Le pregunté: ¿qué día es hoy?

Dijo: sábado, papito…

Después hubo una pausa. Y un silencio.

Mi compañero, con una ternura extraña, de esas que se presentan en las guerras, ante la inminencia de la muerte, en los momentos en los que los hombres se comportan como son —porque no hay nada que ocultar, ni nada que disimular, ni mucho que perder— le insistió, al tiempo que le acariciaba la cara:

¿De qué año?

Mil novecientos… Mil novecientos… No me acuerdo… Tengo un dolor el hijueputa en los tobillos… no me joda, no me pregunte güevonadas…

Mi compañero —mientras trataba de ver con la flaca luz amarilla que caía de arriba, si el ñerito tenía las pupilas dilatadas— le insistió:

¿Quién es el Presidente de Colombia?

No me acuerdo bien. Pero es uno gafufito…

Chino, ¿usted se pegó en la cabeza?

Yo no me acuerdo, pero creo que sí…

Pensé que si un ñerito como este, medio emparrandado, preocupado por levantarse una comida al día y recién accidentado, no se acuerda del nombre del Presidente del país en el que vive, no quiere decir necesariamente que tenga un trauma cráneo-encefálico. Eso me tranquilizó un poco.

El ñerito decía que le dolía justo debajo del ombligo, "adentro, en las tripas", y que no podía mover las piernas. En menos de un minuto estaba con la cabeza inmovilizada, asegurado con cuatro correas sobre una tabla de madera y listo para subir a la ambulancia. La dejé como me lo enseñaron: parqueada con todas las luces prendidas; detrás del lugar del accidente para protegernos; con el motor en marcha porque "qué tal que se quede sin batería y uno con el pacientico atrás…". Tal como me lo habían advertido, había policías en la escena y algunos "sapos" que, en un momento dado, pueden ayudar a cargar, empujar o alcanzar algo. Hay que tenerlos ocupados o chequeados, pues de repente les puede dar por saquear la ambulancia en medio del pandemonium. Ha pasado.

Quince minutos antes, mi paciente venía por una calle oscura, cerca de El Tunal, empujando su carro de reciclaje, silbando una ranchera en medio de un pesado sopor de aguardiente y bazuco. En la mitad de la avenida, al final de un degradé de luces de postes, en el rincón más oscuro, recibió por detrás un golpe terrible. Otro borracho, manejando una moto, no lo vio, se le vino encima y lo pasó de lado de la calle de un totazo seco. Al lugar llegó otro reciclador, amigo de la víctima, quien por un momento estuvo contestando preguntas de su amigo en desgracia. Yo los oí…Le confirmó que tenía sangre en la ropa, la cara raspada y una pierna torcida. Y cuando la víctima le preguntó por el de la moto, con el propósito de "darle moral", su amigo le dijo: Tranquilo. Está vuelto mierda, peor que usted.

Ah, bueno…

Entendí la bizarra lógica de los dos amigos y continué con mi labor de subir al paciente a la ambulancia. A la cuenta de tres alzamos la tabla sobre la camilla. A la cuenta de tres lo metimos en la ambulancia. Mi compañero le preguntó si lo autorizaba para romperle la ropa y seguir con el examen. El ñerito respondió con un gesto de afirmación, eso sí, después de pensarlo algunos segundos. Quedaron al descubierto sus piernas blancas y flacas —con un tatuaje de un ave espantosa que pretendía ser un cóndor— peladas por los golpes, con una rodilla torcida, con los tobillos hinchados. Con las manos heladas me agarró con fuerza y me dijo con un tufo de humo, cal y gasolina: Papá lindo, si no quedo paralítico le juro que dejo el bazuco. La verdad, no le creí del todo, pero me conmoví profundamente y comprendí, en parte, lo que significa manejar una ambulancia en Bogotá.

*****

La historia empezó unos días atrás, cuando me senté por primera vez al volante de una ambulancia. Llevé mi propia chaqueta, pero como si estuviera a punto de cometer una profanación, los tripulantes me la hicieron cambiar por la negra con rayas fluorescentes y los distintivos de los paramédicos. En esencia, una ambulancia es un carro común y corriente. Barra al piso, cinco cambios adelante, direccionales, freno de pie y de mano, luces medias y plenas. Primera diferencia: por el retrovisor del centro no se ven carros pasando ni lucecitas que brillan. Se ve un hueco y, en el fondo de ese hueco, una camilla en la que, por lo general, hay un enfermo que necesita llegar rápido a un hospital para no perder la vida. Segunda diferencia: hay una pequeña parrilla de luces, cuatro o cinco, que encienden y apagan decenas de alógenos dentro y fuera del carro; las luces laterales; exploradoras enfocadas adelante y atrás, y las luces de colores que se ven en este tipo de carros. Tercera diferencia: el sonido. Un pequeño tablero tiene los tres sonidos básicos de la sirena, con intensidades distintas, la chicharra y el megáfono, que se usa para darles instrucciones a los vehículos y peatones en medio de la emergencia.

