Lo más heroico que he hecho en mi vida a excepción de capar colegio para ir a ver una película de Brigitte Bardot en el Teatro Imperio ha sido botarme en carros de balineras por el matagente, un circuito que circunvalaba un parque en Chapinero. La idea de lanzarme en parapente —comenzando por el prefijo— me puso los pelos de punta, “y menos ahora —me excusé con Daniel Samper— que llegaron los vientos de agosto. No quiero quedar enredado en una cuerda de alta tensión”. “Yo no sé —me respondió con malicia—, pero ya Eduardo Escobar estuvo en un rally…”. Los puntos suspensivos me hicieron dudar y acepté hacer montañismo, la alternativa. En realidad, pensé, caminar por las montañas lo he hecho siempre.

 

Cuando llegamos a las rocas de Suesca, donde todos mis hijos se fumaron el primer cacho, comencé a sospechar que la cosa no era de subir monte sino de escalar peñas; la duda se volvió certeza cuando me presentaron a Alberto, “su instructor, a la orden”. 

 

Dudando, dudando y andando sobre las traviesas del viejo ferrocarril de la Sabana —que aspiró en el siglo antepasado unir a Bogotá con el Magdalena por el camino del Carare— nos topamos con un soldado en traje de guerra y con todos los fierros. No es para tanto, me dije, la cosa no ha podido llegar a tal extremo. 

 

Cabizbajo seguí contando traviesas mientras a mi lado andaregueaban soldados y las rocas de Suesca aparecían en toda su fuerza y belleza. Me tranquilicé al pensar que lo importante era la foto, porque trepar, trepar no es mi especialidad. De golpe y porrazo mi instructor dijo, calmado: “Por aquí será”. Miré para arriba: cien metros de roca con quiches y lamas al viento. Llegaré al metro, me dije, mirando el cielo azul de la Sabana y algo desentendido. Ilusión de la que me sacó el instructor cuando me preguntó: “¿Ve esa virgen? Desde allá será el descenso”. Unos metros atrás, los soldados se prendían como lagartijas a la peña; subían unos, bajaban otros. 

 

“Yo pensé que era subiendo”, me disculpé para ganar tiempo. “Pues también se puede”, me respondió seco, mientras amarraba una cuerda a un poste de cerca y hacía nudos y nudos. “Lo primero —me dijo en tono ceremonial—, es no tener miedo; lo segundo, hacerme caso: esta es una práctica deportiva que no tiene riesgo si se hace como Dios manda”. Yo oía sin oír, muerto del susto. Me mostró el arnés, la cuerda, los mosquetones, me explicó los materiales de que estaban hechos. Nada me consolaba. Me explicó, con paciencia, la función vital de la cuerda, el juego que debía hacer con las manos: “La derecha dirige, la otra, suelta. Las piernas no me las vaya a cerrar y, por favor, no mire para atrás, míreme a mí, que estaré arriba”. Comenzamos a trepar la roca para llegar al sitio donde está la virgen —que, supuse, es la de la Asunción— y desde donde tenía que tirarme. Subimos, el instructor y el fotógrafo con lentitud y yo con torpeza. Una mano arriba, una pierna doblada, un pie en el aire. Abajo, el público se comenzaba a reunir intrigado por tanta escama: tres soldados, cinco escaladores profesionales, dos campesinos con baldes que iban a ordeñar, una solidaria y vieja amiga. Jadeante, con las manos peladas, las piernas de alfeñique, llegué por fin a la primera etapa, el lugar donde el instructor amarraba las cuerdas a un eslabón clavado en la roca, a espaldas de la Virgen Santísima, y desde donde el fotógrafo hacía sus primeros disparos. La vista sobre el valle formado por los meandros del río Bogotá me distrajo unos segundos, interrumpidos brutalmente por un “¡Listos!”, que no era una pregunta sino una orden. Me puse el arnés y me calé el casco que me hizo sentir ridículo a los ojos de un público que esperaba divertirse viéndome gritar colgado de una pita. El instructor me dijo muy cortés: “Colóqueseme de espaldas y no me mire para atrás”. Lo primero lo hice, lo segundo era imposible: dejar de mirar el abismo, el vacío, antesala natural de la muerte o la muerte misma. “Piernas abiertas y confianza”. 

