Parado en una esquina del antiguo lazareto de Agua de Dios, me resulta imposible escapar a la morbosa intención de examinar el rostro, los brazos y, sobre todo, los dedos de quienes caminan por la calle principal, en busca de las llagas y mutilaciones causadas por la lepra.

Pero a nadie le falta nada. En cambio, se ven jovencitas de ombliguera, alegres y saludables, y parejas de novios riéndose de nada. En la plaza principal dos turistas fotografían la estatua en piedra del más ilustre de los leprosos de Agua de Dios, el músico Luis A. Calvo, sentado frente a su piano. Un grupo de vecinos adornaba una carroza para la Virgen del Carmen. En ninguno de ellos noté rastros de la pavorosa enfermedad.

Al final de la tarde aparecieron dos indigentes. Les faltaban algunos dedos y tenían la nariz aplastada debido a la destrucción del tabique, señal inconfundible de la lepra. Luego, un hombre en silla de ruedas cruzó de prisa la calle principal. Estaba mutilado. Pero ni él ni los indigentes exhibían las úlceras bíblicas con las que san Lucas describe al leproso que recogía migajas en la puerta del rico Epulón, mientras los perros le lamían las llagas.

En la estación de Policía un patrullero recién llegado, a quien ya le habían contado que el pueblo fue fundado por el gobierno a mediados del siglo XIX para albergar leprosos, estaba algo inquieto.

—¿Será que eso es prendedizo? —preguntó.

—Pues los médicos dicen que la mayor parte de la población del mundo es inmune a la lepra —le contesté—. Es una lotería.

Por lo demás, Agua de Dios lucía como cualquier pueblo de tierra caliente. Carritos de helados, algarabía en la calle del comercio, ancianos solitarios cabeceando en las bancas del parque. Dos hombres de megáfono rifaban una moto, un LCD y un home theater.

Para llegar a Agua de Dios desde Bogotá hay que recorrer 120 kilómetros hacia el suroccidente por una vía pavimentada. Los últimos cinco se hacen por un ramal bordeado de bosques en los que nace una corriente de aguas azufradas. Los pobladores les atribuyen poderes medicinales. Dicen que es ‘agua de Dios‘.

Por la noche, lo más notable es el crossover a todo volumen que brota de las cuatro casetas que venden cerveza junto a la plaza principal: Una vez bailaba yo, con mi novia en el Callao….

El seguimiento a las huellas de la lepra en las calles de Agua de Dios se aplazó para el día siguiente. A las 4:53 de la mañana llegamos con Joaquín Sarmiento, el fotógrafo, al parque principal para presenciar la alborada en honor a la Virgen del Carmen. El único lugar abierto era la plaza de mercado, fundada a principios del siglo pasado por leprosos que invirtieron allí el subsidio que les daba el gobierno.

Un cotero comenzó a quemar cohetes a las cuatro en punto. Lo apodan ‘Curí‘. Es flaco, trigueño y lleva una barba de pirata, negra, sucia y desordenada. Tiene unos 55 años. Nació en Manta, Cundinamarca, y es evidente la felicidad que siente al despertar a medio pueblo en nombre de la Virgen.

­—Mi papá se enfermó de lepra y se lo trajeron a la fuerza, y como a los tres meses mi mamá se vino detrás de él. Yo tenía siete meses —dice ‘Curí‘ en el entre oscuro y claro de la madrugada—. En la plaza casi todos tenemos un familiar enfermo de lepra, pero ya nos acostumbramos. Nos da lo mismo si es sano o si es enfermo.

Dentro de la plaza de mercado se ven las siluetas de los primeros vendedores de frutas y verduras. Uno de los que organizan su puesto es Luis Carlos Ruiz. Su mamá también era leprosa. Llegó de Ramiriquí, Boyacá.

El primer cliente del único puesto de tintos que hay abierto a esta hora es Sixto Fúquen. Maneja el colectivo número 12 de Cooveracruz. Sixto es hijo de una persona enferma de lepra.

El padrastro del vendedor de tintos, la abuela de un comerciante de mazorcas y las tías de otros dos verduleros también son leprosos. Y por si quedan dudas de la presencia de esa enfermedad en la aparente normalidad de este municipio de Cundinamarca, el administrador de la plaza de mercado, Edilberto Calderón, es enfermo de lepra.

