Verdad incómoda: los periódicos dejaron de ser necesarios, al menos los impresos. La prueba es que cualquiera puede informarse de lo que ocurre en el mundo sin leerlos y, mejor aún, sin pagar un peso y sin ensuciarse los dedos de tinta. En parte es culpa suya por insistir en repetir lo que la gente ya oyó por radio, o vio por televisión, o leyó por internet, o le contaron por ahí, o simplemente ya sabe intuir. Los periodistas lo saben, aunque no todos lo admitan: los diarios son nueces duras con casi nada por dentro. Yo viví ese drama de la prisa inútil, del esfuerzo perdido, del vértigo simulado, en fin, del cansancio sin gozo en las salas de redacción de El Colombiano, de El País, de El Tiempo, de El Heraldo. Fue como hacer un doctorado sobre el tedio, y casi me gradué con honores.

Ahora la tragedia con la que deben lidiar los periódicos, además del aburrimiento pontificio de sus periodistas, es que nunca, como hoy, llegaron tan tarde a la cita con los lectores. Aunque el pacto siempre fue ese: que llegarían al día siguiente de los hechos que contaban, la velocidad de la tecnología ha convertido ese solo día en un tiempo mayor, en un hoyo que crece y crece horadado por los cachivaches tecnológicos que en cada nueva versión son más rápidos, pequeños y baratos. ¿Habrá algo más viejo que un periódico a las diez de la mañana? Pobres dueños de periódicos.

Desesperados porque las rotativas que heredaron de sus padres, tíos y abuelos ya no imprimían lo que antes —el número de ejemplares en las calles es un tercio de lo que publicaban hace apenas 10 años, la quinta parte de lo que hace 20— decidieron venderle el alma al diablo. Todos ellos en privado una mañana, o una noche según el ritual de su cofradía, tomaron la maldita decisión: crear un periódico amarillista, aunque claro, no fue así como los llamaron. La expresión enmascarada fue tabloide popular. Su cálculo era simple: había que ofrecerles una publicación a los 20 millones de pobres del país, 8 millones de ellos indigentes, una multitud de miserables del tamaño de los habitantes de México D.F., esa ciudad mítica porque es la urbe más agigantada del planeta. Y a pesar de que al principio algunos propietarios se negaron a considerar siquiera la idea y se santiguaban ofendidos con la sola propuesta, los cálculos de las ganancias terminaron por convencerlos. Sus periódicos tradicionales, dinosaurios vegetarianos en vías de extinción, darían a luz a pequeños reptiles carroñeros.

El quid del negocio, la clave inviolable, sería esta: diferenciar el periódico serio del tabloide vástago, y no mezclar, por ningún motivo, sus salas de redacción, de tal suerte que los viejos redactores, algunos de pronto envejecidos antes de cumplir los 30 años de edad, siguieran creyéndose miembros de una clase superior, alfiles de ese cónclave sacro que jura que el buen periodismo consiste en ocultar lo feo y en exhibir lo bello. Así pasó en Cali, en Medellín, en Barranquilla, en Bucaramanga, en Cartagena, en Valledupar, en Manizales, en Pereira, en cada capital donde se izó la carpa de un periódico amarillista. Y resultó la cosa más fácil y lucrativa, aunque también incómoda para los escrupulosos propietarios porque una verdad dolorosa vino a mortificarles el sueño: que en nuestras ciudades, en todas, contrario a los comerciales siempre felices de los bancos, se suceden el caos, el hambre, la brutalidad, la superstición religiosa, es decir la ignorancia, todo eso mezclado, hilarante, como un coctel de porquería.

No hay nada que discutir, ¿o sí

: los tabloides populares viven de esa profusión de la miseria humana que la inequidad social acrecienta sin tregua. Todos habrán visto sus portadas coloridas: niñas prostitutas a cambio de raciones de droga, bebés con lombrices del tamaño de sus piernas, abuelos abusadores que tienen hijos con sus nietas, drogadictos que duermen en las alcantarillas, ebrios que cercenan el rostro de sus esposas con botellas de aguardiente, papás que se cuelgan del techo de sus casas por falta de trabajo, santísimas vírgenes que aparecen en bacinillas, roscones de guayaba, baldosas de hospital, todas esas postales diarias de un país que se supone feliz y que, morboso, se sienta a disfrutar la tragedia de los otros. Yo vi una oportunidad en medio de la cochambre. Eso creímos en Al Día e intentamos exorcizar los demonios de la culpa con una fórmula en desuso, y peligrosa.

