Veo la foto de mi grado y no puedo dejar de recordar tantas cosas que se me vienen a la cabeza de manera atropellada. La primera, hay que decirlo de entrada, me veía raro de toga y birrete ese día. No porque no sea normal para ese tipo de ocasión, sino porque fue una herejía en el colegio: el Liceo Francés Louis Pasteur de Bogotá. Haber escogido esa costumbre protocolaria norteamericana para la graduación era no menos que una provocación para la cultura francesa. Estábamos apuntando a la yugular del honor galo. A una visión que durante 14 años nos había inculcado el orgullo y la grandeza de un pueblo que había erigido el humanismo moderno pero que, muy a su pesar, había pasado en el siglo XX a la sombra del nuevo imperio: Estados Unidos.

Mientras en nuestras conciencias revoloteaban Descartes, Voltaire, Sartre y Montesquieu, y en nuestros corazones palpitaban Baudelaire, Flaubert, Balzac y Proust, habíamos decidido ir vestidos al mejor estilo de High School Musical. Ese fue nuestro último acto de rebeldía. Como lo habíamos hecho tantas otras veces. Huelgas para protestar contra la ‘soberbia cultural‘ o la mentalidad colonialista de algunos profesores y directivas, liderados casi siempre por el gran Blas Jaramillo.

Hasta en el discurso de grado, que escribimos la noche anterior con Adriana y Felipe, recordamos, llenos de fervor nacionalista, que los cimientos del colegio estaban en suelo colombiano. Siempre queríamos reivindicar algo. La soberanía, la libertad, el ajiaco, el copete Alf, las chupalinas en los recreos, la fumadera en la esquina del colegio... Todo se discutía, todo se argumentaba, todo se peleaba, nada era evidente. Una dialéctica afilada e intensa (y cómo sirvió luego para lidiar al ala izquierdosa de la universidad). Éramos, al fin y al cabo, alumnos del Francés.

El día del grado, entre los aplausos, las rechiflas y la informalidad típica del colegio, quedaron muchas cosas atrapadas en la nostalgia. Los inolvidables partidos de básquet de la Uncoli, sobre todo las finales a muerte contra el colegio San Carlos (acariciamos la victoria… pero perdimos). Las disertaciones y ensayos de 10 páginas a mano donde se rajaba más de la mitad de la clase (cuando los alumnos se tiraban el año. Hoy parece que todos pasan). Las minitecas con bola y humo donde nunca faltaba el buen Wilfrido Vargas, muy simpático él, pero que no era sino el abrebocas para el plato fuerte que todos los hombres esperábamos: los slows de Air Supply y Chicago para caerles a las viejas cuando le bajaban a la luz. Las coladas a las fiestas, en patota, donde más de una vez nos sacaron a coñazo limpio. Los dictados sangrientos de Hubert, el profe de español, que se paraba en una esquina del tablero, hojeaba su librito humedeciendo su dedo índice con la punta de la lengua, y soltaba palabras que no aparecían ni en el Quijote. O la rivalidad con los dos cursos de arriba, cuya bohemia mochilera no soportaba nuestros destellos light de vanguardismo ochentero: botas Reebook, Converse tricolor, Triple saco, copete Alf, gel, tirantas… bueno, y viejitas. Era una guerra fría que se dirimía en la precaria cancha de micro del patio central y que también tuvo su crisis de misiles, pero con la diferencia que aquí se oprimió el botón nuclear: y todos al caño de la 87 a cuadrar cuentas pendientes. No sé si fueron los años maravillosos porque siempre tuvimos la angustia académica acechando nuestros sueños. Una espada de Damocles en la nuca que una vez la empuñaba Montaigne, otra Comte, otra Foucault, y que nos hacía despertar sudorosos en medio de la noche. Pero, sobre todo, porque mientras conocíamos la riqueza extraordinaria de la cultura francesa y nos formábamos un criterio como personas y jóvenes ciudadanos, Colombia se debatía a muerte entre la civilidad y la barbarie, entre la megalomanía demencial de Pablo Escobar y la integridad de un pueblo que no se resiste a entregar su dignidad. Fue, sin duda, un año inolvidable para mí: 1989.

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