Como toda gran leyenda, la del Holandés Errante tiene varias versiones. Algunas fuentes dicen que se trata de un barco fantasma condenado a vagar por los tres océanos conocidos. Otros afirman que la historia se refiere a un hombre y no a una embarcación. El Holandés Errante (H.E.) sería Bernard Fokke, capitán bajo las órdenes de la Compañía holandesa de las Indias Orientales. Fokke se hizo famoso por la increíble velocidad que alcanzaba al mando de su nave, como lo atestigua un diario oficial: en 1678 viajó de Holanda a Java en tan solo tres meses y cuatro días. Muchos afirmaron que semejante rapidez solo tenía una explicación: el capitán había pactado con el diablo. Como castigo divino en uno de sus viajes la tripulación sufrió una cruenta epidemia y por tal motivo se le impidió desembarcar en puerto alguno. Desde ese entonces el capitán y sus marineros vagan por los mares sin encontrar la paz. Una tercera versión de la leyenda en la que barco y comandante son uno solo podría tener como protagonista a un hombre nacido en Ámsterdan hace 55 años y que por el momento está preso en la cárcel Modelo de Bogotá por intentar sacar de Colombia 700 gramos de cocaína en su estómago.

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No es la primera vez que H.E. es detenido por querer hacer de su cuerpo una compañía de transporte de mercancía ilegal. O traquetiar, como dice en su español plagado de colombianismos mientras cruza y descruza las piernas sentado en una banca de madera, frente a una lánguida huerta donde sus compañeros de presidio se esmeran por cultivar algo parecido a unas zanahorias. Sin respiro, H.E. nombra los países donde ha estado recluido por asuntos relacionados con el tráfico de drogas como si fuera un niño orgulloso de haberse aprendido una compleja lección de geografía: "A ver. Un año en Estados Unidos, cinco en Canadá, tres años en España, tres en Alemania, primero en Mannheim y luego en una cárcel en la frontera con Suiza. De todas, la peor fue la de Carabanchel", lo dice con tranquilidad pasmosa, como si los días que pasó en la quinta galería de la cárcel madrileña construida durante el apogeo del franquismo se trataran de unas desafortunadas vacaciones en el Caribe.

Aparte de albergar en sus primeras décadas de funcionamiento a contradictores de la dictadura de Franco y a homosexuales —a ojos del régimen eran criminales por igual—, Carabanchel recibió en los años ochenta una avalancha de colombianos que fueron a espolvorear con cocaína la torta de la nueva felicidad española conseguida con el inicio de la democracia. Fue tal la cantidad de nacionales recluidos en el derruido panóptico que H.E. sonríe y reproduce un comentario común por aquella época: "A los colombianos les vendían el tiquete El Dorado-Barajas-Carabanchel". El buen ánimo muere con la siguiente frase: "Pero hermano, nada como la primaria" Lo dicen sus ojos azules abiertos de par en par.

La primaria se le llama al pabellón de la cárcel Modelo donde apiñan a los presos nuevos mientras les asignan el patio definitivo. H.E. pasó dos días en una de estas celdas pero envejeció cinco años. Quizás de las tres cárceles para varones que existen en Bogotá, la Modelo sea la más amedrentadora. La entrada principal está rodeada por cascarones en lugar de casas. En tiempos no muy lejanos las alquilaban narcotraficantes para sus escoltas. Ahí guardaban provisiones diversas que de tanto en tanto entraban al penal. Hoy un par de tiendas sobreviven durante la semana vendiendo empanadas a los abogados de oficio. Una que otra sirve como supermercado donde los familiares de los reclusos nuevos, una vez aprueban la primaria, les arman lista en mano un kit básico de supervivencia. El paquete, que se debe entregar por una ventanilla antes de las once la mañana, puede incluir desde un juego de plato y vaso de plástico por 2000 pesos hasta una espuma que hace las veces de colchón. Con cobija y toalla uno de estos mercados alcanza los 130.000 pesos. También se venden radios y barajas de naipes para engañar al calendario. Los domingos, día de visita, las tiendas se desperezan como lo atestiguan los letreros de sus paredes: Se alquilan chanclas. Se cuidan motos. Se guardan prendas. En la puerta de metal por donde las esposas e hijos de los presos entran hay una nota que aclara los límites del picnic dominical: "Máximo se pueden entrar dos pollos broaster o asados, 5 gaseosas o 12 jugos". (Identificando criminales en la Fiscalía)