A él y a los demás enfermos de Agua de Dios les disgusta que les digan leprosos. "Así le dicen a la gente indeseable: ‘Usted es una lepra‘", alega un hombre cuya madre sufre de ese mal. Otro argumenta que el calificativo leproso pone a los enfermos en el mismo costal con los sicarios y maleantes de muy baja ralea a quienes sus propios compinches insultan al compararlos con otra enfermedad, una genital: ¡Vos sos una gonorrea! Como en las películas de Víctor Gaviria.

El nombre que ellos prefieren suena refinado: enfermos de Hansen. Es noruego. La enfermedad fue bautizada así por el médico Gerhard Hansen, quien descubrió en 1874 el bacilo que causa el mal.

En todo caso, Edilberto Calderón no se ve como el mendigo de san Lucas. Tiene cuello de toro y barriga prominente. La única marca visible que le dejó la lepra es una cicatriz en forma de tajo en su antebrazo izquierdo.

—Me estaba bañando cuando me vi la herida —dice Calderón—. Se veía la carne pero no me dolía ni salía sangre. Yo pensé que me habían hecho brujería, pero mi mamá, que es enferma de lepra, me mandó para el sanatorio a que me hicieran exámenes.

El sanatorio funciona en un edificio azul y blanco, de dos pisos, ubicado junto a una vía pavimentada que atraviesa el pueblo de sur a norte.

Casi un mes después, Edilberto regresó por los resultados. Un médico lo hizo sentar y le dio la noticia.

Por protocolo, los médicos del sanatorio de Agua de Dios les explican a los pacientes que la lepra es una enfermedad infecciosa causada por un bacilo, el Mycobacterium leprae, que puede estar en cualquier parte, sobre todo en los lugares densamente poblados.

Pero también les aclaran que más del 99 por ciento de la población mundial es inmune a la bacteria y, si se trata a tiempo, no causa daños en el cuerpo.

Además, según la Organización Mundial de la Salud, para contagiarse se necesita que haya un contacto "estrecho y frecuente" con pacientes que no hayan recibido tratamiento.

Las explicaciones adicionales van de acuerdo con la curiosidad del enfermo. Les cuentan, por ejemplo, que existe un solo tipo de lepra, pero que las manifestaciones dependen de las condiciones inmunológicas de cada persona.

A algunos enfermos se les manifiesta en manchitas, que pueden tardar 20 años en desarrollarse; a otros les da la llamada ‘mano de garra‘ o ‘mano de tigre‘, que es la contracción de los dedos por la muerte de los nervios que transmiten la orden de movimiento desde el cerebro.

Ese misma lesión puede causar la ‘mano de predicador‘, o recogimiento de los dedos meñique, anular y del corazón.

—Una persona puede estar enferma de lepra y no tener nunca una úlcera. Las úlceras dependen de si la persona tiene problemas vasculares —dice el médico Fernando López.

Para explicar cómo puede comenzar la lepra, el médico López me examina la pierna izquierda.

—Usted aquí tiene una despigmentación de la piel… ¿si ve esa manchita?

—Huuyy, doctor, no me asuste.

El médico presiona con el índice el lugar donde me descubrió la manchita, cerca de la rodilla. El corazón se me acelera.

—¿Siente? —pregunta en tono serio.

—Sí, doctor.

—Menos mal —dice el doctor López—, porque si hubiera perdido la sensibilidad tendríamos que solicitar inmediatamente algunos exámenes más específicos.

Por unos segundos me quedé sin preguntas. En circunstancias similares, el doctor López ha descubierto a portadores del bacilo de la lepra que andaban por la vida sin conocer su situación.

En el caso de Edilberto Calderón, el médico del sanatorio le aseguró que si se tomaba la droga con juicio y mantenía hábitos saludables de vida, se podía curar en uno o dos años.

Desde ese día, Edilberto comenzó a tomar a diario las pastillas de Dapsona, Clofazimina y Rifampicina. Ese es el tratamiento universal en países como Brasil, India, Madagascar y algunas naciones africanas donde se detectaron 249.000 nuevos casos en el 2009.

En Colombia se diagnostican 500 casos al año, especialmente en la costa atlántica y en los Santanderes.

Cada dosis del tratamiento viene en blíster que alcanza para un mes y cuesta unos 35 dólares, pero el gobierno colombiano la entrega gratis en los sanatorios de Agua de Dios y Contratación (Santander) y en ciudades como Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga y Cali.

El día en que recibió la noticia, Edilberto Calderón caminó pensativo hasta su casa, en el barrio María Auxiliadora, para contarle a Carmen Luengas, con quien vivía en unión libre desde hacía año y medio.

