Un domingo, hace un par de semanas, me llamó la mamá de un gran amigo con una noticia muy triste. Acababa de morir Alonso Sánchez. Después de escucharla, los segundos siguientes alcancé a pensar que finalmente había sucedido: morí, pero aún no lo sabía (quizá por cuenta de un infarto mientras dormía, o en un accidente de tránsito como mi sobrina, o quizá había recibido un disparo por cualquier razón baladí por las que matan en este país). 

La muerte siempre anda por ahí. Rondando, amenazando, asustando con su cara misteriosa. Todo el mundo lo sabe, pero todo el mundo se hace el tonto. Prefiere no pensar en eso; hacer como si nunca vendrá. Pero llega (y si entonces no te lleva, todo te lo cambia: nunca más volverás a ser el mismo). Si no hubiera sido por esta amiga —una especie de ángel encargada de notificar lo único cierto que tenemos desde que nacemos—, no me habría enterado de mi propio deceso. 

Es una sensación muy extraña eso de que te digan que has muerto. Es como un calambre en pleno mar abierto. Un cortocircuito. Como cuando, para anestesiar una muela, la aguja entra directo al nervio. Pocas veces se tiene la oportunidad de saber con antelación que la muerte está próxima. La mayoría de ocasiones, la guadaña arrastra sin avisar. Trabajas en tu escritorio y, ¡suaz!, la luz se te funde. O estás en la mitad de la mejor follada de tu vida y, ¡suácate!, el corazón se paraliza. Mi amigo Andrés, el mejor médico forense de este país, me ha contado varios casos de quienes mueren sentados en el inodoro: de tanto pujar les sobreviene un aneurisma (¡qué feo!, ¿eh?); o de cuerpos encontrados sin carne en las extremidades luego de que los perros se han dado un banquete con su amo (¡qué fuerte!, ¿eh?). ¿Me comerá mi perra, Humilda, si muero antes que ella?

Mi mente es una flecha para divagar. Más rápido se concentra un marihuanero que yo. Debo estar atento para no empelicularme dejando volar la imaginación con la primera palabra que escucho. Al par de segundos de contestar el celular y oír aquella noticia mortificante en la voz de la mamá de un amigo, volví a aterrizar. Lo primero que pensé fue que si yo estaba muerto, también Lucila (así se llama esta madre), a menos que ella pudiera comunicarse con el más allá. Como no creía en ninguna de ambas versiones, entendí que no hablaba de mí. Entonces lo supe: había muerto uno de mis yos, un homónimo que usurpaba mi nombre a tiempo completo del mismo modo como yo usurpo el suyo. ¿Algo mío se fue con él?  

Quizá solo en una ocasión me había planteado la posibilidad de tener un homónimo. Tampoco es que mi nombre sea tan inusual como para no haberlo pensado. Vamos, no me llamo Disneylandia Rodríguez, ni Usnavy Meléndez. Pero Alonso no es que sea un nombre muy común. Al menos no en este país, donde la mayoría de las veces Alonso es más un apellido. Me ha pasado en varias oportunidades que al decir que me llamo Alonso Sánchez me preguntan el nombre que antecede a esos dos apellidos. O, lo más común, que cuando alguien registra mi nombre incluye la f como lo más natural. “Alfonso no, Alonso”, corrijo con frecuencia en cualquier parte.

Curioso que nadie lo tenga en la cabeza, tratándose del nombre más famoso de la literatura castellana, el mismo con el que bautizaron a aquel hombre que nació “en un lugar de La Mancha”. ¿Qué habría sido del Quijote si no se hubiese llamado Alonso Quijano? No habría sonado distinguido, excelso, aristocrático si Cervantes le hubiese puesto —qué se yo— Daniel o Alejandro. ¡Claro que no! Cervantes pensó mucho tiempo el nombre del hombre que le daría fama universal. Incluso lo cambió un par de veces hasta que su genialidad acarició aquel que hace lucir a su héroe como el caballero hidalgo que al final retrató: Alonso. 

Pero no solo este español da fama a mi nombre. De hecho, la historia recoge a un tal Alonso Sánchez. Lo sabía desde tiempo atrás, de cierto día que —acariciando la sabiduría del señor Google— escribí mi nombre sin mi segundo apellido. Apareció entonces en la pantalla un fulano que, al parecer, nunca existió: Alonso Sánchez de Huelva. Supe entonces que, como si se tratara de un personaje de alguna novela de Pérez Reverte, este nombre se le asigna a un supuesto marinero y comerciante que descubrió América antes de que lo hiciera don Cristóbal en 1492. 