H.E. cruzó esa puerta en agosto de 2007, mes en que el viento sopló en su contra, ladeó su barco y finalmente naufragó. El holandés errante fue apresado en el aeropuerto El Dorado por haber intentado sacar cocaína en sus tripas. "Me sapiaron, estoy seguro. Fue mi ex esposa, una colombiana". El convencimiento con que lo afirma está avalado por su exitosa carrera. Durante quince años transportó droga en su estómago desde Colombia a Europa y jamás estuvo ni siquiera cerca de ser detenido. Sus visitas a la cárcel no tuvieron nada que ver con ser una mula ordinaria. Su vida delictiva rebasa con amplitud el término. El holandés llegó a ser una multinacional ambulante, una empresa criminal con una sede única y preciada: su cuerpo.

Llegó a Colombia en los años setenta con 100 dólares y las duras palabras de su padre retumbándole en la cabeza: busque su vida y en tres años me llama. Consiguió un empleo lavando platos en la Barra Suiza en el centro de Bogotá. Los sábados juntaba otros pesos cargando bultos en la plaza de mercado de Corabastos. Solo dos años después hizo valer el título de ingeniero civil que había obtenido en Ámsterdam y empezó a laborar para la constructora Pinsky. Trabajó en los Llanos, en la Costa, en el Pacífico. Recorrió ríos y montañas, valles y páramos. Se casó con una mujer de Guaduas y finalmente consiguió un buen contrato con la Séptima Brigada del Ejército en Apiay, Meta. Por ese tiempo le propusieron meterse en el negocio que empezaba a despuntar en Colombia y que se llevó por delante a tantos como lo hizo la fiebre del oro en California durante el siglo XIX. H.E. se asomó lo justo para entender los rudimentos del tráfico de cocaína, llenó una libreta telefónica con contactos y lo más importante: dio un paso al costado. Una vez en el extrarradio se decidió por la microempresa. Empezó a comprar coca en pequeñas cantidades y a rellenar dedos de guantes quirúrgicos en la comodidad de su casa. Aprendió solo a sabiendas de que el ensayo y error no eran viables. Bajaba las cápsulas con cerveza y después se iba feliz con su carga a Europa. Vendía la droga directamente a sus clientes. Sin intermediarios, sin aspavientos. "Era todo muy tranquilo. Me sentaba con mi comprador en un bar, charlábamos, nos tomábamos un cafecito y después yo me iba con su maletín y le dejaba el mío". Un hilo de nostalgia, cual suave corriente de viento que sacude las cortinas, cruza su cara dividida en dos por un bigote entre amarillo y blanco como el pelaje de un viejo perro labrador. Recuerda ese tiempo con dulzura, como esa mano sobre el muslo de la primera novia en la oscuridad de un cine. Y lo reconoce, si no hubiera encarado el negocio puerta a puerta estaría muerto.

El día en que lo cogieron llevó a cabo su rutina afinada en tantos viajes. Arribó al aeropuerto con traje y corbata, con su pasaporte holandés y su tarjeta profesional de ingeniero. Entró a la sala de abordaje sin sudar una gota y se fue al salón de fumadores. Prendió un cigarrillo y se tomó un whisky. "Siempre lo hacía, no tenía problemas porque comía muy poquitas cápsulas. Incluso podía almorzar". A H.E. le gustaba sentarse al borde del precipicio y balancear las piernas. Era el último en abordar hasta que esa tarde de agosto un oficial encubierto le pidió que lo acompañara. "Doctor, necesitamos tomarle una placa", le dijo y su barco se hundió.

