Cuando Alejo Stivel tenía 8 años, el poeta Juan Gelman le escribió estos versos:

En donde vive Alejo

ni en el mar ni en el aire: en un espejo

cuando se abre la mañana

Alejo sale y

sonríen todas las ventanas

pero él vive en el fondo de un espejo

en el aire, en el mar

todos lo quieren y

lo vuelven a extrañar

pero él vive en el fondo de un espejo

no en el que nos miramos

sino aquel que nos mira como Alejo.

La poesía suele ser profética cuando está en manos de un buen poeta, y en este caso se dan esas circunstancias. Gelman, argentino al que la dictadura militar marcó con el horror de la pérdida de una hija y con la desaparición de una nieta que buscó con un afán que tuvo fruto, acertó con Alejo Stivel.

Alejo era un niño de cuyos padres Gelman era amigo íntimo. Como Julio Cortázar, que lo llevaba al cine. Los padres eran Paco Urondo, poeta y periodista, asesinado por los militares, que lo crio; David Stivel, el creador televisivo argentino que, durante su exilio, revolucionó la televisión en Colombia, fue el padre biológico, y la actriz Zulema Katz, su madre. Gelman le escribía versos. Era íntimo amigo. Con Cortázar iba al cine o aprendía matemáticas aquel Alejo al que todos querían; tenían conversaciones “de adultos, él me hablaba y yo le respondía, pero nunca me trató como se trata a un niño. Él creía que yo entendía todo lo que decía, y yo hacía como que entendía”.

La casa entonces era una feliz reunión de artistas y de periodistas que querían cambiar el mundo y que no podían imaginar que alguna vez se les iba a torcer el espejo. La dictadura militar lo hizo añicos. Stivel tenía 17 años; se quebró el poema de Gelman. O empezó a cobrar sentido.

El espejo también se le torció a Alejo. Cuando la dictadura de Videla mató a Paco, la madre, Alejo y los amigos recibieron la orden discreta de dispersarse por el mundo. A los 17 años, una noticia así te hunde, te pone en lo peor. Y lo peor es el exilio, después de la muerte. Para que la muerte que rondaba no los alcanzara también, Alejo y su madre emprendieron el exilio. Ya la vida se iba a hacer al otro lado del espejo.

A Paco lo mataron en Mendoza. Alejo no lo dirá, pero todo parece que conspiraba para que el poeta, que era díscolo, pero también díscolo entre los revolucionarios, fuera asesinado a placer por quienes lo buscaban con el ahínco del odio. “Un día llegué a casa, mi madre me sentó y me dijo: ‘Mataron a Paco’”.

Lo habían matado el 17 de junio de 1976. Lo había delatado un compañero. El ejército lo esperaba en la casa donde paraba, él trató de escapar del cerco, se produjo un tiroteo “y así fue como lo mataron”. Ya él estaba con otra compañera, y tenían una beba. Por si lo agarraban vivo, él ya se había tomado la pastilla de cianuro que los montoneros tenían como la última provisión.

Fue lo más grave que le pasó a Stivel en la vida, hasta que murió su madre, en Madrid, al otro lado del espejo, sin que ni él ni ella pudieran olvidar el horror que había precedido al exilio interminable que sigue anidando en su alma de poeta a veces triste, a veces loco.

Pero aquel momento, ese asesinato del poeta, marcó el ánimo de Stivel. Le pregunté cómo reaccionó. Alejo parece impasible; cuando lo interrogas sobre los asuntos graves, se queda pensando como si en ese instante entrara en un pozo de recuerdos, carraspea, se agarra una mano con la otra, se rasca el dorso y se prepara. Impasible pero triste; hay una parte de ese espejo roto que está triste, y siempre lo está. En silencio. La otra parte da la impresión de seguir de juerga.

Ahora habla desde el silencio. “Se me vino el mundo abajo; cuando lo supe, se me vino el mundo abajo. Era una posibilidad que siempre estaba ahí. Vino a casa a avisarme que se iba, sin decirme que se iba a Mendoza. Pero yo noté que no era una despedida habitual”. Mendoza era entonces una ratonera en la que Paco Urondo entró como quien se asoma al abismo y sabe que ahí se acaba el paso.

Uno sabe cuando el otro te dice que se va para morir, que lo matarán. “Estaba cayendo una muy heavy”. Los militares mataban. Y Urondo (y Alejo) sabían que podría pasar. Para el chico fue “un golpe durísimo”. Si lo miras decirlo, advertirás que ni la diversión ha servido para el olvido; aquel muchacho que en seguida inventó Tequila (con Ariel Rot, otro exiliado prematuro) siguió siendo el adolescente que se despidió de Urondo y luego lloró a Urondo. El muchacho del otro lado del espejo de Gelman.

