La película de tu vida, tu película favorita, esa que dices que es tu película favorita cuando te preguntan por tu película favorita, cambia tanto como va cambiando tu fisonomía, tu vestuario, tu casa, tu círculo íntimo. Uno mira hacia atrás y capta que lo que una vez te unió a esa película ya no está. Los lazos se han debilitado. Luego captas que la película quizá es la misma, pero acaso uno ya no lo es. El que ha cambiado (¿para peor, ¿para mejor) es uno. La cinta es la misma (¿lo es), pero ya no se ve igual.

 ¿Envejecen los filmes o envejece uno?
¿Es la cinta o es uno el que muta?

Si debo barajar el naipe y analizar y pensar y ver cuál de ese grupo selecto me hizo remecer, con cuál de todas siento un lazo entrañable y acaso indivisible, con cuál de ellas me une algo sanguíneo que crece con los años, sin duda tropiezo con un cineasta que lo siento casi de mi casa, casi como una vieja chaqueta de cotelé, algo tan parte de mí que a veces lo tomo —lo tomamos— como alguien que es simplemente parte del inventario. Es algo más: es una de las razones por las que la vida es mejor. Se llama Woody Allen y, de entre su treintena de cintas, hay una que es más que especial, que perfectamente podría ser o acaso es mi película favorita: Manhattan, de 1979. Cada vez que la veo, mejora. O la entiendo más, capto más. Ahora tengo, en rigor, la edad de los protagonistas, lo que —supongo— ayuda. O quizá tengo más. Cuando la vi, era menor que el personaje “barely legal” de Mariel Hemingway, la cual en ese momento no causó tanto revuelo (eso de que un cuarentón saliera con una chica de 17).

Hay algo no menor que me sucede con Manhattan: a diferencia de otras cintas que me parecen claves (desde luego, Taxi Driver), es que la cinta de Allen la vi en el cine (en el cine Rex de la calle Huérfanos) y la vi antes de que quizá se transformara en un clásico. Otra cosa: vi Manhattan mucho antes de que aterrizara por primera vez en Manhattan, y lo cierto es que nunca la ciudad ha logrado estar a la altura de lo que capté o creí captar en ese poema cinematográfico al mundo de los intelectuales románticos que deambulan por las calles, parques y museos de la isla principal de la ciudad de Nueva York.

Vi Manhattan un domingo helado en el cine Rex a solas, quizá en marzo de 1980, o abril. Lo cierto es que recuerdo todo nublado, con luz invernal, o quizá tiene que ver con que la cinta era en blanco y negro. Recuerdo que la sala era inmensa y barroca y una de mis salas favoritas. También me asalta la memoria que no había mucha gente. Lo que vi me fascinó y alteró para siempre. Lo que mostraba Woody Allen era un mundo como debería ser el mundo, al menos en el que yo estaba pensando vivir. Un mundo donde la gente leía y discutía los artículos de las revistas, donde se iba a comer y a conversar, donde la gente eran profesores o escritores o tipos ligados al cine. Era un mundo sofisticado pero apolitizado, donde las cosas interesantes que se hablaban tenían que ver con el arte y no con la política contingente, como sucedía en Santiago.

Nadie, al parecer, tenía problemas de dinero, pero no era un círculo de millonarios. Se caminaba mucho y la ciudad parecía ofrecerlo todo, no como acá, que la ciudad y el país y acaso la familia y los amigos y el colegio y los compañeros de curso más bien te quitaban todo, o eso era lo que sentía. Cuando vi Manhattan, no pensaba aún ser escritor y ya tenía más o menos claro que nunca sería cineasta por lo lejos que estaba de Hollywood y de la propia Nueva York, pero la posibilidad de ser crítico de cine o de ir a terapia o de trabajar en una universidad me parecía que era el camino, que por ahí iba la cosa.

Estos periodistas y colaboradores e intelectuales y guionistas de televisión y aspirantes a escritores eran el tipo de gente a la que quería acceder, la que me parecía que era el modelo. Años después, viéndola de nuevo, capté que había mucho de crítica y que la cinta apostaba por el personaje de Mariel Hemingway (la inocencia) más que por el de Diane Keaton (la loca, la neurótica, la dañada), pero cuando la vi esa primera vez, el amor y la atracción y la seducción que ejerció sobre mí Diane Keaton fueron mayores. Esa tenía que ser la mujer de mi vida. Mariel Hemingway era bonita y se parecía a algunas de las compañeras de mi curso o del curso del lado, y en Las Condes sobraban chicas como ella y hasta había salido con un par de ellas y, claro, al lado de Diane Keaton parecían exactamente lo que eran: niñas.

Aun así, ver correr a Woody Allen cuadras y cuadras hasta tratar de alcanzar a la Hemingway era impresionantemente romántico (se coló claramente a Se arrienda, mi primera película) y quizá cuando la vi, lo que le dice Mariel a Woody no lo entendí, pero con los años sí: tienes que tener un poco de fe en la gente.

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