—Papi, hay que tomarla suave porque ya qué se puede hacer —le dijo la mujer.

Calderón cuenta que dejó de fumar, de trasnochar y de tomar cerveza en alguna de las tres tabernas que conforman la Zona Rosa de Agua de Dios.

Al cabo de un año los exámenes salieron negativos. Calderón es padre de dos hijos de 4 y 10 años. Nacieron sanos. Cada vez que puede, el administrador de la plaza de mercado va hasta el vecino puerto de Girardot, a orillas del río Magdalena, a comprar sartas de nicuro, bagre y bocachico.

—Si uno está bien alimentado el bacilo no puede hacer nada —dice.

Al igual que Calderón, la mayoría de los 14.000 habitantes de Agua de Dios no conocen la vida sin la lepra. Algunos de ellos tienen familiares recluidos en uno de los tres albergues donde atienden a 242 enfermos, la mayoría mutilados. Hay varios con úlceras.

Sin embargo, lo que para los de afuera es horroroso y repugnante en este pueblo es tan normal que algunas personas sanas se casan con enfermos de Hansen.

Como Ana Inés Gallego, que completó 31 años de matrimonio con Germán Rubiano, a quien le detectaron la enfermedad a los 9 años.

Se conocieron en el albergue Boyacá. Él era el encargado del aseo en la cafetería y ella, la empleada doméstica de una enfermera. Una tarde, Ana Inés acompañó a su patrona al albergue y se dio una vuelta por el lugar.

Germán le echó el ojo. Averiguó por la muchacha y le contaron que era novia de otro enfermo. Uno de apellido Acero.

—Apuesto a que le quito la novia a ese man —le dijo a un amigo leproso. Desde ese momento se dedicó a perseguirla hasta que Acero, enterado del asunto, le hizo el reclamo a su prometida.

—¿Qué le pasa

, ¿acaso yo me le he escriturado a usted? —le respondió la mujer. A los pocos meses la joven se casó con Rubiano, a quien, para esa época, ya le habían controlado el bacilo.

—Yo no les tengo vaina a los enfermos porque a cualquiera de nosotros nos puede dar. Además, a él ni se le nota. Apenas se le deformó un pie y los dedos, pero los tiene completicos — dice Ana Inés Gallego.

La mujer asegura ser la prueba viviente de que la lepra no es contagiosa.

—¡Qué va a ser contagiosa…! si tuvimos cuatro hijos y todos nacieron sanitos! Si tenemos hasta nietos y ojalá usted los viera.

En Agua de Dios cuentan la historia de otro enfermo de lepra que tuvo 12 hijos con una mujer sana. El semental se llamaba Antonio Castelblanco, de Jenesano, Boyacá. Murió el pasado 18 de enero. Tenía 90 años.

Su hijo menor, Jairo, nació sano y tiene dos hijas, de 11 y 12 años, sin señales de lepra.

—A los 2 años les hicieron el examen y salió negativo, pero si Dios quiere que les dé pues qué se va a hacer —dice Jairo quien, como todos los habitantes de Agua de Dios, están resignados a que un día los declaren enfermos de Hansen. Así les ha ocurrido a 19 personas en los últimos cuatro años.

Otros 16 enfermos han llegado en ese mismo lapso al sanatorio desde Melgar, Girardot, Bogotá y Mariquita. Algunos regresan a sus casas y otros, los más pobres y los más graves, son remitidos a los albergues.

El enfermo más joven del albergue Boyacá es Edwin Andrés Rodríguez, un pescador de Prado, Tolima. Tiene 24 años. A mediados del 2009 supo que él y su padre, José Vitelio, tenían lepra.

—A mi papá le hicieron el examen en el hospital de Ibagué porque se le acható la nariz, y como salió positivo, nos lo hicieron a mi hermano y a mí. Yo también salí positivo; pero yo no sabía que eso era grave —dice Edwin Andrés, a quien se le está secando la mano derecha y tiene recogido el dedo meñique desde los 13 años.

Padre e hijo llegaron el 4 de agosto del 2009 al albergue Boyacá. ­En junio pasado, después de diez meses de tratamiento, Edwin Andrés volvió a salir positivo, así que le recetaron otros tres meses de droga.

El muchacho pasa los días jugando con su papá y con otros de los 154 pacientes del albergue, ubicado en la misma calle del sanatorio. Juegan dominó y ‘hueca‘, que es igual al parqués, pero con un solo dado.

Por los cuatro pabellones del albergue Boyacá, pintados con los mismos colores del Sanatorio, se ven ancianos en sillas de ruedas con el rostro deformado y mutilaciones en brazos y piernas.

