En 1966, mi marido y yo fundamos en Buenos Aires la Escuela del? Sol. Era la época del primer dictador de la Argentina, Juan Carlos Onganía, y las libertades estaban llenas de restricciones. Nosotros solo queríamos ofrecer a los chicos un espacio para crecer con permiso para pensar. La nuestra fue la primera escuela laica de Buenos Aires.

Andrés Calamaro entró al primer grado en 1967, en 1974 comenzó la secundaria y se recibió en 1978. Cuando sus padres lo trajeron por primera vez nos lo recomendaron mucho. Era gente mayor, pues Andrés había nacido en el segundo matrimonio de su mamá y, por su edad, era más temerosa con las cosas de sus hijos que las demás madres. Aquí tenemos unas escaleras muy altas que conducen al salón de arte, y me acuerdo que ese primer día su madre las miró y me dijo que a su hijito le iba a costar subirlas. Se veía que él tenía un temor transmitido por ella. El primer día bajó sentadito por los escalones uno por uno, pero al tercer día se olvidó de ellos y empezó a bajar corriendo como todos sus compañeros.

Durante su secundaria nunca debió una sola materia. Siempre cumplió con las materias, con los profesores, fue ordenado y divertido; sabía que si hacía todo al día, le iría bien y así sus vacaciones serían más agradables. Alguna vez en la clase de matemáticas, les mostramos a los chicos una película musical de Mickey Mouse, que no recuerdo el nombre. Al otro día, Andrés hizo ante sus compañeros un análisis de la actividad. Había captado perfectamente la relación entre la música y los números. Fue en tercero cuando en una clase de biología, la profesora estaba explicando el funcionamiento del sistema digestivo. Como resultado de la lección, Andrés, junto con otro amigo, armó un proyecto llamado ‘El duodeno‘. Mientras el uno tocaba la guitarra, el otro cantaba.

Ya en la secundaria, Andrés tenía un grupo de amigos con el que andaba para arriba y para abajo. Eran tres y los llamábamos ‘las 3 aes‘. Uno de ellos se llamaba Alberto, y los otros dos, Andrés: uno salió cantante y el otro, ministro de Educación. El mayor de los hermanos Calamaro nunca fue el mejor alumno, pero tampoco el peor. En las materias relacionadas con números y ciencias exactas apenas cumplía con sus obligaciones. Mientras tanto, en lo cultural siempre estaba presente. Se veía que tenía muy buenas aptitudes para las cuestiones artísticas, y las materias relacionadas con ese tema eran las que más le gustaban. Era contestatario como todos los chicos de esa época, siempre fue una persona dada al debate y a la protesta, pero a la vez, siempre fue muy respetuoso en las discusiones. En cambio su hermano Javier (que hoy también es cantante) sí que era un chico complicado. A pesar de la importancia de la libertad en nuestra escuela, teníamos que ser contenedores con los alumnos, pues los gobiernos de la época les callaban la boca a los chicos con sangre, hoy en cambio, si uno pinta una pared con un ‘Abajo Kirchner‘, no pasa nada: vuelve y se pinta.

Luego de graduado vino un par de veces, pero no más. Lo que sabemos de él es lo que está en los medios. Esperamos que cuando su nena esté más grande, se acuerde de nosotros como nosotros de él.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.