En Colombia dotor es cualquiera que use corbata. No importa si va con vestido Everfit, combinado bocadillo y carpeta de manila bajo el brazo. No importa si trabaja en una entidad pública, en una empresa privada o si es desempleado. Mientras tenga corbata, tiene garantizado el título.

Acá el dotor no es como en el resto del mundo un título académico que otorgan las universidades como el más alto grado al que puede aspirar un estudiante, o como en el antiguo castellano con el significado de ‘maestro’ o ‘aquel que sabe’, sino una especie de apodo que todos, pero en especial celadores, vigilantes, mensajeros, secretarias, choferes, subalternos -sin distingo de clase o raza- le otorgan a ciertas personas.

Un título que la gente divinamente se autoimpone antes del nombre o el apellido para darse más relevancia en la oficina y hasta en la casa: “Mija, si llaman, diga que el dotor no está”.  “Habla con el  Dotor  Alberto”. “De parte del Dotor Salazar”. “Un momento, ya le paso a la Dotora Gaviria”.

Colombia es el país de los dotores y no de los doctores.  Las cifras no mienten. Según datos entregados por Colciencias, el país apenas tiene 5179 doctores. Personas con PHD que han obtenido el título académico más alto al que se puede aspirar y que por lo tanto merecen ser llamados así: PHD o doctores, con c.

Una cifra baja, muy baja, en comparación con países como Brasil que tienen  60 por 100.000 habitantes, o  Argentina que tiene 39 por cada 100.000. Colombia apenas tiene 11 por cada 100.000. Aunque, claro está, si uno va al congreso, con seguridad le aparecen 102 al menos, de los que seguro la mitad están estudiando para – dotores o para – militares.

Si Colombia fuera un país serio, Doctor sería sólo aquel que tiene un PHD, y no el apodo, que además, hay que repetir sin sentido en las cartas, en los discursos, en las llamadas telefónicas, y en todo trato con esta clase de persona que si uno no le dice dotor, se ofende. Y se ofenden como si fueran de verdad doctores.
Identificarlos es fácil. Ellos mismos se presentan como dotores.  Ellos mismos creen que eso los hace más inteligentes, más dignos de respeto, más importantes. Sufren de una especie de transformación camaleónica si uno no les hace los honores, si uno no los saluda con el debido respeto. Se ponen blancos, estiran el cuello como un cisne, y mueven el labio con menosprecio.
No hay político que una vez en el cargo no sea bautizado como dotor. No hay abogado que no se sienta irrespetado. No hay funcionario público, de tercer nivel para arriba, que no se sienta con el derecho al título. 

Entrar en Colombia a una oficina de abogados es como entrar al instituto de investigaciones de Harvard: “Dotor Largacha, le presentó al Dotor Uricoechea, que trabaja con el Dotor Saenz de Santamaria en el bufete del Dotor Jose A”.  Todos tan inteligentes, gente de bien como el Dotor Abelardito que defienden a bandidos, tan pinchaos, tan ellos, pero casi nunca con doctorado.

Igual que en las compañías y en tanto sitio donde saludar con el título de dotor es una obligación. Una obligación que además, es reafirmada por el guardaespaldas que tiene todo dotor: su secretaria. Si uno no le dice dotor, al dotor, ella se encargara de recordárselo con total indignación y con ese tonito de menosprecio tipo: “El Dotor Jiménez, ya lo recibe.”

Pero sin ser investigador, estoy seguro de que tener tanto dotor en el país confunde y manda una mala señal. Para qué estudiar, para qué querer ser un PHD  - palabra en latín que significa Philosophical Doctor-  si basta con una corbata y un puesto público para convertirse en dotor. Para qué gastarse casi siempre 5 años, como mínimo, para probar o desmentir una hipótesis.
Colombia tiene mucho muerto de hambre que por tener corbata se cree dotor. Mucho padre de la patria al que uno sólo quiere echarle la madre. Mucho asesor presidencial que se cree dotor por hablar con frases rebuscadas. En fin, mucho incompetente, que se autollama dotor, sin serlo.

Ojala, por el bien del país, por la seriedad de los investigadores, dejemos de ser un país de dotores y seamos un país de doctores. Un país con menos corbatas y más neuronas. Un país en donde los grados los otorguen las universidades y no las secretarias.

Por eso invito a que creemos una campaña contra los dotores. A que dejemos de saludarlos así, de escribirles así en las cartas. A denunciarlos. La invitación es que cuando alguno se presente como dotor, validemos sus credenciales y le preguntemos donde se graduó de PHD. La invitación es a acabar con tanta deferencia a quien no se le merece.

Esa es la única opción de que en la CNTV, en el Congreso, en los tribunales, en el palacio Liévano, en las empresas privadas, tengamos de verdad  dotores Doctores y no tanto HP que se cree PHD.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.