándonos… y entonces sentí que alguien me agarraba por detrás. Sentí terror, pensé que podía tratarse de un animal. Mientras trataba de entender lo que me estaba pasando empecé a sentir que me quedaba sin aire y entonces todo quedó claro: el regulador se había enredado con el mástil del barco y no solo no podía encontrarlo sino que además me había dejado inmovilizada. Estaba respirándola, bebiéndola, viéndola, todo era agua. Lo único que pude hacer fue cerrar los ojos, sentía que mi cuerpo estaba ya lleno de agua, sabía que no iba a resistir, entre otras cosas porque desde donde estábamos hasta la superficie había unos 25 minutos. Alcancé a darme la bendición. Y entonces todo se volvió negro y comenzó la película.

La cosa era como una película que hacía todo tipo de flash-backs y flash-forwards sin discriminación alguna: en un momento estaba con mis papás en el primer apartamento en el que vivía y un minuto después veía cómo alguien les daba a ellos la noticia de mi muerte. Vi la finca de mi familia y ahí estaban mis abuelos… Pero entonces todo desaparecía y sin previo aviso estaba buscando a mi abuelo, que es médico, para que me ayudara. Recorrí todos los lugares que marcaron mi infancia, los lugares donde había vivido, las personas que había conocido. Volví al colegio donde estaban todos mis amigos, vi a los del grupo de teatro y a mis compañeros del grupo musical Cantoalegre, al que yo pertenecía. Mi hermana aparecía por todos lados, y yo iba detrás de ella. Entendí: esta película era como una película de despedida, era mi última oportunidad para recordar quién había sido y para decir adiós. Todo se oscureció de nuevo, solo que esta vez algo diferente ocurrió, ante mis ojos aparecieron uno a uno siete números, como si fuera una cuenta regresiva, pero estos números no tenían ningún orden lógico. Y un segundo después, nada, oscuridad… Se me fue todo y no sentía absolutamente nada.

Entonces el milagro: desperté de un golpe, estaba en la lancha, todo el mundo estaba alrededor mío y empecé a vomitar agua con sangre. Aunque estaba consciente la situación seguía siendo crítica porque poco a poco empecé a perder de nuevo el aliento. Me llevaron a un hospital, todos los recuerdos que tengo son muy confusos, como imágenes cortas. En el hospital los médicos encontraron que tenía el 98,9% de los pulmones llenos de agua. Un equipo de siete médicos compuesto de cardiólogos, neurólogos y pediatras me evaluaron en cuidados intensivos. Y entonces ocurrió el segundo milagro: el plan de acción de lo médicos era entubarme y hacer una punción lumbar para drenar el agua de los pulmones; sin embargo, a las cuatro de la mañana cuando me llevaron a hacer una segunda radiografía descubrieron que, como por arte de magia, el nivel de agua en mis pulmones se había reducido a un 5%. Mi corazón había hecho un muy buen trabajo.

Mis papás por fin llegaron a Santa Marta, yo para ese momento ya estaba consciente. Cuando vi a mi mamá lo primero que le pregunté fue por esa secuencia de siete números que había visto, y ella me contó algo sorprendente: esa secuencia de números era en realidad un teléfono, era el teléfono de ese abuelo al que buscaba desesperadamente y que, curiosamente, fue el primero en enterarse de mi accidente por una llamada telefónica.

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