Llego a la ciudad de Baruch Spinoza, a un aeropuerto en el que uno quisiera vivir toda la vida, Schiphol. Luego un tren a la estación central, al lado del puerto. Son las 9:00 de la mañana. Salgo a la plazoleta y respiro el aire matutino. ¡Es la ciudad de Spinoza!, me digo eufórico. Al frente están esas casas antiguas que parecen relojes cucú y me pregunto si en ellas, en su paisaje urbano, podré rastrear algo de esa ética spinoziana que tanto fascinó a los poetas románticos.

Spinoza, Spinoza, ¿dónde estás?, me voy repitiendo en la mente, pero el primer habitante de la ciudad que encuentro, en una callejuela, es un hombre de unos 40 años, negro afrodescendiente y antillano a juzgar por sus cachumbos. Cuando paso a su lado, hace sonar un bricket y lo que recibo en plena cara es… ¡una intensa vaharada de marihuana!

Ese olor, ese olor.

De repente comprendo que este viaje a Ámsterdam, en realidad, será un viaje al pasado, a mi adolescencia. Una época que yo daba por concluida, pero que regresaba en ese pegajoso olor que impregnó el aire y que provenía del afroantillano. Cuando volé a Ámsterdam, a fumarme un cigarro de cannabis y escribir al respecto, lo que quería era devolverme a la adolescencia en un momento delicado de mi vida, para dialogar con ese joven tímido que fui y llegar, tal vez, a alguna conclusión. Deduje, entonces, que el antillano era un agente de SoHo. Debía abrir muy bien los ojos para reconocer a los emisarios de la revista en esta extraña aventura. Por seguridad tomé una decisión, creo que acertada, y fue la de comer solo comida asiática. De ser posible china.

Entonces pasó algo que no sé si debo contar.

Ustedes me perdonarán, pero es que de la esquina, en ese amanecer brumoso, vi surgir a un hombre ya no afrodescendiente sino judío holandés, de ancestros portugueses, y cuando se acercó, en medio del vapor matutino y el humo del cannabis, vi que era el propio… ¡Baruch Spinoza! Supuse que podía ser otra treta de SoHo, pero no. Era él. Se acercó y me dijo:

—Bienvenido a Ámsterdam.

—Gracias, maestro.

—Permítame acompañarlo a su hotel.

Le mostré el nombre y él dijo “muy bien, venga, es por acá”, y así fue como nos internamos por callejuelas empedradas, medievales, hasta llegar a una iglesia, la más vieja de la ciudad, según mi guía, con la particularidad de que a hora tan temprana ya había en los alrededores prostitutas en microtanga animando a los madrugadores.

—Esta es una ciudad muy tolerante —dijo Spinoza.

El Bulldog Hotel está frente a un bonito canal, en pleno Red Light District, lo que quiere decir: en el más grande supermercado del sexo de Europa occidental, en el que, además, alternan almacenes de artículos para fumar marihuana con sex shops, dándole la razón a ese mítico libro de Barbara Lewis, El poder sexual de la marihuana. Me di vuelta para agradecerle a Spinoza su amable ayuda y vi que ya se iba, envuelto en su capa, de regreso a la bruma de las callejuelas.

—Inevitable regresar al pasado —dijo—. Es el único viaje posible, y esta ciudad es un buen punto de partida… Si me necesita, llámeme.

Qué personaje, me dije, y le hice adiós con la mano antes de entrar al lobby del Bulldog Hotel y registrarme.

Adoro los lugares decadentes.

Debido a mi edad provecta tomé un cuarto individual, pues la mayoría de los huéspedes, al menos los que vi agolpados a la entrada, eran mochileros de veintipico, jóvenes alemanes, ingleses, daneses o italianos, entre otros, que no suelen hacerse muchos remilgos en meterse todos en un mismo cuarto. Por sus audífonos resonaban canciones de Bob Marley y Manu Chao. Lucían gorras de lana con los colores de Etiopía, aunque puede que no lo supieran. Ellos vienen a lo que vienen y pernoctan en dormitorios de ocho camas a 30 euros por barba. ¿Qué importa la privacidad si por las noches apenas podrán quitarse los Converse antiglobal?

