Hace 12 años descubrí que los tendones no se ven blancos y que los huesos son más bien amarillentos, que el dolor puede llegar a ser tan grande que la muerte parece ser la mejor opción. Por esos días acababa de salir del Ejército y mi novia quedó embarazada. Había que trabajar, no importaba dónde, y una fábrica de zapatos fue la mejor opción. Trabajaba con dos máquinas inyectoras para hacer suelas, y una noche de noviembre, hace ya 12 años, una de ellas empezó a funcionar mal. Metí mis brazos para ver qué pasaba. Mientras trataba de arreglar la máquina oí un ruido que creí era causado por la otra máquina, y hasta que el dolor invadió mi cuerpo entendí que el ruido venía de la máquina en la que yo tenía los brazos metidos. Las arterias se reventaron, había sangre en todos lados. Estuve atrapado durante casi 10 minutos de dolor. Haga el ejercicio por un minuto: recuerde el peor dolor de su vida, multiplíquelo por 100, imagine que ese momento se extiende por 10 minutos, eso fue lo que me pasó a mí.

Lo siguiente que recuerdo es una luz en una clínica y la voz de mi hermano diciéndome que tenía que firmar la autorización para que me amputaran los brazos. Solo atiné a pedirle a gritos que no firmara, que a menos de que no me pudieran salvar la derecha prefería morir. Pero mi hermano firmó, y al día siguiente me desperté para descubrir que me habían amputado los brazos. Yo no quería estar vivo un instante más. Cuando pude caminar, me levanté de la cama y fui a un balcón, dispuesto a tirarme. Estaba en un quinto piso, me asomé y vi la imagen de lo que podía pasar: me vi en el suelo, con el cuerpo destruido, pero vivo; lo más probable era que quedara peor de lo que estaba.

Luego de un año de profunda depresión y en el que toda la plata de mis ahorros se fueron en pagar unas prótesis financiadas, decidí salir de mi casa. Fue una experiencia difícil, no tenía buen equilibrio, no me atrevía a montar en un bus, me aterraba la idea de caerme y destrozarme la cara. Las prótesis fueron una gran ayuda, son unos brazos que tienen unos ganchos que se abren cuando encorvo la espalda. Con ellas puedo hacer muchas cosas, como ir al baño sin ayuda, por ejemplo (lo único que me falta es poderme rascar). Me armé de valor y empecé a vender lotería en el centro, donde los borrachos eran mis grandes clientes, pero pronto me aburrí. Luego trabajé en una bomba a las afueras de Soacha en la que me fue muy bien, pero el alza de la gasolina hizo que el negocio se cayera.

Me llené otra vez de rabia y de desilusión. Un día me monté en mi bicicleta (sí, parte de las cosas que puedo hacer con mis prótesis es montar en bicicleta) rumbo al Salto del Tequendama. El plan era simple: llegar allá, dirigirme a un risco que había visto antes, nunca apretar el freno de la bicicleta y acabar con todo. Pero un andén en frente de ese risco me detuvo. Es difícil definir la sensación que se siente cuando uno descubre que ni siquiera es capaz de suicidarse. Decidí asomarme y vi la caída que me acababa de ahorrar. Pensé en mis dos hijas, en mi esposa, en mi vida. Fue como volver a nacer, como llenarme de una nueva energía. Creo que mi vida empezó de nuevo ese día. Aprendí que solo me queda reírme de mí mismo, reírme de la gente, de mi situación ¡reírme, hermano! Eso es lo que hay que hacer.

Hoy trabajo en el semáforo de la 94 con 30. Es un buen sitio de trabajo, hay días en los que puedo ganar más de 30.000 pesos. Mi vida tiene sus complicaciones, pero luego de 12 años es sorprendente lo que puedo hacer con mis prótesis. Es curioso pero la calle me ablandó y a la vez me llenó de fuerza. Sin embargo, me encantaría hacer algo diferente. Estoy dispuesto a trabajar en lo que sea, o lo que pueda. Es lo único que quiero, demostrar que puedo valerme de mí mismo.

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