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Es viernes y la sargento VL tiene las uñas descascaradas. Se mira las manos y lamenta no haber tenido tiempo para ir al salón de belleza a que le hagan la manicura. Prefiere la francesa, discreta y natural. De su aspecto depende el éxito de su trabajo. Por eso lleva carteras grandes, pantalones ajustados, zapatos de tacón y el pelo largo y cuidado. Cuando abre el bolso su placa oficial desentona tanto como un plato de lentejas en un banquete real.

Cuando se mira al espejo debe parecer todo menos una agente de la Policía Antinarcóticos. Desde abril de 2008 esta dependencia asumió la caza de mulas en el aeropuerto El Dorado o detención de pasantes de estupefacientes como se les dice en el rebuscado argot institucional. Antes la responsable de la cacería era la Policía Aeroportuaria, que por los resultados obtenidos desde que fue relevada parecía la malla de un arco de fútbol antes que un fino colador.

La sargento es un ejemplo de biónica criolla. Reúne las facultades de un escáner de alta resolución y la sensibilidad de un monitor de ondas cerebrales con la prudencia de una monja de clausura y la agudeza de un campeón mundial de póquer. Fue entrenada por dos años para que su margen de error sea el de un reloj atómico. Su novio no se debe atrever siquiera a deslizar una mentira piadosa. Aún así reconoce que el porcentaje de mulas que captura junto a otros diez policías encubiertos que se pasean por las salas de abordaje es bastante menor en comparación a los que se van cargados. "Antes era un poco más fácil. Las mulas tenían un perfil identificable. Ahora cualquiera se atreve a pasar droga".

Es la hora del almuerzo y sus tacones resuenan por los pasillos atestados del siempre sofocante aeropuerto El Dorado. El vuelo a Madrid embarcará pronto. Es hora de aparecer en el frente de batalla: un cuarto contiguo a las salas de abordaje custodiado por una puerta de cristal ahumado al que hace poco llegó la consentida, la B-scan, una máquina de rayos X ensamblada en Alemania, que costó 470 millones de pesos y es tan grande como una nevera industrial de gran capacidad y rápida como un parpadeo. Su antecesora, después de pasar 15 pasajeros sospechosos, se recalentaba como un trajinado Simca. Con esta nueva integrante que trabaja casi que en tiempo real, el equipo antinarcóticos le ve sin problema las entrañas a por lo menos el 10% de pasajeros de los vuelos críticos, por ejemplo este, que va a la capital de España.

Después de saludar a los agentes que tiene bajo su cargo, la sargento sale del cuarto y se mezcla con los viajeros. Prende sus radares y detecta posibles mulas por detalles mínimos como una corbata fuera de lugar, que de lejos incomoda al que la lleva, un par de pelos en la barbilla producto de una afeitada rápida y descuidada, unos zapatos de plataforma que entorpecen el caminado de una mujer, un hombre que aparenta leer un libro y no mueve los ojos o que no lleva chaqueta en medio del brutal frío que amaneció haciendo en Bogotá. O unos genitales desproporcionados. Cuando está segura se acerca, se identifica y una breve entrevista delata en segundos a los que tienen menos sangre fría. Tartamudeo, ojos esquivos, frente húmeda, ira sin motivo, risa nerviosa. Con los profesionales juega un partido de tenis de ida y vuelta hasta que decide proponerles el examen de rayos X. Para poder realizarlo el sospechoso tiene que llenar un formato de autorización. Existe la posibilidad de negarse pero eso le complica las cosas como se lo hace saber la sargento. La mayoría accede. Saben que una vez pisan la telaraña no vale la pena resistirse. Una vez obtiene la firma los lleva al cuarto y sus compañeros los requisan con minucia. A la sargento le toca hacerlo con las mujeres, que son cada vez más a pesar de que cae una por cada diez hombres. Por eso la manicura se le arruina tan rápido. Después pasan por la máquina de la verdad. Se suben a una banda que va de izquierda a derecha y en tres segundos su destino se define. No hay engaño posible. La imagen que se ve en la pantalla de un computador muestra hasta las calzas de sus muelas. Las cápsulas con cocaína o heroína se ven como crías en el vientre de una perra preñada, perfectamente acomodadas, silenciosas, desentendidas. De todas las mulas que ha atrapado todavía le impresiona una mujer que iba con doble carga: ochenta cápsulas y un niño en gestación. (En la frontera de Corea del Norte y Corea del Sur)

