El hecho sucedió el 15 de diciembre de 2000, cuando me encontraba trabajando como oficial del Ejército Nacional en una base militar en Arauca, y la guerrilla instaló varios cilindros bomba en nuestro batallón. Afortunadamente, los únicos afectados fuimos otro coronel y yo. Me acuerdo del ruido de la explosión y de que, cuando abrí los ojos, me dolía todo el cuerpo. En cuestión de segundos perdí parte de la pierna izquierda, se me incrustaron 52 esquirlas y quedé con varios órganos perforados. Es paradójico pero, después de más de 20 años como especialista en desactivar bombas, me acababan de estallar ocho alrededor.

Pero lo que quiero contar aquí, más allá de lo ocurrido ese fatídico diciembre, es lo que ha sido para mí vivir todos estos años sin una pierna. Es increíble, pero después de seis meses de estar en cama a uno se le olvida caminar. El día que me llevaron a terapia para que me parara por primera vez, no duré más de diez segundos de pie: me desmayé.

En ese momento estaban las alumnas de Fisioterapia de la Universidad del Rosario haciendo sus prácticas y, cuando las vi, me pareció que eran demasiado jóvenes. Uno está irritable (verse frente al espejo sin media pierna es para volverse loco) y quiere que lo atiendan los mejores, por eso le dije a la niña que me asignaron que llamara a la profesora. Se puso furiosa, me dijo que llevaba cinco años estudiando para eso y que antes de ponerme así me dejara ayudar. El caso es que, gracias a esa mujer —que hoy es mi esposa—, volví a caminar. Y no solo eso, es por ella que he corrido más de diez maratones por todo el mundo, he escalado montañas como el Aconcagua y tengo dos hermosos hijos.

Pero no ha sido un proceso fácil. Cuando me pusieron la primera prótesis me daba pena mostrarla. No me ponía bermudas ni nada que diera indicios de que algo faltaba ahí debajo. Pero la pena pasó, más aún cuando empecé a andar en el Porsche de las prótesis, que es la marca alemana Otto Bock. Ellos se enteraron de que yo iba a correr la maratón de Nueva York en 2003 y me contactaron para patrocinarme. Desde entonces ando montado en una pierna que puede estar costando alrededor de 100 millones de pesos, una joya.

En realidad no es solo una. Tengo siete repuestos, cada uno con diferentes especificaciones y para diferentes terrenos: si voy a correr uso una, para la ciudad tengo otra, para subir la montaña otra, y así. Dependiendo del uso que les dé me duran entre dos y tres años. Luego las devuelvo y ellos analizan el desgaste para mejorar la tecnología.

Lo más incómodo de tener una pierna artificial son los aeropuertos y la entrada a los bancos y demás lugares donde hay detectores de metales. Pierdo mucho tiempo dando explicaciones. Pero lo mejor son las requisas físicas, porque cuando llegan a las piernas siempre me preguntan “¿qué lleva ahí, señor?”, y no saben qué cara poner cuando les digo que nada, que es mi pierna.

También es incómodo si quiero pararme de noche por un vaso de agua o a consolar a mis hijos cuando tienen pesadillas, pues me demoro unos minutos “armándome”, como dice mi hijo de 4 años, que llega por las mañanas a levantarme y siempre dice: “Papi, ármate y vamos a jugar”.

Otra cosa decepcionante es cuando se me olvida que no tengo pierna. Me pasa, por ejemplo, que después de una buena siesta me despierto medio atontado y cuando me voy a parar ¡pum!, al piso. La rasquiña es otro tema, así como el dolor, y es que a mí me amputaron una pierna pero no el cerebro, al que le cuesta creer que ahí ya no hay nada y todavía manda señales equivocadas.

Pero la verdad es que, más allá de las dificultades y aunque suene irónico, haber perdido esa pierna es lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias a eso formé un hogar, valoro mucho más las cosas simples de la vida, me volví un atleta de alto rendimiento, no tengo pico y placa, las mujeres se voltean a mirarme en la calle y, lo más importante: desde el Batallón de Sanidad del Ejército Nacional he podido ayudar a cientos de jóvenes que, como yo, cayeron en una mina o fueron víctimas de algún artefacto explosivo. Quiero demostrarles a ellos que, aunque nos volaron una pierna o un brazo, no nos quitaron la cabeza, el arma más poderosa que tenemos para combatir la guerra y hacer algún día, por fin, la paz.

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