Para ingresar a la lista de espera de un trasplante de riñón se necesitan 80 exámenes médicos, haber pasado por varias citas con especialistas y no tener enfermedades adicionales a las causadas por el órgano que debe ser trasplantado. Adriana Betancur, de 30 años, lleva cinco meses tratando de hacer parte de la lista que hoy tiene más de 1400 pacientes, y no lo ha logrado.

Todo comenzó en 2010, cuando la espectacular paisa, presentadora del programa Como en casa, fue diagnosticada con una insuficiencia renal luego de haberse realizado unos exámenes médicos de rutina. Los resultados indicaban un alto índice de creatinina, un compuesto orgánico de desecho que producen los músculos. En ese momento permaneció hospitalizada por unos 15 días. Tras varios exámenes y una biopsia, un nefrólogo le diagnosticó lupus.

Al principio todo parecía normal. Adriana solo tenía que tomar medicinas a diario, cuidar su alimentación y acudir cumplida a sus chequeos médicos. Sin embargo, en febrero pasado, dos años después del diagnóstico, una fuerte migraña la obligó a ir a una clínica en París, donde se encontraba de vacaciones. La creatinina estaba alta de nuevo, pero Adriana se convenció de que no era nada grave, pues era común tenerla un poco elevada. Siguió de todas maneras las órdenes de un médico francés y visitó de inmediato a otro nefrólogo. Los exámenes eran impresionantes: la creatinina debe marcar máximo 2 y la de ella estaba en 9. Sufría de insuficiencia renal crónica y sus riñones funcionaban a un preocupante 7 %. Inmediatamente fue internada en la clínica, pues era una cuestión de vida o muerte. Nunca sufrió ningún síntoma y fue tratada durante años de un lupus que no tenía.

Su única salvación en ese momento era realizarse una diálisis. A los tres días, exactamente el 13 de febrero, le pusieron un catéter en el cuello para realizarle una hemodiálisis, un procedimiento que consiste en sacar y limpiar toda la sangre del cuerpo a través de unas máquinas. Ese día jamás se le olvidará: no solo marcó el comienzo de un nuevo modo de vida, sino que presenció la muerte de una mujer mientras le realizaban el mismo procedimiento que ella estaba a punto de empezar.

Aunque todo marchó bien para Adriana, tuvo que someterse todos los lunes, miércoles y viernes, durante tres semanas, al desgastante tratamiento. Cada sesión duraba más de cuatro horas, de 7:00 a 11:30 de la mañana en una sala llena de camillas y pacientes conectados. Los efectos eran múltiples: mareos, ganas de vomitar, exceso de sueño y una pérdida total de energía. Después de un mes de capacitación, Adriana aprendió a realizarse la diálisis peritoneal (a través de un catéter en el abdomen se introduce un líquido que absorbe las toxinas).

Desde entonces, debe hacer este procedimiento todos los días. Empieza a las 6:00 de la mañana y lo repite cuatro horas después. Cada diálisis dura alrededor de una hora. El proceso consiste en conectar el catéter del abdomen a la manguera de una bolsa que contiene la solución médica que le limpia la sangre. Introduce, en total, dos litros de solución, que permanecen en su cuerpo por cuatro horas, al cabo de las cuales debe volver a conectarse. La diálisis se debe realizar en un espacio cerrado, ni una ventana ni una puerta pueden quedar abiertas, pues el aire podría resultar contaminante. Antes de empezar, la mesa y todos los utensilios que se van a utilizar deben ser lavados con un jabón especial y limpiados con un alcohol concentrado al 70 %. Por supuesto, ella también debe ser muy cuidadosa a la hora de lavarse las manos y de mantener el catéter absolutamente limpio. Los tapabocas, las servilletas, el algodón y todos los insumos de aseo los cubre la EPS.

Adriana puede llegar a tomarse unas once pastillas durante el día: algunas de calcio, vitamina D, otras de ácido fólico para mantener la función residual y otras para regular la hipertensión. Cada mes se reúne con un equipo de médicos compuesto por un nefrólogo, una nutricionista, una psicóloga, un cardiólogo y una trabajadora social.



Uno de los cambios más abruptos desde que le descubrieron la enfermedad ha sido su dieta, pues no puede comer nada con sodio. Esto significó la abolición de las carnes frías, los enlatados, los paquetes y las gaseosas. Come pescado una vez cada 15 días y le prohibieron el queso que tanto le gusta. Debe comer toda la proteína animal que pueda, si es necesario al desayuno, al almuerzo y a la comida. Todo esto es con el fin de evitar la intoxicación del cuerpo, la elevación del fósforo y la disminución de la hemoglobina.

Un año después de su diagnóstico todavía no se sabe cuál fue la causa de muerte de sus riñones. Adriana nunca había tenido problemas de salud. En este momento un comité de médicos está analizando su caso. Ha encontrado mil opiniones. El último diagnóstico fue una hialinosis focal y segmentaria. Ni ella sabe bien de qué se trata, se supone que el 70 % de las personas que la padecen han sido adictos a la cocaína o la heroína, pero no es su caso. Adriana forma parte del otro 30 %, el que simplemente nació así.

Ahora está a la espera de la famosa lista. Según ella, entrar es como una lotería: “De suerte te ponen en la lista, no quedas ni de primero ni de último, y también de suerte encuentran a un donante compatible”. Apenas entre, su obligación será estar disponible las 24 horas, pues al momento de recibir una llamada que le diga que tiene un posible donante, cuenta solo con 12 horas para encontrarse con su nuevo riñón.

Fotografía:

www.estebanescobar.com

Asistentes de fotografía: Luis Felipe Escobar y Andrés Bustamante

MAQUILLAJE Y PEINADO: LINA QUINTANA

Retoque digital: Luis Felipe Escobar

Agradecimientos:

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Locación: Casa Juan Londoño Medellín.

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