Él sabía, él era una consecuencia de la educación política de la época, nada le podía sonar a nuevo. A los 12 años le pusieron en las manos El libro rojo de Mao y los libros de Marta Harnecker. “No quiero decir que nos adoctrinaran. Pero nos explicaban las cosas”. Cuando él tenía 6 años, Paco y Zulema fueron a Cuba. “Y al volver nos contaron toda la Revolución cubana como si fuera una película o un cuento para niños”. Con 7 años, recuerda Alejo, “me sabía toda la historia de Batista, Sierra Maestra, el Granma, el Che, Fidel…”. Era una cultura, que atañía a Argentina: “Sabíamos qué significaba el proceso económico al que sometían a los argentinos: el gobierno nos tenía que asustar para luego amordazarnos y poner en marcha el liberalismo económico a ultranza. Más o menos como hacen ahora en España, aunque aquí no hace falta que maten a nadie”.

Urondo era un tipo divertido, “muy vividor, al que le gustaban los placeres de la vida; tenía muchos amigos, escritores y periodistas, que venían siempre a casa”. Con él iba a la redacción, a ver cómo lo hacía; con la madre, Alejo iba al teatro, y con el padre biológico iba a los estudios de televisión, “en los que me pasé años”. Urondo lo llevó un día a cubrir un golpe de Estado. “Así eran las cosas. Me vio en casa y me dijo, al terminar de cenar: ‘Vente a cubrir el golpe’. Fue un golpe incruento, entre militares, de un militar contra otro militar. Vivíamos en San Telmo, el barrio colonial de Buenos Aires, a seis calles de la Casa Rosada. Y en aquel momento salía de la Casa Rosada Levingstone para que entrara Lanusse”.

Así eran las cosas, y Alejo las vivía como si fuera un periodista. La casa era la prolongación de la redacción de La Opinión, el periódico de Jacobo Timerman. Y ahí, recuerda ahora, se produjo en cierto modo “el germen de Tequila”. Rot y él eran amigos del hijo del Timerman, y la música les entró por ahí, escuchando noticias. A veces aparecían Gelman, Cortázar. “Cortázar me dedicó un disco, ‘Para Alejandro, con el cariño de tu amigo Julio’. Yo tenía 10 años y creo que él me consideraba su amigo”. No un niño: su amigo. “Es que yo tenía una relación bastante adulta con todos ellos, al margen de mis padres. Me llevaban a comer o a cenar, no me hablaban como se habla a un niño”.

Con Julio, dice concretamente, “era una conversación inusual. Él tenía una curiosidad tan grande que me interrogaba con avidez para que yo le contara cosas. Él no pretendía de mí una oreja para que yo le contara historias; quería saber qué pensaba yo, y le daba más importancia a lo que yo pudiera decirle que a lo que él pudiera contarme. Pero de eso me di cuenta cuando yo ya era mayor”.

Julio le dedicó ese disco, y el niño Alejo le dedicó uno de Leonardo Favio que ahora no solo tiene resonancias en su alma hecha de espejos rotos o rehechos, sino que es parte de su nueva producción en solitario, Decíamos ayer. Esa canción es Para saber cómo es la soledad, que Favio “había dedicado a un tipo que murió en un accidente de coche, amigo de Luis Alberto Spinetta”, otro héroe muerto de la música de la que viene Stivel. “Justo cuando la grabé para la versión argentina de mi disco, murió Spinetta. Dice: ‘Para saber cómo es la soledad tendrás que ver que un amigo no está’”.

Es como el sonido de su alma, en la que habitan desde tan antiguo tantas despedidas. A veces regresan las voces, y no es solo metáfora. “Yo tenía un montón de casetes. Un día me decidí a oírlos en el coche, para tirar aquellos que no me interesaran. Y ya sabes que antes los contestadores también eran casetes. De repente puse una cinta y estaba llena de mensajes de contestador. Había dos de Julio Cortázar. ‘¿Están por ahí, Zulema, Alejo? Estoy por Madrid. Bueno, vuelvo a llamar’. Vuelve a llamar y se escucha como dice, en inglés al principio, ‘¡Damn, no están, pues nada, sigo intentándolo!’”.

En esa misma cinta escuchó, sobrecogido, en una esquina de Madrid, la voz de su madre. Zulema murió a los 62 años, de cáncer. Habían vivido en esta casa en la que me habla Alejo de su vida, de la alegría y de las sombras que son huellas en su rostro de muchacho asustado ante el espejo. “Mi madre ocupaba mucho espacio, tenía mucha presencia, pero a la vez me daba muchísima libertad”. Una madre judía, intelectual y moderna. Su mensaje era “haz lo que quieras y aquí estoy si me necesitas”.

