Un hombre está esperando esta crónica. A las siete de la mañana del sábado llega al estadio Hernán Ramírez Villegas cargando dos talegos con los 43 uniformes que usarán los jugadores en el entrenamiento de hoy. Se llama José Alexánder López Salazar y maneja una Suzuki que todavía está pagando. Sueña con tener carro, algo pequeño, nada ostentoso, para cargar más fácil los bultos. Mientras ese día llega, la AX 100 lo lleva de su casa al estadio en diez minutos.

La crisis económica del Pereira no es ficción y se hace evidente apenas se llega al baño. Ocho duchas sin división, todas con burdas cicatrices donde va la tubería; al fondo, un solitario orinal (del otro apenas queda la marca en la pared); cuatro inodoros, de los cuales uno sirve de arrume de cosas, y dos lavamanos sin espejo. Hablar del cielorraso no vale la pena porque a veces hay y a veces no.

El camerino es grande, al piso de seguridad verde le hacen falta 13 lozas de caucho y cuenta con tres salones adjuntos: el del entrenador, el del cuerpo médico y el de la utilería, santuario de guayos cuya única llave es de Álex. El olor a sudor golpea la cara apenas se abre la puerta. Me pregunto si será consciente de eso o si está tan acostumbrado que no se percata del aroma del recinto de apenas 12 metros cuadrados.

Lo primero que llama la atención es que en el suelo, a mitad de camino entre orden y arrume, hay 66 guayos, multicolores, multimarca, multitalla. Álex dice saber de quién es cada par y yo le hago un quiz para comprobarlo.

— ¿De quién son estos blancos?

—De Alexis Márquez.

—¿Y estos?

—De Johny Acosta.

—¿Y los de atrás?

Mi dedo se mueve rápido, escoge guayos que están muy separados, que no se parecen, pregunto tan rápido como puedo.

—Esos son del paraguayo Torres.

Tres de tres, pero sigo sin creerle, así que hago la pregunta obvia: "¿Nunca se ha confundido de guayos?". Si la diferencia es mínima, los marca en la suela, de lo contrario los reconoce por talla y nivel de desgaste. Los del piso son los de entrenamiento, los de los partidos están guardados en lockers, al igual que los uniformes oficiales del equipo.

Pero hoy es sábado de entrenamiento y no domingo de partido, así que lo que está en los casilleros se quedará allí por ahora. Abre los talegos —que en realidad son buzos de arqueros estirados para que puedan cargar la mayor cantidad posible de uniformes— y empieza a sacarlos.

Mientras un ser humano promedio dobla un uniforme, Álex dobla cuatro. Son poco más de las 7:30 y en 35 minutos ha repetido 43 veces el siguiente procedimiento: doblar la camiseta, acomodarla en la mesa, desdoblarla, meter adentro medias y pantaloneta y volverla a doblar a manera de rollo. En el puesto del entrenador, asistente y preparador físico quedan listos uniformes, guayos y un tablero portátil para anotar movimientos tácticos, además de dos cronómetros, una gorra, dos pitos, un marcador y un borrador. Lo único que falta es poner los guayos en la puerta del vestuario para que cada jugador coja los suyos apenas ingrese. Los balones también están controlados, son unos 12 y reposan en una talega amorfa en una esquina del cuarto. A las 7:50, diez minutos antes de que empiece el entrenamiento, todo es cuestión de sentarse a esperar.

Álex maneja todo menos el agua y los conos de entrenamiento. Eso es trabajo de Víctor Ignacio Naranjo, que tras estar cinco años con la C pasó en 2007 a la plantilla profesional. Pero el privilegio de un asistente solo existe cuando el Pereira juega de local; si el partido es de visitante, Víctor se queda y Álex asume todas las funciones. Estos viajes, los más largos, son en avión, pero si se trata de una visita a una ciudad cercana, tipo Medellín, Cali, Manizales, Armenia o Ibagué, el equipo se traslada en avión si va bien, y en bus si va mal. Dicho bus es propiedad del equipo, herencia de la anterior administración, costó unos 50 millones de pesos y tiene placas de Zipaquirá, Cundinamarca.

Al margen de quién viaja y quién no, otra cosa a la que no le mete mano es a la ropa interior. Dice que alguna vez tuvo un incidente con los calzoncillos de Jorge Bermúdez y que a partir de ahí decidió no ocuparse del tema.