Las enfermeras del primer turno llegan a las siete de la mañana a bañar a los mutilados y a curar las úlceras.

Los pabellones están separados por corredores en tierra sembrados con árboles de mango. Pisos y paredes lucen impecables. La voz de Rolando Laserie se escucha por los altoparlantes: Vieja calle de mi barrio donde he dado el primer paso….

A unas cuantas cuadras de este lugar está el albergue San Vicente. Allí viven 29 mujeres mutiladas por la lepra. ‘Chelita‘ es una de ellas. Tiene 79 años. La enfermedad le quitó la vista, los dedos de sus manos y la redujo a una silla de ruedas.

Sentada junto a la cama, con sus gafas negras y el cuerpo menudo envuelto en una bata de color guayaba, ‘Chelita‘ luce indefensa. Es, quizá, lo más parecido a un ángel. Se ve alegre y no para de reír, contar historias, agradecer a Dios y recitar poemas.

La trajeron a la fuerza desde Popayán cuando tenía 6 años. En esa época estaba en plena vigencia la férrea política gubernamental de lucha contra la lepra.

Agentes del gobierno perseguían a los leprosos y, sin importar la edad, los arrancaban de su familia y los transportaban al lazareto como animales. Los enfermos comparan ese lugar con un campo de concentración.

—Había una alambrada de púas alrededor del pueblo vigilada por la policía para que nadie saliera, había retenes y una casa de desinfección donde desnudaban a la gente y la pasaban por salas a vapor —dice María Teresa Rincón, la encargada del Museo de la Lepra, ubicado en el centro del pueblo.

—A los enfermos los sacaban amarrados de sus casas y los traían hasta Tocaima en tren, en vagones con banderas amarillas para que nadie se acercara. Después los arreaban a pie hasta la orilla del río Bogotá y los pasaban en una tarabita —cuenta Alonso Rojas, quien preside una asociación creada para defender los derechos de los enfermos de lepra, como el subsidio, equivalente a un salario mínimo, que reciben quienes sufren de este mal.

A Rojas lo trasladaron desde Pitalito cuando tenía 12 años. Pocos días después de llegar a Agua de Dios recibió un telegrama de su padre: "Quemaron casa con todo adentro. Te extrañamos".

Las medidas del gobierno para controlar la lepra incluían una moneda con denominaciones de uno a 50 centavos. Le decían la coscoja. Con esa moneda les pagaban a los leprosos el subsidio. Algunos habitantes aún guardan coscojas en los armarios y las venden por 30 o 40.000 pesos a algunos turistas que ya han vencido el horror que causaba el lazareto de Agua de Dios.

El estigma comenzó a derrumbarse en 1961, cuando una ley acabó con el lazareto porque la enfermedad podía ser controlada con medidas sanitarias. Además, autorizó la creación del municipio de Agua de Dios.

La norma, además, les permitió a los leprosos recuperar los derechos civiles que habían perdido a mediados de 1800. Los enfermos no tenían cédula de ciudadanía sino una libreta de color azul, que solo les servía para reclamar el subsidio.

Con el cierre de los retenes y la caída de la alambrada, Agua de Dios se volvió un pueblo tan normal que hasta prostíbulos tenía. Uno de los más conocidos, Marquetalia, era regentado por ‘la Pateloro‘, una enferma de lepra a quien recuerdan como una mujer blanca, de cara bonita y muy atenta.

Casi toda la clientela provenía de los cultivos de algodón de los alrededores. Quizá por eso, cuando los algodoneros se arruinaron, las putas se marcharon. Alonso Rojas dice que él y otros enfermos de lepra también iban a Marquetalia, pero solo a tomar cerveza y a ver a las muchachas "porque el subsidio no alcanzaba para más".

Además de considerar que Agua de Dios es "un paraíso por descubrir", algunos habitantes no salen de su pueblo para evitar que los acribillen con preguntas truculentas sobre la lepra.

Como le ocurrió a Ana Inés Gallego con una mujer que acababa de conocer.

—¿Es cierto que en Agua de Dios la gente va caminando por la calle y se le caen los dedos o los brazos? —le preguntó con un tono irritante.

—Sí —le respondió Ana Inés—. Una vez vi a un enfermo de lepra al que se le cayó la cabeza en la calle.

—¿Y qué pasó? —interrogó la mujer con los ojos desorbitados.

—Nada. La recogió, se la puso y siguió caminando.

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