Para celebrar mis quince años,
invité a unos amigos a la casa de playa de mi abuela. El estudio en el que el abuelo esculpía se había convertido en cuarto de juegos para los nietos.Tenía un televisor, un estéreo y una mesa de billar. Salimos un viernes por la tarde a pasar allá el fin dea semana. Nos robamos unas cervezas de mi papá, y un amigo trajo una botella de trago de su hermano mayor. Por la noche nos pusimos a beber y al cabo de cuatro o cinco cervezas ya estábamos borrachos. Por lo menos yo lo estaba. Los otros estaban durmiendo en los sofás, mamaban gallo en el jardín y dos estaban jugando billar.
Por molestar, me monté a la mesa de billar y me puse a bailar. Los dos que jugaban se enfurecieron conmigo y se pusieron a gritar: "Bájese, deje jugar, no joda", decían mientras sonaba Eye of the tiger. Yo, ebrio, no podía de la risa. En esas, Tom me cogió del brazo y me jaló con su mano derecha. En la izquierda tenía el taco de billar con la punta mirando hacia arriba. Perdí el equilibrio y me caí sobre el taco. Con mi peso, el taco se rompió en dos, y se astilló. Fue como estar en Corazón valiente y representar a uno de los caballos que eran ensartados por los escoceses cuando levantaban las estacas para frenar la carga de la caballería, solo que no era una escena de Hollywood. Con la fuerza de la caída me clavé una punta en toda la barriga. Me atravesó de lado a lado.
No sentí dolor. Estaba en shock pero la herida ni sangraba. Fuera de los del billar, nadie se había dado cuenta. Cuando entraron dos del jardín y vieron la conmoción, se acercaron. Me miraron medio turros y me preguntaron si dolía. Yo no podía hablar. No lo podía creer. Tenía un palo de billar atravesándome, parecía un muerto viviente, un vampiro de chiste y estos idiotas preguntando tonterías. El otro estaba mascando algo, y, para atenuar la gravedad de la situación, me ofreció un Tic-Tac. ¡Llamen a mi abuela!, les dije, ¡llamen a la policía! Tom me miró preocupado y me pidió que no les dijera a la policía y a sus papás que estábamos tomando trago. Entonces me saqué el palo de billar. Lo sentí raspándome por dentro mientras salía. Me desmayé, no sé si de rabia o de dolor, y me desperté al día siguiente en la cama de un hospital. Un doctor me dijo que tenía mucha suerte de estar vivo. El taco había esquivado los órganos vitales como por arte de magia. Ahí está la cicatriz como prueba de esta carambola humana.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.