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Cuando Álex tenía 16 años era volante de recuperación de Ferroclub, equipo de las divisiones inferiores del Pereira. Un año después Pereira descendió a la B, Ferroclub se desmanteló y álex, urgido económicamente, tuvo que escoger entre ser rico y famoso en el futuro, o recibir un sueldo modesto inmediatamente. Pudo más la necesidad y de esa forma echó a andar el camino que todo futbolista debe recorrer, pero en calidad de utilero: selección Risaralda en 1997, la C del Pereira en 1998 y el salto a la B, un año después. En esos días se moría de pena al tener que recoger el desorden de aquellos que habían sido sus compañeros en Ferroclub. Desde entonces, viendo a los jugadores que han pasado por Pereira, está convencido de que hubiera podido ser profesional. Y no se equivoca, porque de alguna manera lo es.

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Para ser utilero se necesita alma de volante de recuperación. Estar alerta, sacrificarse sin pensar en recompensas. Como una vez que el técnico le pidió que se quitara la camiseta, se parara detrás del arco del Pereira y se metiera a la cancha a sacar la pelota en caso de que el rival fuera a hacer gol. Fue un partido contra el Unión Magdalena y los dos equipos peleaban por ascender a primera. Asustado pero obediente, hizo lo que le pidieron. Fueron 15 minutos de tensión y de rezos para que el balón se mantuviera en el campo del visitante. En efecto, un diez no haría bien el papel de utilero.

Pero Álex no es solo un obrero; es también un purificador, transforma lo sucio en limpio, el caos en orden. Está a cargo de 43 hombres que no mueven un dedo más allá de lo necesario, que se van a casa dejando todo revuelto y al día siguiente encuentran todo inmaculado. La labor del futbolista termina en la línea de cal que separa la cancha de la pista atlética, y mientras el equipo esté sin dinero, pero tenga utilero, se deberá preocupar por jugar y un poco más.

Y dinero es lo que no tiene el Pereira, pero aun así tiene a Álex, dueño del vestuario los últimos nueve años. Así el que mande sea el técnico y él no refute órdenes, todos lo respetan. Desde que es utilero han pasado once entrenadores y tres presidentes, pero él ha sido una constante. Si el tema es buscar consuelo, de haber sido futbolista no habría durado tanto tiempo en el club.

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Hace 14 años vive en el barrio Cuba, el más grande de la ciudad y, según algunos, el más peligroso. Nunca se metió en líos y el único contacto con la delincuencia fue en su niñez, cuando un malandro al que le decían ‘Porkys‘ lo tenía azotado. Le robó el walkman y sus útiles de colegio. Un día no volvió a verlo y tiempo después se enteró de que lo habían matado.

Pero Perla del sur, el sector donde vive, le ha dado más cosas buenas que malas. Allí vive en una casa de tres pisos, propiedad de su familia. En el tercero está una hermana con el esposo; en el de la mitad, sus padres, y en la primera planta vive él con su mujer, Tatiana, y dos hijas, Sara Sofía de cuatro años y Nahiara de cuatro meses. En realidad con Tatiana vive en unión libre hace un año y Sara es hija de una relación anterior de ella, pero él la ha criado como suya.

Álex desayuna pan y chocolate y se va a las 6:30 a.m. sin despertar a nadie. Puede trabajar hasta diez horas, si el equipo trabaja a doble jornada, y entre cinco y seis si se hace un solo entrenamiento. Los días de partido es imposible verle la cara, ya que trabaja hasta 12 horas. Y los sábados por la tarde, cuando la plantilla descansa, se va a jugar fútbol con el cuerpo técnico.

Trabaja mucho y come poco. Vive tan concentrado que se le cierra el estómago. Apenas prueba un refrigerio —sándwich y jugo de caja— y no vuelve a probar bocado sino hasta las 8:30 de la noche, cuando llega a casa. Repite chocolate y pan, pero con carne asada y ensalada.

Trabaja mucho, come poco y gana menos. Son 600.000 pesos mensuales por ocuparse de manejar 200 millones de pesos en ropa deportiva (sin incluir guayos y balones). Y eso si le pagan. Cuando lo conocí le debían cuatro quincenas, una más que a los jugadores. Cuatro días antes los nuevos dueños del equipo habían asumido el control y ese sábado, 24 horas antes del partido contra el Cali, el nuevo presidente, Luis Fernando Osorio, reunió a todos en la mitad del estadio para darles la noticia de que ese lunes tampoco habría plata para sueldos. A cambio les prometió premiarlos si ganaban. ¿Pero cómo ganarle al rival con la nevera y la cuenta bancaria vacías?