El Bulldog Hotel es un universo autónomo con su propio coffee shop, donde estos rebeldes sin causa pueden comprar 18 tipos de cannabis distintos, más una hilera de bares en la calle con terrazas para fumar y alternar con cerveza. Por dentro parece una casa de muñecas. En realidad, todas las casas del centro de Ámsterdam parecen casas de muñecas, pero esta tiene muros azules, negros, rojos. Las paredes de mi cuarto son rojo sangre y el techo, azul. La cama está en una especie de nicho decorado con un collage ochentero y un reborde de plata, en papier maché, que imita la corona de la Estatua de la Libertad.

Si estuviera en Cali y no en Ámsterdam, esto sería un motel.

A media tarde, después de un buen almuerzo en el restaurante chino Oriental City, fui a instalarme al bar del primer piso, donde hay una mesa de billar y muchos cuadros psicodélicos y de perros bulldog. Un decorado muy literal, me dije, carente de cualquier propuesta estética. Ya había jóvenes fumando marihuana. El olor dulzón había impregnado la madera, los cojines de las sillas, las baldosas y la piedra. Al lado de una chimenea con falso fuego, en un sofá, dos muchachos dormitaban. Ambos eran musculosos y sus brazos de marineros de gimnasio tenían los consabidos tatuajes. “Esta es una época en la que todo el mundo quiere parecer simbólico”, escribí en mi cuaderno. Uno de los dos tenía la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta. El otro, hierático y con mirada lejana, parecía observar fijamente algo que no estaba en el salón, y puede que ni siquiera en Ámsterdam. Tal era su pasividad que me pregunté si sería cannabis lo que subía y bajaba por su sistema nervioso, o algo más fuerte, pues aquí el consumo de cualquier droga es legal y en los almacenes venden también hongos alucinógenos (o trufas).

Más allá, dos jovencitos coreanos jugaban ajedrez con sus pipas de agua listas, y al fondo un grupo se rodaba un enorme aparato para fumar que parecía un Erlenmeyer. En fin, una especie de Calle del Cartucho elegante y legal, con la diferencia de que aquí la marihuana paga impuestos que se emplean en campañas de información y en sanidad para los toxicómanos graves.

—Los peores son los ingleses —me dice Esther, española de Cantabria, 28 años, bonita, inmigrante económica que trabaja en el hotel—. Son grupos de tíos solos que empiezan a beber y a fumar porros apenas dejan las maletas, y si vienen con mucha marcha igual alguno se mete una seta y ahí ya salen volando.

Esther trazó con el dedo un arco y su breve camiseta dejó al descubierto un ombligo con pétalo de plata.

—Hubo uno que se paseó en pelotas por el segundo piso y tuvimos que llamar a seguridad —siguió diciendo—. O les entran ganas de follar, pero como llevan poco dinero se meten con las tías del hotel. Una vez uno quiso abrirle la puerta del cuarto a una chica usando un cuchillo de cocina. Y en los dormitorios pasa de todo. Muchos se mean o se cagan dormidos. ¡Lo que le toca a los de abajo en los camarotes!

Le revelé mi misión en Ámsterdam, con licencia para fumar cannabis, pero confesándole que no tenía experiencia. Entonces llamó a Andrea, un inmigrante italiano de Pescar, que al parecer se las sabía todas.

—Compra un White Widow mezclado con tabaco rubio, es suave y te relajará.

Quise saber si los holandeses fumaban más marihuana por el hecho de que fuera legal.

—No —dice Andrea—, solo que no tienen que esconderse. Parecen más porque los ves, pero seguro que hay más en París o en Berlín.

—¿Y lo del uso terapéutico?

Ambos se rieron. La verdad es que la marihuana, como el alcohol, siempre es de uso terapéutico. Esta vida a palo seco es imposible.

Después de cenar en el Oriental City fui al coffee shop del hotel y pedí la White Widow. Me entregaron un pequeño zepelín metido en un estuche de plástico. Qué elegante, pensé. En la Bogotá de mis 18 años, vendían la marihuana en cajas de fósforos El Rey. Una valía 50 pesos. Este, en cambio, costaba cuatro euros. Luego fui al bar, para estar cerca de mi cuarto, y pedí una cerveza. Con algo de nervios encendí el cigarro y le pegué varias bocanadas. Sabía bien. Por una curiosa asociación recordé las películas de submarinos, cuando se cerraba la escotilla y alguien gritaba: “¡Inmersión!”.

