Diciembre de 2005, tengo 26 años, una carrera universitaria de Economía en la Tadeo Lozano por terminar, y una novia a la cual comprarle un regalo de Navidad. Esta es la mayor de mis preocupaciones mientras voy rumbo a casa en moto, acompañando a un amigo. De pronto, una sacudida bestial desde atrás, un taxi se pasa el rojo. Volamos de una avenida a la otra y aterrizo más muerto que vivo. Se me ha pulverizado el fémur y me he llevado tal golpe que quedo inconsciente.

Es una de esas historias que uno normalmente quiere olvidar, pero no puede. En mi caso, es una historia que quisiera recordar, pero tampoco puedo. Todo me lo han contado, y es así como supe que peor que el accidente fue la recuperación: golpeaba con furia a los doctores y a mi familia, a quienes tardé meses en recordar.

Solo con la ayuda de videos y fotografías de mi graduación, del colegio, del trabajo, logré reubicarme. En el caso de mis tíos y primos fue un proceso todavía más largo, recién a los ocho meses del accidente empecé a recordarlos. Todavía hoy no recuerdo a algunos miembros de mi familia, las esposas de mis primos me dan un problema tremendo.

No falta quien se ofenda por no ser recordado. A menudo, dependiendo de la situación, miento. Un poco para no sentirme peor yo, un poco para evitarles a ellos el mal rato. Solo dentro de mi familia soy siempre honesto, son ellos los que se toman el trabajo de evocar recuerdos en conjunto y ayudarme así a revivirlos.

La recuperación ha sido durísima, y ha ido de la mano con episodios de enojo y descontento total. El primer año fue el peor, porque ni siquiera podía dormir con facilidad. Esto significaba avances esporádicos y lentos durante los primeros meses de terapia y, por supuesto, muy mal humor. Tengo terapias una vez a la semana. Se llama Terapia ocupacional y educación especial: la ocupacional consiste en volver a retener información (se trabaja la memoria y la concentración por medio de ejercicios didácticos), y la educación especial sirve para que, de acuerdo con un análisis profundo, los terapeutas tracen mi perfil profesional, para que me pueda volver a ubicar en la carrera más afín a mis intereses y habilidades. Hoy día mi mayor satisfacción es poder dormir gracias a la medicación de trazadole. Mi carácter también lo controlo con lasertralina que tomo por las mañanas.

La toma de medicamentos, los controles médicos y los de terapia los recuerdo ayudándome con una agenda personal y un gran calendario que tengo en mi cuarto. Yo voy a controles de psicología, psiquiatría y neurología, de donde recientemente me enviaron a educación especial, que en combinación con la terapia ocupacional, me está ayudando no solo a recuperar habilidades sino a buscar mis fortalezas.

He tenido que reconstruir todo, me tocó volver a ser niño, leer cuentos, jugar cartas, armar rompecabezas, aprender ajedrez. Sonará bobo, pero la más elemental de las matemáticas me era agobiante. Todavía hoy no puedo salir a la calle por un café y pagar con 10.000 pesos sin que se me hagan un mundo los cálculos del cambio.

Si leo un libro, lo olvido en dos semanas. Es brutal, a veces me encierro solo en el cuarto a llorar. Otras, escucho llorar a mi padre. Lo peor es por las noches. Despierto gritando, como si estuviera en otro sitio, en ocasiones amanezco desnudo, o con otra ropa puesta.

Mi novia me dejó a los seis meses del accidente. Desde entonces no he tenido otra. Hoy mi mayor preocupación es volver a la universidad, no puedo ni quiero seguir más así, tengo que seguir mi carrera.

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