***

Los periodistas con los que inicié el proyecto fueron Martha, Óscar, Efraín, Kenji, Lilibeth, Sandra, Luis Felipe, Jhojan, Wilson y Lucía, los nombro a todos con gratitud y aprecio. Apenas un año después, cuando Al Día se convirtió en el segundo diario más leído del país después de El Tiempo con más de medio millón de lectores, ¡medio millón de lectores diarios!, llegaron Liz, Víctor, Jhon, Samir, Iván, todos chicos generosos, valientes y en cierto modo también ingenuos porque nos propusimos hacer, si bien un periódico popular, en muchas formas sensacionalista, también un diario que defendiera los intereses de la gente más pobre. Hay que ser muy cándido para proponerse algo así. Periodismo de proximidad y utilidad, así dijimos. Por ejemplo: si publicábamos la noticia de un hombre ahogado en el mar, además de contar lo ocurrido, enseñábamos cómo evitar una muerte semejante, así para casos de electrocutados, atropellados, atracados, mordidos por serpientes. Creímos que si íbamos a lucrarnos del dolor de tanta gente y los dueños iban a extender los linderos de sus haciendas y a renovar el modelo de sus carros importados, cuando menos debíamos encontrar algún excedente pedagógico del que todos aprendiéramos algo. Darle un cierto sentido a la tragedia diaria, aprender de ella. Descifrar lecciones.

Cuando el origen de esas muertes era un caso de negligencia médica, por ejemplo, señalábamos los hechos sin darles vueltas, citábamos el nombre de los hospitales y de los médicos de turno, llamábamos a los gerentes para interrogarlos. Si decidían no hablar dejábamos un espacio en blanco en la página y advertíamos que esa era su respuesta. Los dueños de Al Día se miraban desconcertados, pero nueve meses después ya circulábamos 70.000 periódicos diarios, casi 40.000 ejemplares más que El Heraldo, 50.000 más que Nuestro Diario, el periódico amarillista que debíamos conjurar. Nuestra redacción era un hervidero y los cierres eran en voz alta, con música de fondo. Cuestionábamos esa idea según la cual los hechos de dolor, cuando están identificados los responsables, deben tratarse como hechos aislados, excepciones a la regla general, así para los casos de corrupción, de exceso de autoridad, de violencia de policías y militares, de haraganería de alcaldes, concejales, gobernadores, congresistas. En Al Día nos tenía sin cuidado que los apellidos de los implicados en una noticia coincidieran con los de las familias más ricas y poderosas de Barranquilla. Las cosas las llamábamos por su nombre y a los involucrados con sus dos apellidos. Esa era una de las singularidades del periódico: la titulación.

Los diarios serios son eufemísticos por excelencia, sobre todo si se trata de noticias que involucran a personas adineradas. Entonces los encabezados, tan decididos cuando se trata de un conductor de bus que atropella a un anciano, son todo lo contrario, medrosos y calculados, cuando la noticia es del sobrino de Mengano, el ahijado de Fulana o el nieto de Zutano. Pronto, los titulares de Al Día fueron la comidilla de los locutores radiales en Barranquilla:

"Profesor de música tocaba a sus alumnos", de un docente pederasta. "Hizo una U prohibida y lo dejaron vuelto M", de un ganadero ebrio. "La Policía los graduó", de unos ladrones conocidos como Los Bachilleres. "Se hizo mezcla", de un obrero que se cayó de un edificio en construcción. "Coronaron a Reyes", de la operación que le dio muerte al capo de las Farc. "Les dieron sopa y seco", de dos comerciantes asesinados en un restaurante mientras almorzaban. "Y también se le paró el mango", de un hombre infartado por sobredosis de Viagra. "Pum, pum, ¿quién es?", de un narcotraficante abaleado en la puerta de su casa. Los alias de los sicarios, los capos, los guerrilleros, los paramilitares, los políticos corruptos, los usábamos en titulares a dos colores. "Enfriaron al Caliente". "Silbaron al Pito". "Limpiaron al Mugre". "Molieron al Huesos". "Le sacaron punta al Lápiz". "Despeinaron al Calvo". "Amasaron al Moco". Hay un titular nuestro que resultó memorable:

En una audiencia de Justicia y Paz en los juzgados de Barranquilla, el capo ‘Jorge 40‘ puso un letrerito hecho por él mismo sobre el escritorio donde también acomodó su computador de pulcro oficinista. Decía, cínico: "Yo soy Rodrigo Tovar. La reconsiliación es mi sueño, mi motivación y mi meta". El jefe paramilitar escribió ‘reconsiliación‘ así, de mala manera: con ese en vez de ce. El titular de Al Día fue: "¡Jorge 40! ¡Reconciliación es con C!". Lo común entonces eran las amenazas, las llamadas de insulto y provocación. De nuevo risas, vértigo, música en los cierres.

Sí, es cierto: en Al Día hacíamos periodismo amarillista, pero intentábamos que fuera independiente en un país donde semejante propósito es casi subversivo. "Oye, ahora no vas a salir con un chorro de babas", titulamos en primera página cuando Alejandro Char ganó la elecciones para la Alcaldía de Barranquilla.

Una vez nos inventamos una fotonovela que circulaba los domingos. Fue un éxito inmediato. La llamamos Bocas de Ceniza. Era la historia de amor de Juancho Polo y Cándida Guatapura, él donjuán, ella esposa resignada. Los protagonistas eran Luis Felipe, nuestro fotógrafo de judiciales, y Lilibeth, nuestra periodista de farándula. Yo era el libretista, el director y el fotógrafo, y a veces también algún extra en ciertas escenas, entonces Dumas, el conductor, tomaba las fotos que hicieran falta. La historia comenzó cuando Juancho Polo se ganó el premio mayor de la lotería pero no recordaba dónde puso el bendito billete. Después, en su búsqueda, lo secuestra el diablo y Cándida, que sale a preguntar por él, sufre un accidente de tránsito y pierde la memoria. El periódico se agotaba los domingos y los lectores, que coleccionaban los capítulos, llamaban a la redacción a proponer escenas y desarrollos de la historia. Por los fotogramas de Bocas de Ceniza desfilaron el rey vallenato Alfredo Gutiérrez, el músico Chelo de Castro y hasta el famosísimo actor Luis Mesa en el papel de Dios. Lilibeth, que antes iba al periódico en bus, comenzó a ir en taxi porque los pasajeros la reconocían y le pedían autógrafos.

El fenómeno de la fotonovela llegó a ser tan masivo que los lectores pidieron que Cándida Guatapura y Juancho Polo desfilaran en el acto central del Carnaval de Barranquilla, durante el desfile de la Batalla de Flores, al lado de los cantantes vallenatos, los jugadores del Junior y los actores de la televisión. Por supuesto ambos fueron primera página del periódico y una empresa de telefonía celular ofreció una pauta millonaria para la segunda temporada, que al fin no llegó a producirse porque Luis Felipe, hombre casado y padre de dos niños, se enamoró de Lilibeth y se hicieron novios clandestinos en la vida real. Los costos de la celebridad instantánea.

Hoy, los dueños de El Heraldo, intranquilos porque el periódico ADN casi los alcanza en número de lectores con apenas cinco días de circulación a la semana, aspiran a comenzar una fotonovela en su periódico serio. No hay por qué extrañarse. A fuerza de ver crecer los pequeños reptiles carroñeros que los terminaron superando en tamaño, los viejos dinosaurios vegetarianos ahora quieren comer carne. ¿Tendrán todavía una oportunidad? No tengo idea: yo ando feliz haciendo otras vainas.

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