 

No estaba yo para discursos cuando ya ni sabía dónde estaban las piernas. El fotógrafo disparaba, el público hacía un silencio de esos de circo cuando el trapecista va a dar el salto mortal. Justo en ese momento se me olvidó qué mano tenía que hacer qué. ¿La izquierda? ¿Dónde queda la izquierda? Con la derecha: ¿aprieto, guío, suelto? El casco se ladeó, las manos sudaban, la saliva se escondió, la sangre se heló. Tragedia a la vista, presentida, anunciada. 

 

Silencio en el público. El vacío en la espalda, todo el vacío que hay en el mundo se puso a mis espaldas. El corazón se salía por la boca, la respiración se fue y me dejó en manos de mis piernas que ya no eran, que no me obedecían, que no entendían qué era lo que yo quería hacer, entre otras porque yo no quería hacer nada. Solo borrarme me hubiera devuelto a la vida. Abrir los ojos para despertarme en mi cama. Muchas veces ese recurso me ha impedido totearme como una papaya contra el suelo, pero no tenía manos para restregarme los párpados. Si me soltaba de la pita, la gente abajo soltaba la carcajada. Di un paso hacia atrás y miré por última vez el abismo. ¿Treinta metros de caída serían suficientes para que el corazón se parara y cayera muerto? “No mire atrás, impúlsese, no se encoja, suelte la mano izquierda, bótese de espalda”. “No, nada”, desistí. Me trepé como pude, no sé si con las manos o con las rodillas, pero volví a los pies de la Virgen, único lugar reconocidamente confiable en aquel desamparo que me creó la vanidad. La vanidad, la misma que se sintió herida apenas recuperé el resuello, me hizo poner de pie, abrir las piernas, ponerme en el filo del abismo, no mirar para atrás y dar el salto al vacío. Un instante en que todo se borró: el tiempo, el valle, el instructor, la roca, la Virgen. Instintivamente —no quedaba nada más vivo— apreté las manos y quedé suspendido en el aire como un ahorcado. Presumo que el público ahogó un ¡ayyy! y se ahorró el ¡juepuutaaaa! 

 

Parpadeé: “Estoy vivo, estoy aquí”. Las manos volvieron a ser mías, las piernas ya no necesitaban estar abiertas porque yo colgaba. Yo repetí y me consolé: “Yo soy, aquí estoy”. ¡Qué reencuentro! ¡Y en qué situación tan comprometida: 25 metros de distancia al piso! Volví a abrir un poco la mano izquierda. 

 

¡Mucho! La derecha se quemó al frenar cinco metros más abajo y quedé, además, dando vueltas sin poder hacer pie en nada. No solo estaba el vacío, en el abismo, sino ahora, en la nada. De nuevo otra desprendidita, esta vez más prudente. Las manos encontraron la forma de complementarse y de controlar la caída. La cabeza volvió a su sitio, a pensar, y pensar ya era anticipar la tierra, que se fue acercando poco a poco hasta que el público aplaudió y yo me sentí un sobreviviente, un recién nacido, un extraterrestre recién aterrizado.

 

Victoria que duró dos minutos. El fotógrafo, muy profesional y muy educado, me dijo al oído: “¿Será usted capaz de repetir el acto para poder tomarle la foto desde abajo?”. “Hermano, ni que Danielito me invitara a desvestir a sus niñas para fotografiar vuelvo a sentir la muerte entre la boca. No, ni por darle un beso en el lunar a Tatiana de los Ríos. No, mejor dicho: ¡No!”. “Es que el salto no queda sino desde arriba, y usted, ¿no es que es de tan de abajo?”. 

Argumento felón que me obligó a volverme a trepar a la Virgen, volver a dar el pasito hacia atrás, repetir la muerte, mirarle la cara al vacío y descender ya como un bacán, sin lágrimas ni temblores, poco a poco hasta la madre tierra. 

Mientras el instructor recogía sus arreos, le pregunté: “¿Y usted por qué hace rapel; para qué, qué le gusta?”. 

Me responde con una incomprensible —o por lo menos incompartible— opinión: “Para sentir la adrenalina, ¡una droga exquisita!”. Los soldados —lanceros de Tolemaida, de esos que se arrojan a los ríos para ser mirados por el general, despeñarse desde los picos de las altas montañas buscando un guerrillero, volar por los aires detrás de un secuestrado— me responden al rompe mi pregunta: “Por honor, papá, por honor”. Confieso, no sin vergüenza, que fue la primera vez que coincido con un uniformado. Todo por Eduardito.

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