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La cárcel el Buen Pastor parece una escuela si se compara con la Modelo. Los pasillos están llenos de carteleras con dibujos mientras que en la Modelo la garita central tiene dos orificios de bala en el vidrio blindado, antiguos testigos de un intento de motín. A la plazoleta central de la cárcel de mujeres le dicen el Parque de la 93. Sobre una de sus bancas de cemento, con un cielo nublado, M.K., lituana de 26 años, piel blanca y mejillas rojas, desenreda su historia:

—Aprendí a hablar español en Venezuela. Fui a Caracas porque quería hacer un curso de cosmetología. Allá conocí al padre de mi hija. Es un nigeriano. Nos separamos porque se enfermó y dijo que le estaban haciendo brujería. Me dijo que tenía que regresar a su país a que lo curaran.

—¿Quién le propuso transportar cocaína?

—Una amiga. Quería volver a Europa y no tenía plata. Entonces acepté. Primero estuve en Cúcuta tres semanas. Allá arreglaron mi viaje y después me vine para Bogotá. Estuve tres días en la casa de un señor que vivía con sus hijas. Me la pasaba con ellas en la sala. La noche antes del viaje empecé a tomar las cápsulas a las siete. Tenía que tomar cien pero solo pude con ochenta.

—¿Por qué la cogieron?

—Me descubrió una mujer, una sargento. Como no podían tomarme rayos X por mi embarazo me hicieron una prueba de saliva. Dio positiva por los rastros de la droga. Después me llevaron a un hospital y boté todo. Me demoré una semana. Solo pude comer gelatina y caldo.

—¿Tiene amigas en la cárcel?

—Sí, otra lituana que la cogieron con su novio, también es lituano. Les dieron dos años a cada uno. A mí me dieron cuatro.

—¿Cómo se llama su hijo?

—Es una niña. Es negrita. Nació aquí. Se llama Shanti, que significa paz en indio.

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En las horas muertas la sargento repasa un museo de curiosidades guardado en su computador portátil. La foto de la lituana embarazada con los ojos rojos de llorar aparece junto a otros especímenes extraños: un hombre que confeccionó unos pantalones y un esqueleto en lycra rosada con bolsillos para rellenarlos de droga, una mujer y dos bolas chinas con droga que se introdujo en la vagina, un joven y sus calzoncillos de doble fondo y un viejo y su colección de lociones con cocaína líquida. "Hace unos meses se puso de moda usar frascos de Perris Ellis, ahora está pegando la Calvin Klein y también botellas de Peter Longo, la champaña brasileña". En el top de la rareza estaría la mujer que pasó un bebé muerto relleno de paja y coca. Pero es solo un rumor.

Sin embargo, hay cuadros que no cambian. Es increíble pero todavía siguen cayendo las mulas clásicas, caricaturescas: hombre de mediana edad y escasos recursos proveniente del eje cafetero, con un pasaporte en blanco y una visa nueva, que jamás ha salido del país se va de vacaciones por tres días a España. Tipos ingenuos a los que convencieron en una fonda con una botella de aguardiente, pero que no son exclusividad del país. En la galería de la sargento ocupa un lugar destacado el chef italiano que tenía varias docenas de cápsulas de cocaína pegadas al torso con cinta de enmascarar. El tipo nunca entendió por qué cayó si cumplió al pie de la letra con las instrucciones. Le dijeron que se las llevara en el estómago y así lo hizo.

