Hace muchos años, cuando comencé a cantar, mi papá me dijo que me aprendiera un vallenato. Le dije que no, que eso era para hombres y que las mujeres debían cantar otro tipo de música. "Eso fue que te quedó grande", me dijo con voz burlona. Así que por retar a mi papá me aprendí mi primer vallenato, El jerre-jerre (que traduce ‘el armadillo‘), del maestro Rafael Escalona.

Años después conté esta historia en una entrevista, y hablé de mi afición por estos animales. Y entonces empezaron a llegar a casa armadillos de todos los materiales y colores posibles, hasta que un día me mandaron uno muy particular: era uno de verdad.

Lo bautizamos con el nombre de Rafa, había sido criado en cautiverio, así que era un animal muy manso y dócil. Era como tener un perro con caparazón.

Nos dijeron que se alimentaba de lombrices, pero como nunca había vivido en el monte, no sabía cómo buscarlas, entonces tenía que ayudarlo a escarbar la tierra para que él pudiera comer.

Muy rápido me aburrí de su dieta, así que decidí que, desde ese día, comería galletas de chocolate. Todos se asustaban al verlo, algunas veces los vecinos lo correteaban con palo en mano, pensando que era una zorra y yo corría como loca a gritarles que solamente se trataba de un inofensivo armadillo.

Una vez regresé de un largo viaje, y a mi hermana se le ocurrió la maravillosa idea de hacerle limpieza profunda al armadillo, dizque para que yo lo encontrara más bonito: lo limpió con pañitos húmedos y le puso perfume. El animal espabiló dos veces y murió en el acto.

Lloramos desconsoladas por horas. Yo, por la ausencia de Rafa, y ella por el dolor de haberlo matado. Mi papá llamó a todo el mundo para preguntar en dónde conseguía un armadillo. Dos días más tarde, estaban en el patio de mi casa Rafael y Escalona, así bautizamos a los dos nuevos armadillos que llegaron.

Eran silvestres, montunos, terribles, hacían un ruido tenebroso y olían muy mal, pero teníamos claro que la limpieza no era lo de ellos y no quisimos exponernos a otro percance. No era capaz de acercármeles, tenían las uñas largas y sentía que me arrancarían los ojos.

Un día tomé la decisión de sacar uno de la jaula. Lo sostuve por el caparazón y con el rabo me dio un latigazo en el brazo. Me dejó una marca terrible, nuevamente lloré abrazada a mi hermana y cada vez que veía la marca en mi piel reafirmaba lo importante que es respetar el espacio natural de los animales. Aprendí que no puedo domesticar a un animal cuando no es su naturaleza, especialmente cuando el baño o el perfume pueden ser un arma letal. Pero, sobre todo, aprendí que un vallenato no es un motivo suficiente como para querer tener un armadillo en casa.

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