Cuando salió al aire Las muñecas de la mafia sentí la verdad del mito de Amparo Grisales. Los tipos me felicitaban y hasta suspiraban como adolescentes mientras palmeaban mi espalda diciendo: “¡Quién estuviera en tu lugar!”. “¡Huy, hermano, cuente!, ¿sí está tan buena Amparito como se ve en la tele?”.

 Había oído decir que era majadera, terca y peleona; que había tenido con alguno de sus contrapartes masculinos relaciones nefastas; entonces los días previos a las grabaciones, y todavía sin conocerla personalmente, parte de mi preparación fue de tipo psicológico. Pero, ¡oh!, sorpresa, el primer día se presentó de una manera alegre y muy cariñosa.?De ahí en adelante, el trabajo con Amparo fluyó sin obstáculos, siempre estuvo dispuesta a improvisar y a jugar en escena.

Ella dice lo que piensa a cualquiera, sin miramiento alguno. No es oportunista ni arribista, es temperamental. Y así llegó la primera escena de cama. No la ensayamos, solo repasamos los textos y nos pusimos de acuerdo en que había que recrear el deseo acumulado por años de Lucrecia y Nicanor, y toda la pasión del reencuentro. Acordamos que buscaríamos a esos adolescentes que habían sido algún día; con el mismo brillo en los ojos, las mismas caricias y el correspondiente temblor de piernas. ?Los que no eran indispensables salieron del set.

Amparo llegó, se quitó la ropa y se metió debajo de las sábanas, luego lo hice yo. Nos dimos un abrazo e improvisamos con el director presente antes de grabarla. La atmósfera era tan especial y armoniosa que, para mi desgracia, la resolvimos en solo dos tomas; pero quedaron grabadas en mi cuerpo, por varias horas, las sensaciones de feminidad y fragilidad; la suavidad de su piel y el olor a flores perfumadas y a dátiles que sale de su cuerpo.?Más que una escena de sexo, resultó ser una escena de amor. Ella fue la mejor de las mujeres y la más apasionada de las amantes. La más simpática, la más amorosa, la más juguetona y coqueta, y la más cómplice.?

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