También hay destinos que le marcan el camino a la sargento. Migajas que a otros ojos no dicen nada, pero que la agente sabe recolectar con paciencia. Si alguien viaja a San José de Sula en Panamá por dos días hay que averiguarle la vida. Los narcotraficantes están mandando las mulas colombianas a países cercanos, las descargan y pasan la droga a una persona con otra nacionalidad menos llamativa. De un tiempo para acá también alquilan el estómago de pacientes terminales, personas diagnosticadas con VIH que poco tienen que perder si los agarran. Los vuelos largos igualmente merecen su atención. ¿Qué hace una supuesta ama de casa de Pereira con un tiquete que dice Bogotá-La Habana-Moscú-Hong Kong? O minucias sentimentales: ¿por qué un par de esposos de mediana edad se toman las manos en la sala de abordaje como si se acabaran de casar?

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Las dos parejas se encontraron en un bar del barrio Venecia. Se conocieron haciendo un trámite en la Cámara de Comercio. ¿Qué negocio tienen

, les preguntó el hombre mientras hacían fila. "Una empresa automotriz, pero estamos quebrados. Por eso vamos a ir a una feria en Guatemala, de eso depende nuestro futuro", respondió el esposo de A.V. Se cayeron bien. Eran como ellos, un matrimonio que luchaba a brazo partido por sacar a sus hijos adelante. A la salida intercambiaron celulares. La mujer siguió en contacto con ellos. Primero llamaba a saludar, a preguntar por los niños. Después las pequeñas confidencias los fueron uniendo. Comentaban las novelas, la lista de útiles, las malas ventas, un inminente embargo, el bajonazo del dólar que los tenía de rodillas. Poco antes del viaje los citaron y frente una botella de ron, varias coca-colas y una taza de crispetas les propusieron el negocio. Nadie va a sospechar, son una pareja, tienen todos sus papeles en orden. Tómenlo como una oportunidad, un empujón para su empresa. Dijeron que lo iban a pensar. Era verdad, estaban ahogados y tenían que pagar una deuda pronto o de lo contrario todo se iría al garete. Lo necesitaban. Sería una sola vez. A los dos días dieron el sí. Los felicitaron. Era la mejor decisión que podían tomar. Sus hijos se lo agradecerán. Una cosa más: no coman grasas ni comidas pesadas. En una semana los recogemos. La noche antes del viaje pasó una camioneta por su casa. Los llevaron con los ojos vendados a un hotel. En un cuarto empezaron a tragar, cien cápsulas cada uno. Dos personas se turnaban para vigilarlos. A las 4:00 a.m. pidieron un descanso. No podían más. Estaban mareados. Los tipos accedieron y los acompañaron a dar una vuelta a la cuadra. Al regresar A.V. se durmió. Su esposo decidió cuidarla y no pegó los ojos. Antes de bañarse A.V. dudó, pero fue una duda débil, delgada como una hebra de azafrán. En la mañana los recogió un taxi y pasaron por sus hijos. Todos almorzarían en el aeropuerto. Era la fachada perfecta. Pasaron los controles y llegaron a la sala de abordaje. Su esposo tenía la boca seca y la lengua como papel de lija. Estaba totalmente demacrado. Con la primera pregunta de la sargento se rindió. Se paró y su esposa lo siguió. Fueron de la mano a la máquina de rayos X. En el Hospital de Engativá a donde los llevaron un abogado apareció y logró hablar con ella. Le hizo saber que si contaban algo la iban a pasar muy mal. A ella le dieron 49 meses de cárcel en el Buen Pastor. Él cumple una condena de 47 meses en la Modelo. Ella tragó una cápsula más. (6 meses con un salario mínimo)

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Entre los cientos de fotos que tiene la sargento está la del Holandés Errante. A propósito de la leyenda, Richard Wagner compuso una ópera romántica. El argumento es similar al de la historia conocida pero Wagner propone una salida a la vida errática del capitán: la redención solo le puede llegar a través de una mujer que le sea fiel hasta la muerte. Si no encuentra dicha mujer estará condenado a volver al mar y a navegar por una ruta sin fin hasta el día del juicio final. H.E. afirma tener una novia bogotana que lo espera. "Es una muchacha sana. Vamos bien", dice y se para de su banca. Un fuerte olor a sopa recorre los pasillos del penal. Es hora de ir por su plato y vaso.

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