Por eso mi nombre aparece en Comentarios reales, aquel libro escrito por Inca Garcilaso de la Vega. Según este cronista, Alonso Sánchez viajaba con frecuencia a Inglaterra, Islas Canarias y Madeira, pero un día una fuerte tormenta lo arrastró hasta las playas dominicanas, donde los indígenas locales lo atendieron con comida, oro y mujeres (¡qué indígenas más regalados!, ¿eh?), hasta que un par de meses después llegó a colonizar la isla un señor apellidado Colón.

Pero, a pesar de que este Alonso Sánchez tiene estatua propia en Huelva y hasta un colegio con su nombre, investigaciones posteriores han dicho que el hombre no fue más que una ficción —quizá de políticos de la oposición— en el empeño de menoscabar el prestigio de ese prohombre bautizado con el nombre de Cristóbal Colón. Lo cierto es que, al día de hoy, no ha podido confirmarse la existencia de un alma atormentada que fuera regalada con comida, oro y mujeres en una playa vecina de Punta Cana, con un nombre tan glorioso como Alonso Sánchez. 

“Alonso Sánchez le puede arreglar esa vaina en un dos por tres”, me dijo la empleada de una tienda de artículos de neón —varios años atrás—, cuando le llevé parte de una instalación hecha por mi gran amigo el artista Jaime Ávila, que rompí en mi última mudanza por falta de precaución. 

Llevaba un par de meses sin poder encenderlo hasta que un día mi amigo Sergio Álvarez, el hijo de Lucila, me recomendó esta tienda en el barrio Santa Fe —¡sí: en el Santa Fe no solo hay putas!— justo frente a la muralla del Cementerio Central. Con cierta rapidez lograron restaurar la letra rota y embutirle el gas del mismo color rojo neón del día que la obra llegó a mi casa. Pero al tratar de encenderlo, nada. Como dicen los más jóvenes, no cancionó. La dependienta revisó el transformador en un anuncio de cerveza Corona, confirmando que estaba en buen estado. Ergo, el problema era el switch por lo que necesitábamos los servicios de un electricista. 

Fue cuando la mujer me aseguró, con la mejor de sus sonrisas: “Alonso Sánchez le puede arreglar esa vaina en un dos por tres”. Por supuesto, quedé en babia tras oír la frase. El Alonso Sánchez que conozco no solo no es electricista sino además que si a algo le tiene pánico ese cobarde de Alonso Sánchez, es a la electricidad. Con decir que hasta para enchufar un cable a la pared grita ayuda. 

La miré con asombro: ¿cómo alguien a quien todavía no había dicho mi nombre me llamaba por mi nombre aseverando —mar de colmos— que era bueno con la electricidad? Callé con cierto temor mientras la escuché hablar por teléfono.

Colgó treinta segundos después. “Ya viene Alonso Sánchez”, me anunció con seriedad. ¿Cómo así que ya viene Alonso Sánchez? Entonces ¿quién era yo?, me pregunté recordando que “si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, tal cual lo escribió Rimbaud en aquella Carta del vidente donde también afirmó: “Yo es otro” (ya lo dije: denme una palabra y me iré detrás de ella). 

Al par de segundos apareció por la tienda de neón un señor bastante mayor, bajito, de cuerpo desguarruntado y una sonrisa de oreja a oreja que dejaba traslucir el único diente en la encía inferior que quedaba en su boca. “¿Para qué es bueno Alonso Sánchez?”, preguntó a la empleada. Yo iba a decir que más o menos para nada, que intentaba ganarme la vida escribiendo, pero que como escritor nadie se gana la vida a menos que sea García Márquez o Vargas Llosa, cuando la señora le mostró a este hombre mi anuncio de neón luego de la frase “Parece que este switch está dañado”. En ese momento advertí que ese otro que estaba allí, frente a mí, era mi otro yo, el alter ego que nunca había imaginado. ¿Así que ese era Alonso Sánchez? Tantas veces había escuchado aquel nombre que de repente me emocioné al conocer al dueño de semejante nombre. 

No fue más que estrechar su mano para terminar, al par de minutos, cual parceros de toda la vida, compartiendo cervezas en el bar de la esquina La Última Lágrima. No, no lloramos por el encuentro. Así se llama el bar: La Última Lágrima. Entonces, entre Póker y Póker, supe lo que yo habría sido si, en lugar de en este cuerpo, hubiera encauchado en aquel.