Ensayamos con el carro detenido, y allí todo pareció relativamente fácil. Cedí mi lugar y empezamos el proceso de instrucción. Eran las siete y media de la noche y en medio de un tráfico infernal, de los energúmenos que manejan en Bogotá, de los "vivos" que se pegan a la ambulancia para avanzar en el trancón (una de las colombianadas más detestables) y de algunos choferes solidarios, llegamos en pocos minutos desde las Américas con 68 hasta Soacha. La experiencia es alucinante. ¿Qué recuerdo? Vértigo. Mucho vértigo. Que las calles parecían más angostas de lo normal. Recuerdo caras en las ventanas de los buses que dejábamos atrás. Frío en las manos. Y dolor en la espalda. Dientes apretados y la respiración agitada. Y mi compañero me decía: no mire al de la moto porque le pega. Pase derecho que él se quita. Y los códigos de autoconservación volaron en mil pedazos. Escucho otra recomendación: respire profundo. La única manera de controlar el miedo es la respiración. Donde se frena, hay que acelerar. Donde uno mira, no se debe mirar. Respiro profundo otra vez. Y la deliciosa fantasía de romper lo convencional empieza a perfilarse vergonzosamente en mi mente. Como el 007 que maneja como le da la gana, y hasta mata con permiso. Y el miedo se transforma en poder, y dejar atrás la luz roja del semáforo deja un dulce sabor de arrogancia que me gusta.

*****

Las ambulancias de Bogotá se alistan todas las noches para una verdadera cacería. Sus conductores no solo tienen grabado en la mente un increíble mapa de la ciudad que incluye calles y carreras, avenidas, transversales, diagonales, atajos, huecos en el pavimento, "policías acostados" sin pintar y obras de reparación. También saben con certeza en dónde la ciudad entrega heridos y muertos. Y se ubican estratégicamente, dependiendo de la hora y del día. Son las once y media de la noche. Estoy parqueado con mi ambulancia en una esquina contigua a la conocida Calle Picha, cerca de la Primero de Mayo, un lugar que describen como la zona rosa del sur.

Tengo la ventana abierta y no tengo ninguna prevención porque me consta que hay un sólido convenio tácito que incluye gente honesta común y corriente, ladrones, jíbaros, putas, maricas y pandilleros en el sentido de que a la ambulancia no se le hace nada. Esto es como un pequeña isla de paz estacionada en medio de la guerra. Si cierro los ojos, escucho una mezcla estruendosa de reggaetón, salsa, rock y ranchera. Y los bajos de la música suben desde el piso y sacuden mis entrañas. Pum, pum, pum. Huele a chorizo con arepa; hay aromas de marihuana y de bazuco, y humo de exhosto. Veo a dos tipos mirando hacia el semáforo, señalando a dos prospectos que ni pintados para un atraco. Dos pandilleros en moto patean las puertas de un taxi que se les atravesó y los metaleros se pasean desafiantes. De repente, mi compañero golpea las latas de la puerta y me dice que hay un SOAT en El Tunal. Enciendo mi ambulancia, prendo las luces, la sirena y aviso por el megáfono: ambulancia por carril derecho. Girar con precaución. Vehículo en emergencia. Vehículo en emergencia. Me van diciendo qué avenida debo tomar. Y me muestran las luces de otra ambulancia a dos cuadras y me explican, con toda claridad, que mi tarea no es solo llegar al lugar del accidente, sino llegar primero que la otra ambulancia, porque a todos ellos les pagan por servicio prestado y si llegan tarde no hay paga.

Ahora voy por un herido. La sirena me sube las pulsaciones y empiezo a sudar, a pesar del viento de la medianoche que entra por la ventana. En la avenida ancha voy a más de 110 kilómetros por hora pero no puedo alcanzar a la otra ambulancia. Acelere. No pare en el cruce. Ojo en el semáforo rojo, pilas, pilas… hágale, hágale. De repente, muy cerca del lugar indicado, los de la otra ambulancia (más grande y nueva que la nuestra) toman un cruce equivocado y nosotros seguimos de largo en el sentido correcto. Al final llegamos al mismo tiempo. Hay dos heridos y dos ambulancias. No se perdió el viaje. Bajamos corriendo, busco un bulto en la oscuridad. Veo a un hombre moviéndose con dificultad debajo de una cobija y rodeado de cartones, tarros y papeles. Siento un profundo respeto por la escena, me pasa un escalofrío, pero sé que debo intervenir. Me acerqué y le pregunté: ¿qué día es hoy?

Dijo: sábado, papito…

Ahora el concepto de velocidad cambia. Con un herido en la ambulancia no necesariamente la relación entre más distancia en menos tiempo es el factor que puede marcar la diferencia: la opción entre la vida y la muerte. Me dicen que vamos a la clínica de Occidente. Aquí hay que mantener una velocidad constante, evitar a toda consta giros bruscos, huecos, altibajos. Por el retrovisor veo a mi compañero examinando al ñerito y tomando nota de la información que van a necesitar los médicos en unos tres minutos. Trato de concentrarme al máximo. No puedo cometer errores. Cuando veo la clínica y el cruce de las entradas de emergencia me siento mejor. Frené en el sitio justo. Bajamos al paciente y lo llevamos a la sala de urgencias. Los médicos lo reciben mientras escuchan el parte del paramédico. El ñerito no tiene papeles, ni carta de indigencia. Le aplican un sedante para los dolores y los médicos me hacen un gesto que me tranquiliza. Creo que no se va a morir ni va a quedar paralítico. Ojalá, como me lo prometió, deje el bazuco. Cuando salí, vi cómo le ponían unos guantes de cirugía en los pies para evitar que la pecueca hiciera insoportable el trabajo en la sala de urgencias. Lo tratan con paciencia y con ternura. Cuando cerramos la puerta de vaivén de emergencias le pregunto a mi compañero si mañana averiguamos cómo amaneció. Él me dijo tajantemente: "Mejor no saber. Más bien vaya a jugar con su hija. Yo sé por qué se lo digo". Le creo todo lo que me dice.

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