Lo primero que quise en la vida fue ser embajador. Por eso me fui de Ibagué a Bogotá a estudiar Diplomacia. Como no pasé los exámenes de admisión y se me acabó la plata, me dediqué a la radio como lector de noticias en la emisora 1020. Eso me ayudó a entrar a la televisión. En 1967 mi jefe, Juvenal Betancur, me llamó a participar en su programa Cocine de primera con Segundo. Emocionado, llegué al set vestido y maquillado, pero lo que necesitaban era que leyera un comercial en off de 15 segundos. Lo practiqué y, cuando el coordinador me dio la señal, me puse nervioso y me equivoqué cinco veces. Me fui aburrido, pensando que la televisión no era lo mío. Al día siguiente supe que a mucha gente le había gustado mi voz.

Después tuve mi revancha. Un día no asistió Segundo Cabezas, el chef, y le dije a don Juvenal que yo podía reemplazarlo. Me dijo que sí y busqué en el periódico un anuncio culinario que había visto, porque en realidad yo no era capaz de preparar ni un tinto. Llamé a esa compañía para decirles que a las 6:15 de la tarde, por el canal 7 de la Televisora Nacional, podía sacar una de sus recetas si me daban información y diapositivas. Ellos me ayudaron con todo y el programa salió tan bien que seguí saliendo al aire.

Eran tiempos en que todo se hacía con ingenio y disciplina. Los programas y comerciales iban en vivo y en directo. Por eso ensayábamos una y otra vez antes de ir al aire. Para suplir la carencia de tecnología ideamos diferentes técnicas. En El show de las estrellas, mi primer programa, que empezó el 24 de mayo de 1969, poníamos a los artistas a cantar hasta cinco veces para capturarlo desde varios ángulos. El resultado era un programa que parecía grabado con cinco cámaras. Para imitar los escenarios móviles italianos, puse a siete tramoyistas a empujar y a darle vueltas a la escenografía. Para los asistentes en el estudio era graciosísimo, pero al aire se veía bastante bien.

En 1989 hice la primera transmisión en vivo y en directo para Colombia desde el exterior, con Embajadores de la música colombiana. En el Madison Square Garden de Nueva York reunimos a 25.000 personas que pagaron boletas de 25 y 30 dólares para ver un show que demoramos un año entero en producir. No perdí ni gané dinero, pero el esfuerzo valió la pena para levantar la imagen del país, que no era buena.

Hoy, para grabar El show de las estrellas debo movilizar, por vía aérea, fluvial o terrestre, 40 toneladas de equipo junto con 250 personas del staff. En un trabajo con las administraciones locales hemos llegado a más de 1000 municipios, corregimientos y veredas del país. Muchas veces me topé hasta con cuatro retenes guerrilleros diarios, pero siempre respetaron mi labor. Las veces que me los encontré pidieron tomarse fotos conmigo, a lo que accedía siempre que saliéramos sin armas. La única vez que sentí el conflicto fue en Toribío, Cauca. El ejército y las Farc estaban combatiendo a un kilómetro del escenario, y yo, con nervios, alcé una bandera blanca, hice poner el himno nacional y pedí que no pelearan más. A los pocos minutos cesó el fuego.

Mi frase más popular, "agüita para mi gente", nació en Barrancabermeja. El día de la presentación llovió como nunca. Yo, que estaba preocupado porque la gente se podía ir, salí al escenario y puse un disco de rock australiano de uno de mis hijos porque no tenía más música a la mano. Entonces, con la voz entusiasmada, les dije que nos íbamos a trasladar a la discoteca más grande de Colombia y los hice levantar los brazos y moverlos de lado a lado. Así fue que se me ocurrieron las palabras que han hecho carrera. Mi hijo, que es publicista, me hizo caer en cuenta de que la frase era un hit y que la debía seguir utilizando. Para los siguientes programas pedí la ayuda de los bomberos para refrescar al público. Hoy me puedo presentar sin artistas, pero nunca sin agua.

Con la "patadita de la buena suerte" pasó algo similar. Mi amigo Raúl Velasco me invitó a México a lanzar mi libro Mis primeros 40 años. En algún momento me pateó diciéndome: "Le doy su patadita para que le vaya bien con las ventas". Tiempo después, durante un show en Girardot, vi a Marbelle preocupada con su nuevo disco. Me acordé de Velasco y le di la patadita. Ella tuvo una presentación muy buena y vendió bastantes discos. Hoy sigo dando la patadita, pero solo a los hombres. A las mujeres les doy su "besito de la buena suerte".

El regalo más inesperado lo recibí en Riohacha de la comunidad wayúu. Ellos, emocionados con mi visita y fieles a su cultura, decidieron regalarme una indígena wayúu. Me sentí muy honrado por el gesto pero, por supuesto, no pude aceptarlo; entonces decidieron entregarme una corona y algunos collares que guardo como el mejor de los recuerdos.

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