Cuatro quincenas sin sueldo son apenas un entrenamiento. Cuando el presidente era Ramón Ríos —año 2004—, el plantel trabajó cinco meses sin recibir paga alguna, tiempo en el que Álex recibió apenas 300.000 pesos. Se endeudó hasta el cuello, pero no bajó los brazos. Sí los bajó, desmotivado, pero no de mala gana. Al técnico Juan Eugenio Jiménez no le gustó su actitud y lo bajó al equipo de reservas. Jiménez se fue por malos resultados y llegó Wálter Aristizábal, el mismo que lo llevó a la primera del Pereira en 1999, y que le pidió que descamisado sacara los balones que fueran para el arco en el crucial partido contra Unión Magdalena.

A Ríos la fiscalía le dictó detención preventiva por enriquecimiento ilícito y lavado de activos, pero se voló antes de que lo capturaran; como prófugo que se respete, se marchó sin arreglar cuentas con nadie.

No hay motivos para no creerle a Álex cuando dice que por nada del mundo dejaría al Pereira, un club que nunca ha sido campeón de Colombia y donde no gana mucho, pero le alcanza para vivir. No le pagan dominicales, horas extras, festivos ni nocturnos, pero se cuadra haciéndoles vueltas de banco a los jugadores. Sueña con un carro, pero también con capacitarse, no quiere ser utilero toda la vida. Piensa estudiar Educación Física, el problema es que no sabe cuándo vaya a tener tiempo.

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La aliada de Álex en la cruzada por el orden y la limpieza es doña Marta, lavandera del equipo desde hace 22 años. Durante los primeros dos, la madrugada la sorprendía restregando uniformes a mano. Paraba a las dos de la mañana, dormía hasta las cuatro y media y seguía lavando. Hoy se ayuda con dos lavadoras, una de 28 libras, otra de 18. Las pagó ella, ya que el club no le dio un peso para comprarlas, así como tampoco le ayuda para la cuenta del agua, que no baja de 130.000 pesos mensuales, pero que alguna vez trepó hasta los 310.000.

¿Cómo hace doña Marta para vivir con el salario mínimo, pagar lavadoras, cuentas de agua de estrato seis, y además haber levantado cinco hijos que no parió, cinco niños de los que se compadeció cuando los vio abandonados en la calle? Hacia el equipo y sus dirigentes no tiene sino palabras de agradecimiento, más allá de que no le hayan respondido las cartas donde pide auxilio para pagar el agua y el jabón con que lava sus uniformes.

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Domingo por la tarde. Si desde las tribunas del estadio se pudieran ver al detalle los uniformes del Pereira, se apreciaría que no tienen una sola arruga, gracias a la perfecta técnica de Álex para doblarlos. Dos horas antes del juego, 16 canastas con todo lo que los jugadores necesitan —once titulares, cinco suplentes— están distribuidas por el camerino. Hecho esto, el vértigo de los días previos le da paso a un descanso de 90 minutos, ya que las labores de Álex durante el partido son mínimas. No puede sentarse en el banco de suplentes por no estar inscrito en la planilla, así que el kinesiólogo asume sus funciones. Álex se acomoda en otro lugar, junto a los miembros de la Defensa Civil.

Mi labor es seguirlo, pero llevado por el fanatismo me concentro en el partido y olvido por completo a nuestro utilero. No me he dado cuenta de que hace cinco minutos se fue al camerino. Lo encuentro en un rincón de la utilería comiendo un arroz chino que le llevó Alirio Serna, el ‘Marinillo‘, ex futbolista y hoy entrenador del equipo de la C. De estar en Neiva o en Bogotá no podría moverse del vestuario debido a lo inseguros que son, pero está en Pereira, es dueño de casa y puede moverse a placer.

Se olvida del arroz, prepara el Gatorade que los jugadores tomarán en el descanso y saca 16 camisetas limpias en caso de que los jugadores quieran cambiarse para el segundo tiempo. Así es Álex, siempre adelantándose a los acontecimientos. Se sirve dos vasos de Gatorade y salimos de nuevo a la cancha. Nos sentamos tranquilos, como si lo que estuviera pasando no tuviera que ver con nosotros. Comentamos las jugadas y apenas al minuto 32 se levanta para darle a un recogebolas un balón que casualmente pasaba por ahí.

"Víctor, 42". Álex no le dice a su asistente una talla de zapatos, sino el tiempo de juego. Es la señal para que vaya al vestuario y sirva los Gatorades que previamente había puesto a enfriar.