Pensé que esta podría ser una buena oportunidad para entender a ese filósofo alemán con nombre de barrio de Ámsterdam, Peter Sloterdijk, en lo relativo a su concepto “crítica de la razón cínica”, pero de inmediato deseché la idea y más bien me entretuve espiando a mis compañeros de viaje, a quienes pensé que podría llamar drugos, como los personajes de La naranja mecánica.

A mi izquierda, un drugo afrodescendiente con pinta de niño obeso, una especie de sugar baby adolescentario, fumaba uno tras otro y miraba sin pestañear un manga en su teléfono celular. A mi derecha, una pareja afro, pero con pinta de neoyorquinos, le daba también a la neurona. Ella tendría unos 38 y era muy hermosa. Sus ojos, que yo veía amarillos, se fijaban en mí intensamente, aun si no me estaba mirando. Su amigo parecía crítico de arte contemporáneo por el modo expansivo en que hablaba y explicaba cosas, pero ella lo miraba con cierta piedad, como diciendo, córtala, ¿no te das cuenta de que lo estás arruinando? En las pantallas de televisión había un partido de fútbol, Atlético de Madrid contra Juventus. Lo miré por un rato, pero el tiempo no parecía correr, congelado en el minuto diez. Luego caí en la cuenta de que la cifra que yo veía no era el reloj sino el marcador y que el Atlético ganaba 1 a 0, para gran alegría mía y del Cholo Simeone. Caramba, esta White Widow pega fuerte, me dije. Pensé que lo mejor, en medio de esa inusual audiencia, sería improvisar un poema en prosa y escribirlo en una servilleta. Quise hacerles creer a mis vecinos que era un poeta trágico en busca de alivio, pero a nadie pareció importarle. Alcé mi mano para escribir y la vi moverse, hacer las letras, pero con la sospecha de que no era la mía. Podía ser otra treta y miré alarmado al crítico de arte contemporáneo, ¿sería otro agente encubierto? Me puse en guardia. Una voz, desde atrás, me preguntó, ¿qué fumas?, ¿es sativa o índica? Me di vuelta y vi a Spinoza. Cuando iba a decirle que no lo sabía, se ofreció a explicarme el concepto “crítica de la razón cínica” de Sloterdijk, y empezó diciendo “verás, es muy sencillo, como si vas caminando por el corredor de un hospital y de pronto los gritos de dolor de los moribundos son las teclas de un acordeón, ¿lo comprendes?”.

La verdad es que estaba bastante claro.

Miré otra vez las luces psicodélicas del Bulldog Bar y a mis queridos drugos, y les dije en la mente, chao, arrivederci, porque mi espíritu, de la mano de Spinoza, ya erraba muy lejos de ahí, en un oscuro salón del tercer piso de la salsoteca El Goce Pagano, en una Bogotá oscura y fría de inicios de los ochenta. Me vi bailando el Jala jala, de Richie Ray, y Agúzate, y El ratón, de Cheo, y toda esa música que yo ya relacionaba con la poesía y con mi propio destino, aunque fuera demasiado joven para medir la gravedad de esas intuiciones. Ese jovencito soñaba con salir de ese lugar triste donde había nacido y tragarse el mundo, o dejarse tragar por él. Tal vez ir a Ámsterdam. Su ciudad era estrecha y lluviosa y por eso bailar en El Goce era un gesto de pureza, de anhelada coherencia. Me conmovió ese joven, claro. Y ahora yo estaba ahí, con casi 50 años, en una Ámsterdam crepuscular, rodeado de drugos pero sintiendo la misma desesperanza y la misma necesidad de pureza. Obsesionado con la idea del regreso y de llamarme Nemo.

Los efectos del cannabis empezaron a retirarse. Entonces el muchacho salsómano que fui empezó a alejarse en dirección al canal, al lado de Spinoza, y antes de doblar la esquina me hizo adiós con la mano.

“Adiós, adiós”.

Mi brazo volvió lentamente a ser mío, así que escribí con rapidez estas líneas.

Luego salí a la calle a respirar el aire gnoseológico y taciturno del barrio, y sobre todo a buscar entre las prostitutas y los turistas, los drugos y los normales habitantes de esta urbe tolerante y canalla, a los demás agentes encubiertos de SoHo.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.