Esa libertad fue el aliento de Tequila. “Me la tomé en serio e hice muchas barbaridades. Pero siempre estaba y era la referencia. Por ella no descarrilé del todo”. Y estuve a punto; otros cayeron, fue el tiempo en que España se llenó de esquelas jóvenes. La droga, el alcohol. El exceso como la mano que abre la puerta del abismo. Ella vigilaba en silencio, de lejos y de cerca, “pero fue la mano que me salvó”. Mientras Alejo hacía Tequila, ella hacía Shakespeare, Valle, Miller, o enseñaba cómo hacerlo. Venir fue una casualidad, o venía o era la muerte. “Y ella decidió la vida en España. Instantáneamente. Dejé el colegio, mientras preparábamos los trámites nos fuimos a casa de unos amigos, vivimos allí escondidos y nos fuimos”.

Pensaba que se iba “y que no iba a volver nunca más”. Luego volvió y volvió y volvió. Una de esas veces, hace un año, lo vi de vuelta en Buenos Aires. Estábamos rodeados de gente, él se estaba haciendo otra vez a su país, regresaba para quedarse. Pero en la cara se le veían las dos partes del alma, el espejo partido que había visto Gelman, y para mí sería arriesgado afirmar que lo vi triste, pero sí se vislumbraba en su cara esa parte de oscuridad que siempre tiene uno cuando le falta el otro lado.

“Cuando me fui —me dijo más tarde, sentado otra vez en su casa de Madrid—, pensaba que me iba y que no iba a volver nunca más; si aquello hubiera durado lo que duró, aquí la dictadura de Franco todavía no habría vuelto. Recuerdo ir en el colectivo, uno de los últimos días, diciéndome: ‘Es la última vez en mi vida que paso por este sitio por el que he pasado millones de veces’. Iba sentado, solo y llorando”.

—¿Y tu madre?

—Estaba muy jodida. A mi edad yo estaba empezando, aún tenía un camino muy largo por delante; de hecho, llegamos a España y empecé la vida adulta desde cero, pero para ella fue peor porque tenía 46 años y llegaba a un país con unos códigos muy diferentes.

Jodida, pero salió adelante. Él también. La casa (esta casa, donde una enorme bufanda recuerda que él, barcelonista sin tacha, melancólico por tanto también en la pasión por el fútbol, que en Argentina es del Racing de Avellaneda, es sobre todo ANTIMADRIDISTA) fue un espejo de aquella casa de San Telmo; por aquí pasaban algunos de aquellos escritores, “y algunas noches vinieron a cantar Silvio Rodríguez y Pablo Milanés”. Por ejemplo. Pero Tequila nació volando desde Buenos Aires. O antes. “Yo quería hacer, nada más llegar, una banda de rock que arrasara. Mi madre lo sabía y le parecía genial. De hecho, cuando el primer disco estaba ya vendiendo mucho, organizó aquí una comida con los de la compañía discográfica, con amigos y con toda la banda. El de la compañía, haciéndose el interesante, le preguntó qué le parecía el éxito de su hijo. Y ella le contestó: ‘Bueno, lo he educado para eso’”.

En principio eran Ariel Rot y él; se habían conocido en Buenos Aires en un concierto de Paco Ibáñez; “yo había ido con mi madre y él había ido con su hermana Cecilia y con su madre”. Aquí se fraguó la vocación que entonces compartían. “Las fuerzas de la naturaleza se congeniaron de manera que lo que nosotros traíamos llegaba en el momento adecuado al lugar apropiado. La gente estaba dispuesta a comprar nuestra idea”.

La música de Tequila fue pronto un suceso mundial en nuestra lengua. “¡Mi madre no contemplaba otra posibilidad, ja ja ja!”. Eran “unos chavales insolentes” que a los dos años de estar en Madrid, “sin conocer a nadie, exiliado, huyendo, con un bajón total, actuábamos ya para 40.000 personas”. Alejo se sentía lleno ante el espejo. “Era muy divertido: tener esa edad y ser una rock star es el sueño del pibe, como dicen en Argentina”. El sueño del pibe. “Llegué a ir un tiempo al colegio en Madrid y lo abandoné inmediatamente porque no me interesó y sentía que estaba perdiendo el tiempo”. La madre le dejó hacer. Y al rato era una estrella adinerada que de vez en cuando se encontraba con los chicos que aún estudiaban. El sueño del pibe que está mirándose ufano en el espejo.

