Si yo hubiera muerto por entonces, mi hija Anael, que hoy tiene dos años, no hubiera nacido ni usted, amigo lector, hubiera acudido a leer estas evocaciones con el estupor entendible del que asiste a la exposición de un pliego de cargos.

¿A quién carajos puede importarle?

¿Importó acaso que a Víctor Ternera de la Hoz un grupo de sicarios, obedeciendo órdenes de quién sabe quién, lo esperara en el camino que conducía al pueblo —del que era líder comunitario—, y lo asesinaran de dos balazos?

Mi mujer hubiera hecho lo mismo que hizo su hermana —la mujer de Víctor—, reclamar el dinero con que el Estado indemniza a los familiares de una víctima de estos grupos armados ilegales y me hubiera enterrado en un cementerio de nadie.

Hoy en día haría parte de esa colección de despojos que conservamos los humanos. "El único animal guardamuertos", ha precisado don Miguel de Unamuno. "¿De qué los guarda?", "¿de qué los ampara?".

Me vine para Barranquilla tratando de evitar que me mataran. Con la esperanza de no convertirme en una cifra más, en un guarismo de mercado. La verdad, no sé quién nos vendió la idea de que en Barranquilla nos podíamos salvar. A mí, por lo menos, me encontraron mis perseguidores y un sujeto de cabello ceniciento que dijo pertenecer a un grupo paramilitar, apoyado por cuatro esbirros más, me arrebataron el único patrimonio que traía, una camioneta Luv 2300 con la que intenté trabajar aquí en la ciudad. Antes de que me la quitaran, alcancé a hacer viajes de ocasión, repartos tienda-tienda: agua saborizada, refrescos, productos lácteos. Incluso, participé en los cortes de luz que instauró la Empresa de Energía Eléctrica del Caribe por los pueblos del Atlántico como una forma de coacción contra la cultura del no pago y el fraude, cosa que al parecer, les funcionó. Clarísimo el mensaje: un abuso mayor siempre podrá contra un abuso menor.

Supongo que tuve suerte con lo del atraco. El hombre que debió matarme me dejó vivir luego de tres horas de cautiverio —mientras sus cómplices desaparecían la camioneta—, para que seis años después ganara un premio literario internacional y viera nacer a Anael, la niña que en un día no muy lejano quizá llegará a pensar —lo mismo que usted puede estar pensando ahora— que todo lo que cuento aquí es mentira, que su padre nunca fue desplazado por la violencia ni tuvo que ganarse la vida manejando un taxi en una alborotada ciudad.

Sabrá que es colombiana de nacimiento y que vive en un país excepcional; que no se quiere, que no ama a sus hijos; que le importa un rábano la historia, a pesar de que su tiempecito de animal se mueve en círculos y le muerde los talones. Se asombrará por lo menos cuando su madre le cuente que hace algún tiempo el Estado le negó su derecho a un subsidio de vivienda porque una gavilla de inescrupulosos incluyó sus nombres y sacó los nuestros de un código de desplazados y cobró durante todos estos años los paupérrimos beneficios de una política improvisada, hecha a los machetazos, que abandona a las víctimas a su suerte y favorece a sus victimarios.

* * *

El carro me lo vendió William, Will o Wílder.

¿Qué importa el nombre?

Un Daewo, Racer, modelo 95. Nunca hice el traspaso. ¿Para qué? ¿Acaso nuestros campesinos les hacen traspaso a sus machetes? ¿A sus azadones?

William, Will o Wílder trató de ser claro desde el principio. "Señora —le dijo a mi madre, en secreto—, no lo deje que trabaje de noche, trate de evitar que se lo maten". Mi madre me extendió su preocupación con una frase demoledora, desafiante: "Para que te maten pendejamente aquí, en una calle solitaria, me parece mejor que te devuelvas al pueblo a que te maten allá".

William, Will o Wílder creyó oportuno hacerme una advertencia final: "Hermano, cuide la computadora. Los cerebros electrónicos de estos carros son más perseguidos que un culo bueno; por conseguirlos, un ladrón está dispuesto a hacerse matar".

Advertencia inútil. Dos meses después se habían llevado la computadora. Solo tuve que entrar a la casa para almorzar. Cuando regresé, ya no estaba.