Pero antes del frío refresco del entretiempo, un baldado de agua fría: Milton Rodríguez, ex Pereira, hace un golazo de tiro libre al minuto 44. "Jueputa", grita Álex, y no me explica bien si lo dice por el gol, o porque un jugador visitante en medio de la celebración pateó la pelota y la mandó a la tribuna sur, donde se roban lo que sea. Mientras, los del Cali celebran y los del Pereira se miran como si en la cara del compañero estuviera la clave para empatar, Álex se pega un pique, se pierde en la maraña de hinchas de sur —muchos de ellos armados con chuzos— y recupera el balón lo más rápido posible. De haberse perdido no se lo hubieran cobrado, pero habría tenido que llenar un informe explicando la desaparición.

Con el 1-0 en contra termina el primer tiempo, lo que deja al Pereira último en la tabla. El descenso es una realidad cada vez más cerca y el único colchón por el momento es la pobre campaña del Junior. El drama en el vestuario me lo tengo que imaginar, porque la derrota parcial del equipo me cierra las puertas. Otra sería la historia de ir ganando. Quince de las 16 camisetas que había preparado Álex quedan intactas, solo José Ramírez, un defensa, decidió cambiarse.

El segundo tiempo no nos hace sufrir en exceso y el paraguayo Eugenio Peralta anota rápido el empate. El delantero recién llegado es la carta de gol del equipo y apenas ha marcado su primero en Colombia. En un club lleno de jugadores jóvenes, Peralta es uno de los mejor pagados con un sueldo mensual que ronda los 8 millones de pesos. En contraste, el inglés del Chelsea, John Terry, tiene un salario de 200.000 euros semanales, cifra que Peralta igualaría trabajando 75 meses, es decir, 300 semanas, es decir, casi 6 años. Más allá de cifras, el gol del paraguayo trae un alivio provisional y en torno a él se arma la montonera. Álex se suma, le choca la mano al goleador y yo respiro tranquilo; tenemos la foto que queríamos.

***

Todo fue una ilusión y el 3-1 a favor de la visita nos deja aburridos a todos. Los hombres del Pereira abandonan la cancha con la mirada clavada en esa pista atlética que fue esplendorosa en los Juegos Nacionales de 1974, pero que 34 años después es una vía negruzca llena de baches. Uno de los jugadores regala su camiseta y el representante de Peak, marca que viste al equipo, ve todo desde la tribuna y mueve la registradora: el regalo costará 80.000 pesos, que saldrán del bolsillo del futbolista. Mientras tanto Álex espera en el banco de suplentes junto a Harold Rodríguez, el preparador físico, a la espera de que cese la lluvia de botellas de plástico.

Los periodistas debemos esperar 30 minutos en la puerta del camerino. Cuando entramos, Álex ya recogió el reguero de uniformes, vendas y guayos, no para darle presencia al vestuario, sino para minimizar la posibilidad de un robo. Está triste, aunque tiene claro que la derrota no es culpa suya.

En medio el caos, el peruano Carlos ‘Kukín‘ Flores, refuerzo que hoy salió lesionado, permanece en silencio, sentado, con los brazos cruzados y la boca estirada hacia delante, como si estuviera señalando algo. No se mete con nadie, pero hay algo siniestro en su mirada. Se trata del mismo que pintaba como el salvador del fútbol de su país, pero que se diluyó por inconsistente; del mismo que dejó a su familia en una casa de madera en el asentamiento Canadá, en El Callao, donde los humanos conviven con ratas y materias fecales de sus congéneres.

De repente ‘Kukín‘ sale de su mutismo, se levanta, se acerca a Álex y le reclama por su gorra desaparecida. Tras minutos de búsqueda y sin avisarle a nadie, Flores sale caminando con una gorra en la cabeza. Luego entra el nuevo presidente del equipo a decir, en medio de la decepción, que aquí no ha pasado nada, que confía en el grupo, y que la plata y los resultados van a llegar.

A Álex lo dejé ese domingo a las siete de la noche empapado en agua junto a uno de los lavamanos sin espejo, dándole cepillo a un cerro de guayos sucios. Nos despedimos de mano, sonreímos y nos dimos los sinceros agradecimientos de rigor. Ese es el hombre que espera esta crónica. No espera solo, no espera en vano.

José Alexánder López lleva 9 años trabajando con el Pereira

Salario: 600.000 pesos mensuales.

Patrocinio uniforme: La marca Peak paga 200 millones de pesos anuales en uniformes y ropa deportiva

Jugador mejor remunerado: Eugenio Peralta gana 8 millones de pesos mensuales

Entrada al Hernán Ramírez Villegas: desde los 6.000 hasta los 40.000 pesos

Títulos: Nunca ha sido Campeón del fútbol colombiano. Ganó el título de la B en el 2000

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