En el fútbol hay que subir peldaños. Yo empecé en las divisiones inferiores del Barcelona, llegué al primer equipo, me gané un sitio y de ahí a la selección hay un paso. Todavía me veo jugando en el pueblo, en Fuentealbilla, con nueve años, y me parece imposible que ese niño tenga un sitio en la historia del fútbol español. Creo que ese gol lo pudo marcar antes algún compañero, pero por algo, no sé por qué, me tocó a mí. Como deportista sé que fue una circunstancia del juego, que el mérito es del esfuerzo de un equipo, incluso de aquellos que no juegan pero hacen todo lo posible para que cuando nosotros salimos al campo estemos preparados mejor que nadie. Sé que hicimos feliz a mucha gente, y nada, nada, supera esa sensación, nada es más gratificante en esta vida que hacer feliz a alguien. ¡Y más si son tantos!

He visto ese gol mil veces, porque veo los partidos que he jugado para buscar errores, básicamente. Y cada vez que vuelvo a ver ese gol pienso que no fue como se ve por la tele, que mi gol es distinto porque la sensación en el campo es irrepetible. La perspectiva es muy diferente. Hay un gol en esa final que es personal, muy mío... El de la tele se parece, pero yo he metido ese gol. No sé cómo explicarlo. Es distinto verlo que marcarlo. Fàbregas me dio un pase que me dejó frente al portero; justo en ese momento se hizo un enorme silencio, y me quedé solo, esperando a que bajara la pelota. Tal y como controlo el balón sé que va a ser gol. Sé que el defensa no llega, que el portero no llega. Solo debo esperar a que caiga. ¿Y por qué baja? Por la ley de la gravedad. Puestos a buscar razones, también Newton me ayudó a meter el gol. Yo nunca creí que pudiera marcar un gol tan importante. En ese momento no pensé que ese gol nos daba el Mundial, solo quería gritar, correr, levantarme la camiseta y decirle al mundo que mi amigo Jarque murió, pero sigue a mi lado. Y eso hice. 
Soy de los que piensan que cada uno siempre se muestra como es. El que al final te la acaba dando por chulo, es porque es chulo y el que te la acaba pegando es porque es así. Yo tengo mi forma de ser. Igual lo veo demasiado fácil y desde fuera se ve diferente. El fútbol es mi vida, y luego tengo a mi novia, a mi familia, a la gente que está cerca de mí. No necesito mucho más. Estoy encantadísimo de vivir en esta situación privilegiada, pero sé que hay que valorarlo. A veces, el hecho de estar arriba, que si el dinero, que si los coches, que si la fama, todas esas cosas te hacen perder un poco el norte, pero yo me siento el mismo. Llevo una vida muy normal y creo que la gente también lo agradece. 
Y también me gusta pensar que el fútbol a veces te devuelve lo que das o te compensa un poco los esfuerzos, los sacrificios. No sé, creo que la gente que es buena, que va de cara, que se esfuerza siempre acaba recibiendo una recompensa. Me lo mostraron mis padres, lo siento ahora. Nunca sabes cuándo llegará, pero a mí me ha llegado. Sé que esto no ha acabado, que a mi carrera de futbolista le quedan muchos partidos, estoy convencido. 
Estoy a punto de ser padre, de crear mi propia familia. Y eso me produce mariposas en el estómago. Soy muy consciente de los esfuerzos que mis padres hicieron por verme feliz y me pregunto si yo estaré a la altura, si seré capaz de transmitirle a mi hijo o a mi hija esos valores que hasta ahora me han servido para hacer este camino que una noche pasó por Johannesburgo, un camino lleno de luz al que no le adivino el final.

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