Fueron tiempos (algo más de una década; a los 30 Alejo dejó el alcohol y las drogas, aunque siguió la noche, y siguieron las muertes prematuras) de éxito y de zozobra; el abismo siempre afilando los dientes. “No soy de sobreanalizar las situaciones. Son muescas, experiencias. Me salvé gracias a mi madre y a Paco, a la crianza y al ejemplo que me dieron. Entiendo perfectamente que haya gente que no se pueda salvar si no tienen detrás algo tan sólido ética y afectivamente como lo que ellos me enseñaron”.

Así que el éxito desestabiliza, como las drogas y como la inminencia siempre presente de la muerte, “pero no vino de forma brusca, total o definitiva”. Él estaba preparado, sin saberlo: había una voz sorda, la de Paco, y un eco determinante, el de Zulema. ¿Y cuando acabó Tequila? “Todo se fue deteriorando. Por un lado, el deterioro natural de las relaciones tan frecuentes entre cinco personas que están juntas todo el rato”. Cansancio y tiempo, pero qué bien lo pasaron. Fueron seis años y hace casi 30 años. “Y aún canto canciones de Tequila y las celebran los abuelos, los padres y los hijos”. Dejarlo fue una sensación de orfandad; recuperarlo, 20 años después, por un tiempo, “fue una aventura pactada, con un tiempo pactado, pero inevitablemente teníamos fecha de caducidad”.

Para quedarse, quizá, hace un año Alejo Stivel se fue al otro lado del espejo, a Buenos Aires, con un disco, Decíamos ayer (que ahora también lleva a Colombia). Tiene patrias de ida y vuelta, y ahora está en la de vuelta, otra vez. Visitando sus dos almas. “En Buenos Aires el primer mes me encontré como de visita. Pero luego me acostumbré a pensar que me quedaba, que los alfajores no eran para unos días, me sentí otra vez de allí, completo. Pero soy de España y de Argentina, y disfruto mucho de Argentina”.

—¿Y tienes miedo de que Argentina no te dé ahora lo que tú quieres de ella?

—No, miedo no, incertidumbre. Trato, a veces infructuosamente, de no ponerme el listón muy alto, no ser demasiado ambicioso ni esperar demasiado. No sé si la palabra es miedo, pero me gustaría que la experiencia fuera fructífera y poder tener un lugar donde compartir mi vida con España.

Ahora lo invitan a las casas, lo reciben bien, es el hijo recriado en otro sitio; él vive allí “en el fondo de un espejo”. “Un amigo productor de televisión dice que soy el eslabón perdido del rock nacional, porque soy rock argentino, pero allí nadie me conoce. ¡A ver si puedo engarzar ese eslabón en la cadena y lo logro!”.

Hay otro eslabón, Colombia, que ahora visita. Stivel no es un famoso que cultive con ansiedad la mirada del periodista; ni su mirada es ya la del niño que vio Gelman en aquel lado del espejo ni su rostro refleja del todo al adulto que no dejó la adolescencia. En ese eslabón colombiano está el padre biológico, David Stivel, una personalidad de la televisión que dejó Buenos Aires por Bogotá, donde triunfó. “Un día volvió a casa, sin avisar, en 1983. Estábamos comiendo mi madre, Gelman y yo. Él tocó… Me impresionó mucho”.

Le habían ofrecido al padre un contrato en la televisión colombiana. Era un gran director de televisión y de teatro, “tenía el lenguaje del medio muy asimilado y creo que fue uno de los grandes directores de la televisión mundial. Quería mucho a Colombia. Era muy amigo de sus amigos, muy brillante, inteligente; no era un padre demasiado esmerado porque no estaba hecho para ser padre y él lo sabía. No era un oficio que dominara ni le interesara demasiado. Eso lo heredé, pero yo tuve la precaución de no tener descendencia”. El padre murió en 1992; “no me dejó ni una carta ni un documento, pero el legado está en mí: soy artista, soy productor, y esa mezcla de la parte artística con la empresarial es la que me hizo”.

Dos padres, la madre, dos patrias, un espejo: Alejo Stivel. “Soy un camaleón, soy capaz de adaptarme a situaciones y a entornos muy diferentes y puedo sentirme cómodo en ambientes completamente dispares”.

Se fue a los 17 años. Le dije de broma que ahora regresa como para cumplir 18. Había una solemne seriedad en su respuesta. “Sí, voy a ver cómo cumplo los 18”. Y entonces se puso muy serio como cuando tenía 8 años y le sacaron esa fotografía que ahora acompaña en su casa de Madrid ese poema de Gelman que lleva casi 40 años al sol: “En donde vive Alejo/ ni en el mar ni en el aire: en un espejo”.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.