Tenía dos años y medio cuando me quemé con un vaporizador. Era blanco y recuerdo que al momento del accidente la televisión transmitía Sábados felices. Desde entonces no soporto ese programa y siento algo parecido al pánico cuando estoy en el agua. Por esa época sufría de problemas en los bronquios, por lo que mi casa vivía llena de esos aparatos. Mis padres eran muy cuidadosos con su uso, pero justo ese día ellos estaban en la sala mientras yo saltaba desprevenido sobre mi cama, sin saber que cerca había uno destapado. En algún momento perdí el control, caí y mi brazo derecho fue a dar justo al agua hirviendo. Estuve allí un minuto, o dos -no recuerdo bien-, con el líquido prácticamente cocinándome. Lloraba al mismo tiempo que, desesperado, intentaba sacar el brazo, con tan mala suerte que me eché el vaporizador encima y terminé empapado de un agua muy caliente que marcó el 44% de mi cuerpo con quemaduras de tercer grado. Mis papás entraron al cuarto, se acercaron e intentaron quitarme la piyama, que estaba pegada a la piel, o mejor, a mi carne viva. Rápidamente me envolvieron en una sábana y salimos para la clínica, donde nadie pensó que iba a estar internado durante los siguientes seis meses, lleno de vendas como si fuera una momia. Me hicieron raspados, injertos, amenazaron con amputarme el brazo derecho porque tenía un grave daño muscular y no había irrigación de sangre. Milagrosamente, un día antes de la operación, todo comenzó a cambiar y pude conservar mi extremidad. Estuve varios meses sin poder caminar y dos años en fisioterapia para recobrar la motricidad. Me ponían férulas para reamoldar el brazo. En los primeros años todo el lado derecho de mi cuerpo estaba afectado, pero con el tiempo la piel se fue regenerando y hoy poco más de medio brazo es testimonio vivo del asunto.
Mi vida es lo que es hoy gracias a ese incidente. Y digo gracias porque son muchas las cosas buenas que me han ocurrido. Me hice fuerte. A mis 26 años me encanta algo que se llama caída libre asistida, que consiste en botarse al vacío desde grandes alturas. Mío es el récord panamericano de la especialidad, con 220 metros, y voy por el mundial, que está en 367. Yo quiero saltar 420. Tengo un total de 16 fracturas, tres de ellas en el cráneo, por pasármela haciendo downhill y escalada. Yo, un fanático de los deportes extremos, comencé desde temprana edad a exigirle a mi cuerpo. Muchos accidentes he tenido, pero ninguno como el de aquel sábado de 1982.

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