Saber cómo va el país económicamente es una tarea que nos cuesta. Seamos honestos: ¿quién, con certeza (aparte del confiable reporte diario del portero del edificio que sin ningún interés nos dice que la ‘situa’ está difícil), nos puede decir cómo vamos. ¿Estamos mejorando? ¿Empeorando? Niansesabe.
Y la verdad es que tampoco ayuda el Ministro de Hacienda cuando, por televisión, sale a explicarnos en lenguaje cotidiano cómo va Colombia, pues cuando lo vemos nos deja con dos interrogantes: ¿habremos entenido lo que dijo?, y ¿ese señor no se estará echando demasiado delineador?.
Por eso, es necesario encontrar un índice económico lo suficientemente confiable para entender la situación del país. Y ese índice se puede ver claramente en un centro comercial en decadencia. ¿Cuáles son esos centros y cómo podemos identificarlos? Lo primero que uno nota en un centro comercial en decadencia es que el parqueadero es gratis. Ahí la cosa ya comienza mal. Uno se imagina al gerente diciendo: “¿cómo vamos a cobrar, si como estamos no entra un alma?” Y entonces, aparece lo segundo. Antes de salir del oscuro parqueadero, uno no puede dejar de pasar al lado de un viejo Simca pinchado que, de tanto polvo acumulado por los años de abandono, tiene un “lávelo, marico”, que cuesta trabajo leer. Las pocas almas que uno ve en un centro comercial son almas que no quieren estar ahí. Es muy raro, pero nadie camina despacio, comiéndose un helado o mirando vitrinas. Todos caminan con afán y nadie nunca entra a un almacén a comprar.
Una vez entremezclado con los consumidores, uno nota que las escaleras eléctricas no sirven desde hace cuatro años y que ningún cajero automático recibe la tarjeta. ¿Un complot? Uno llega hasta a pensarlo, créanme.
En cuanto a los locales, creo que hay una organización que ‘homogeniza’ a todos los centros comerciales en decadencia, porque en ninguno puede faltar una peluquería con un aviso que diga “Corte dama: $5.000; Corte caballero: $3.000; y Combo: 10.000 (que consta de corte, cera bikini, manicure, pedicure y lectura del aura), y, claro, menos puede faltar un almacén viejo, con polvo y pasado de moda de cositas cute. Por ejemplo, tiene un escaparate de tarjetas de crédito con mensajes de amor de “Love u 4ever” y “Tú eres genialísimo”, y por allá en un rincón sucio hay un muñeco de los 80 que se llama Tumateo, que es extrañamente parecido a Timoteo.
Dictado por el reglamento oficial del centro comercial en decadencia, tiene que haber por lo menos un almacén con un aviso que termine en tres puntos suspensivos y las palabras “y algo más”. De estos hay un montón, porque es la excusa perfecta para vender lo que sea sin que la razón social del establecimiento lo impida. De esta
forma, ‘Botones… y algo más’ vende pistas de trenes eléctricos; o ‘Cositas de mi tierra… y algo más’ vende relojes suizos o, lo peor, ‘Trenes eléctricos… y algo más’ cuenta con una extensa gama de suéteres de lana virgen.

¿Estamos fritos?
Un síntoma claro de la decadencia de un centro comercial es cuando los restaurantes empiezan a adaptarse a la situación económica que les depara. Así, un restaurante que originalmente se llamaba ‘El hoyo 19’ —diseñado exclusivamente para señores bogotanos de club y en donde se preparaba el mejor Steak pimienta de la ciudad— hoy más bien parece una ‘olla de la 19’, donde por cuatro mil pesos sirven fruta, sopa, seco, sorbete de curuba y dulce de mora con arequipe. De sus épocas gloriosas sólo quedan los chalecos escoceses de los meseros y los cuadros de caricaturas de golfistas.
Eso sí, centro comercial en decadencia que se respete debe tener una taberna con fachada de casa suiza donde se venda sifón. Si en alguna parte del centro en cuestión venden empanadas —o cualquier otra cosa frita— el centro comercial está a punto de cerrar.
Las decoraciones son otro punto clave. Hay centros comerciales que están tan mal, que se ven en la obligación de reciclar todo el año las decoraciones navideñas. Por ejemplo, el muñeco gigante de Papá Noel a la entrada tiene que ser sometido a cambios de vestuario durante todo el año. En Navidad, se pone orgullosamente su vestido rojo y su frondosa barba blanca se ve intacta, pero ya el Día del Padre su barba se tiñe de café para lucir —no tan contento— un vestido de Luis M. Sarmiento que le queda dos tallas más pequeñas. También lleva una pipa pegada forzosamente a sus labios con silicona y sus pequeñas antiparras se cambian por una gafas cuadradas y grandes, donadas por el único local de anteojos que —¡se nota!— está a punto de cerrar porque en su vitrina sólo quedan dos juegos de gafas en exhibición. Y ese mismo Papá Noel se convierte en una abuelita–travesti el Día de la Madre y en un Cupido gordo y viejo con flechas el Día del Amor y la Amistad.
Hay un Wimpy.
Pero cuando un centro comercial ya está en las últimas es cuando se les ocurre que lo mejor que pueden hacer es lanzar un mercado de las pulgas que, en realidad, no lo es porque no tiene nada usado. Se trata de una excusa para sacar la mercancía de sus locales a mesas en los corredores. Es domingo y todos los comerciantes están cansados de la semana (no sé de qué, porque no han vendido ni un botón), y eso hace que lleguen a sus puestos en sudadera o pantaloneta y que de vez en cuando saquen la botellita de aguardiente y se echen un sorbo cuando nadie los está mirando. Esto es ya patético, porque a las cuatro de la tarde están ‘hinchos’ reunidos en la mesa de postres discutiendo entre trago de aguardiente pasado con breva de arequipe —o con casquitos de limón al almíbar— por qué les está yendo tan mal y diciendo, en tono de asombro, “¡francamente, no entendemos!”
Es increíble, pero estos centros comerciales parecieran el reflejo de una sociedad que se siente ya derrotada por la situación económica. En ningún baño hay papel higiénico, ni jabón, ni cosita redonda en los orinales. Todos los vigilantes están constantemente haciendo mala cara y ninguno sabe dónde queda nada, aparte de la salida principal. Si bien ya vimos cómo descubrir por medio de un centro comercial en qué nivel está la situación económica del país, sólo nos resta rogarle a Dios que no llegue el día en que al entrar a uno de estos lugares salga el gerente gritando —como el famoso capitán de aquel barco que se creía indestructible— “no corran que es peor”, porque ahí sí nos llevó el Santísimo y nos dejó caer.

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