Alonso Sánchez no nació en Valledupar, como el que conozco, sino en Medellín —vea, pues, hombre—, más exactamente en Manrique, el corazón del tango, “justo frente donde más tarde pusieron la estatua de Gardel”, afirmó con ese arrastrao pegajoso: como paisa que se respete, hablaba tan paisa como los otros paisas a pesar de no haber vuelto a su tierra luego de 28 años.  Cuando lo visité en su taller, pocos días después, escuchaba música de Julio Jaramillo. Ese día —23 de noviembre de 2010— me contó que era acuario (del 17 de febrero del 62); que pesaba 48 kilos y no alcanzaba el metro cincuenta de estatura; se ganaba la vida haciendo impresión digital, señalización, pancartas y toda suerte de avisos de publicidad en panaflex; que sumaba tantos hermanos como todos los nacidos en Antioquia: once, a diferencia de mí que tan solo tengo tres; que vivía con una mujer y con la hija de ambos, pero no recordaba ni desde cuándo ni de cuántos años era la niña. Y que no leía. Que nunca leía; que le daba pereza la sola idea de tener un libro entre sus manos. 

Lo de que solo era unos pocos años mayor que yo llamó mi atención. La vez que lo vi en la tienda de neón pensé que debía contar con la misma edad de mi papá. Si acaso un poquito menor. No era cuestión de arrugas en el cuerpo sino un asunto de supervivencia. Era la vejez que se le advertía: hay algunos a quienes la vida —o el rebusque, que es más preciso— los trata aún peor.

No obstante, me pregunté: ¿Así de cansado —de gastado— me veía yo? ¿Así de arrugado y de poquita cosa? ¿Así de feo y de desguarruntado? No, no lo subestimaba a él: me sobrestimaba yo. “Dior mío”, cubrí mi rostro con mis manos como en aquel cuadro de Munch. Suena a broma pero tiene su veneno: enfrentarme a quien hubiera podido ser, se me convirtió en bofetada. De un momento a otro entendí que no era más que un amasijo de miedos e inseguridades que sobrevaloraba lo que no merecía sobrevalorarse. 

Y entonces me dejé llevar en modo reflexión. ¿Por qué la llamada que me informaba sobre la muerte de una persona que me era ajena revolcaba mi presente? Quizá porque a veces nuestras vidas están a la espera del estopín que las transforme: unas copas de más, una película, la nostalgia de una nota musical o el recuerdo de lo que alguna vez quiso ese niño que se perdió en el camino bastan para remover los cables de la marioneta atada al destino. 

¿Quién hubiera sido yo si no hubiera sido yo? Quizá no mi alter ego sino mi contra ego: un electricista. A aquello que más me asusta se dedicaba mi otro yo. ¿Era un mensaje cifrado de que nada merece temor? Si el diablo es puerco, ¡Dior obra de maneras misteriosas! 

Porque uno es uno, pero es muchos más que uno. No hablo de esos otros que también nos habitan y que salen de correrías cuando se ingiere LSD, mandrágora o belladona; ni de ese doctor Jekyll que niega ante los demás a ese monstruo que mora en nuestro interior. Me refiero a que soy este cuerpo y esta mente que soy hoy; a que soy él y soy ella; niño y adulto; a que soy solo y soy una multitud. “Como éramos solo uno, hablando! Nosotros/ Éramos un diálogo en un alma”. Como Pessoa y sus heterónimos, soy un mar de contradicciones.

Y ahora ha muerto este hombre que se hacía llamar como yo. Hay una tumba en algún lugar que lleva mi nombre. Para mí la vida sigue, pero encuentro menos razones para temerle: de repente valoro lo que soy, no lo que fui ni lo que pude ser. Es lo que llaman libertad: sentirse cómodo en la piel que habitas. Sin ataduras, sin prejuicios, sin complejos, sin pasado. ¿Qué necesidad hay de encajar en el mundo cuando somos tantos en uno solo, o cuando estás tan solo que eres tú solo? Nada es urgente, ya no me preocupa lo que no debe preocuparme. Antes iba al gimnasio y me sentía inseguro porque mis abdominales no eran —aún— más marcados. Ahora soy gordo y los años —el rebusque, la supervivencia— comienzan a hacer mella en mi rostro, en mi cabello cada vez más encanecido. 

¿Y?
Nada. 
Solo que, mientras ese otro yo ya se resbaló, a mí la vida me resbala.   

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