Tuve la grandiosa oportunidad de componer una canción con Andrés Calamaro; la cantamos y la grabamos juntos. Aunque ya no pienso en ello ni cuando la escucho, porque la verdad nunca me lo voy a creer, es parte de una realidad que vuelve a ser un sueño ahora que me pongo en la tarea de escribirlo.

Hace dos meses vivía encerrado con mi banda en un estudio de grabación en el barrio Belgrano, en Buenos Aires. El calor, el sol, la cumbia, la fiesta, la primavera y la vida misma teníamos que imaginar y representar con sonidos y mundos interiores, mientras afuera reinaba el frío y el cielo gris, lluvioso, tanguero, de un invierno que se resistía a desaparecer.
Fue por esos días cuando tuve la oportunidad de conocer, por fin, a uno de los compositores que he admirado desde pequeño y cuyas canciones me han hecho llorar, conquistar, bailar y, muchas veces, acercarme a ese lado oscuro del alma que suelo frecuentar. 
Le pedí a ‘Cachorro’ López —coautor también de la canción y productor del que será mi quinto disco, quien es amigo de infancia de Calamaro y produjo su disco La lengua popular— que si podría invitarlo al estudio. Tan solo pasaron un par de aguaceros antes de verlo entrar, casi flotando, a la sala de grabación. El señor que estaba cambiando las guardas de la puerta principal del estudio se puso a llorar, de la misma manera que vi llorar a mucha gente cuando vio a Maradona el día en que me atreví a llevarlo a Andrés Carne de Res. Cuando vi a Calamaro creo que tuve la reacción de mi pequeño hijo Simón cuando ve a en la pantalla del televisor a Buzz Lightyear, su héroe. Pero Calamaro no es ficción, tiene sus canciones para mostrar que es mortal, mucho más que todos nosotros, y, para completar, es un ser tridimensional (incluso hasta cuatridimensional) en su arte. 
“Extraño que me hagas daño...”, cantábamos dos horas después del encuentro. En el estudio, casi mágicamente se había armado una banda groovera maravillosa: ‘Cachorro’ López en el bajo, Sebastián Schon en las programaciones y el ukulele, Calamaro con su guitarra y yo en los teclados. Y los dos, en un solo micrófono —como en los buenos tiempos del rock’n’roll—, repartimos melodías cumbieras, maravillosas rimas entre raperas, gitanas y ‘calamarescas’, y yo por mi lado metiéndole Caribe, ripostando, complementando frases, proponiendo giros y tocando en los teclados melodías que podrían ser clarinetes borrachos ante unas tamboras y tambores alegres que había llevado a Buenos Aires desde mi Colombia. Nada estaba escrito, todo iba fluyendo con naturalidad. Creativa, desenfrenadamente.
“La ausencia es una ciencia que no está escrita, nunca se olvida”. Tuve el placer de buscarles melodías a estos pensamientos que hacíamos como si fuéramos dos científicos o como dos mecánicos ensamblando pedazos de almas.
Y Andrés —el primero y original: Calamaro— es como un fabuloso ventarrón del que brotan versos y ocurrencias en todo momento; quiere con una mano tocar el teclado, con otra la guitarra e ir grabando las armonías de las voces al mismo tiempo. Resiento de quien un día mal me convenció de que “no todo es de una, todo toma su tiempo”. Desaprendo este falso aprendizaje y prosigo. 
Al final, entre agotados y ansiosos, teníamos la canción completamente dibujada: Lo que dejamos atrás, letra y música, todo un día de grabación, más de doce horas apretujadas.?Este mítico personaje es un huracán: llega, revuelve todo, lo eleva, lo electriza, y cuando se va deja un vacío enorme y todas las pilas de los presentes en críticos niveles de reserva. Fue toda una experiencia, un tremendo desafío…
Días después volvió al estudio. Venía casi sin dormir, y cantó su arte definitivo. Me dio otra lección sobre lo que es estar parado ante un micrófono y cantar tal como se habla, al mejor estilo de Sabina y el Cigala. Me enseñó a nunca desperdiciar una palabra. Y me dejó uno de mis sueños realizados: cantar con él, grabar con él, trabajar con él. ¡Gracias, maestro!
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