Valía cerca de un millón y medio de pesos y había que mandarla traer desde Bogotá. Averigüé en el mercado negro. Valía cinco veces menos. No lo pensé demasiado. No tenía razones para gastarme un dinero que no tenía ni someterme a una espera que juzgaba innecesaria. Existía un problema. Los proveedores de partes ilegales solo tenían cerebros electrónicos extraídos de carros particulares. No servían para taxis. Los carros de servicio público estaban codificados y a diferencia de los códigos de los desplazados, no existía manera de violarlos. Solo quedaba una solución: esperar a que robaran la computadora de otro taxista. Si el billete estaba a su entera disposición y yo daba luz verde al proyecto, el robo se llevaría a cabo en las próximas 24 horas. Me negué rotundamente. Hacerle quitar la computadora a un colega podría significar que lo asesinaran. Hoy siento que mi posición no fue quizá lo suficientemente clara, tajante. Que tal vez dejé ver en mi actitud un resquicio por donde se coló la mala luz de estos luctuosos comerciantes. Cuando uno de estos sujetos te pregunta, en Barranquilla, si te interesa una matera cultivada con un bonsái, es porque ya tiene vista la casa de donde va a sacarla. Al día siguiente se presentaron en mi casa con cuatro computadoras.



* * *

En Barranquilla existe un manual no escrito para taxistas. Te recomienda no recoger borrachos por las noches, grupos de tres o más personas, parejas de hombres, de prostitutas, de maricas. Si lo haces, ya sabes a qué atenerte. Si no lo haces, es probable que tampoco te sirva de nada. Es como el paraíso que te prometen algunas religiones. Hagas lo que hagas, el peligro de joderse sigue latente.

Jamás te detengas un sábado, pasada la medianoche, en la calle 17, en la vía 40 o en Bocas de Ceniza, a esperar que cambien las luces de los semáforos si no quieres sentir el frío de un fierro en el gaznate.

No falta, sin embargo, quien estima que las normas se hicieron para ser violadas. Hace seis años, si a un taxista le provocaba una fellatio, no faltaba la putica triste y desnutrida que lo complaciera por la módica suma de 5.000 pesos. Lo mismo que valía un bocachico argentino enhielado o un servicio de taxi desde el centro a los barrios del norte de la ciudad. Luego podías ver al taxista detener el auto, bajar a la mujer a empellones, emputado, porque no se había fijado bien y la seductora no era tal, sino un arriesgado transexual.

Un taxista tiene su modo particular de leer la ciudad. Su punto de vista dista mucho de parecerse al de las otras personas. Por razones de su oficio se entera de cierto tipo de informaciones: secretos inconfesables. Un buen taxista nunca olvida las direcciones donde acude a recoger o a llevar un servicio. Sabe dónde expenden droga, dónde venden el alcohol adulterado, dónde se encuentran los desguazadores de carros, dónde se consiguen las mejores putas, dónde viven los amantes descarados.

Por eso el taxista es un pequeño truhán que vive en un riesgo constante. Se sospecha de él porque escucha, porque habla, porque calla, e incluso, cuando asegura que no sabe nada.

Un taxi es un confesionario. Un lugar para conversar, para sonreír, para llorar, para putearse de la rabia. Su conductor es un sacerdote que escucha y se cree en el deber de opinar. Con sus inocuos comentarios y sus cansinas preguntas existencialistas, los clientes le certifican su papel de chamán:

¿Que para qué demonios nos parieron? ¿Que por qué diablos el mundo sigue así? ¿Que por qué esta vez me tocó a mí? Que por qué esto y por qué lo otro, ¿no será mejor si me pego un tiro, señor?

¡Pégueselo y deje de joder!

¿Acaso no ve que el día ha sido lo bastante malo? ¿Que no he completado el dinero de la tarifa? ¿Que el tráfico está puteado? Que lo único que falta es que se suelte a llover, que los arroyos se desborden y mi mujer llegue a pensar que aproveché el aguacero para hacer otra clase de mandado.

En la calle, en su auto, el taxista maneja un comportamiento contradictorio: si va ocupado, su prisa se exterioriza; si ocurre lo contrario, su actitud parsimoniosa provoca más de un altercado. No hay peor obstáculo para el tráfico de una ciudad que un taxista embolatado. Es en ese momento, de obligado solaz, en el que recuerda que tiene que contar el dinero de la tarifa, fumar un cigarrillo, o arriesgarse con un piropo.

En la estación de combustibles es igual: se toma todo su tiempo, aun a sabiendas de que hay una larga fila de autos esperando, comparte una anécdota con el despachador y pretende leer allí mismo el periódico. Le fascina verse reflejado en los titulares, reconocer al último tendero atracado, al delincuente que va preso, al colega asesinado. "¡Ñerda, si era este man, vale!", finge sorprenderse.

Sufrí un golpe de desolación cuando descubrí entre las páginas de uno de estos pasquines amarillistas la imagen del cadáver, con las manos mutiladas, de uno los proveedores que conocí en el mercado negro de partes.

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