Andrés. Ante todo, gracias. Usted vino a salvarme. Mientras me encontraba decidiendo a quién escribiría esta misiva, al cabo de horas de meditación aún no hallaba entre las cosas buenas y malas de una vida bien vivida de relaciones y desencuentros alguien que me suscitara una auténtica revulsión o me inspirara un amor que de veras justificara el gasto de papel y de tiempo. Y prendí el televisor. Y ahí estaba usted. De papaya. Este es mi tipo. Dije.

Pensé que había caído en el canal de dibujos animados. Pero eran usted (cómo está de obscenamente gordo, hombre) y Darío Arizmendi con ojos de asustado. Usted exudaba orgullo por cada poro, como una grasa cosmética. Le doy un consejo, a usted que le encanta ofrecerlos. Ponga a dieta ese orgullo, hombre, o reventará por las costuras. Usted recuerda de lejos a su padre. Turista verde, burócrata pomposo de congresos de ecólogos que no distinguía los higos de los hongos. Ninguno tuvo la culpa de ser como son. De tal padre tal hijo. Y viceversa. Va de breva.

Debe ser triste, aunque cómodo, dar la vida entera al papel melancólico del don Nadie ungido que ustedes hicieron. Usted es en esencia, señor ex presidente, el hijo político de un padre. Es decir, de un fraude, y una usurpación. Usted se recuerda. Fue el desvergonzado de Lleras Restrepo quien nos dejó a su padre en herencia. Y usted de ñapa se nos vino enredado en la patraña electorera. A que no sabe que pastrana y patraña son palabras parientes. Así es la vida. Lógica.

El gobernante debe ser virtuoso, inteligente, sabio. Pero no hay políticos como los quiso Platón. A lo sumo hay entre los grandes políticos grandes perversos. Usted ni siquiera es perverso. Para eso se necesita cacumen. A usted no le sobra. Le explicaré. Cacumen es el balance entre el peso del trasero y el del cerebro. Y uno pesa por donde puede. No por donde quiere.

Usted, señor ex presidente, se parece cada vez más a lo que es desde el principio: a un roedor. Y parece un payaso viejo a quien jamás lo socorrió un buen chiste, un trujamán que nunca convocó a una feria que valiera la pena, el dueño de un circo malo que la gente va a chiflar ya que no la divierten, un bolerista puertorriqueño exento de sensibilidad. Le concedo una gracia. Usted consiguió sin esfuerzo, en completa inconsciencia, llegar a periodista, a la Alcaldía después de un secuestro que lo catapultó misteriosamente, y a la Presidencia. Por inercia. Y consiguió, no es poco, hacerse un hombre más antipático que el adolescente que se colaba en cuanto tumulto podía para ostentar la inanidad. Las caminatas de caridad con Cantinflas y Pacheco y todo eso, señor ex presidente, que intentó reeditar en el proceso del Caguán. Recuérdese. Fue una traición a la patria, la entrega de la mitad de la nación a unos facinerosos. Quién sabe qué paga Colombia con usted. Pero dejemos a la pobre Colombia en paz. En todas partes el mundo progresa por desgracias. Y sucede la misma tragedia del triunfo de la mediocridad sobre el talento y del honor sin mérito. Espero que a veces en noches de contrición, su piyama, si carece del lujo de un alma como sospecho, se avergüence de los privilegios que el mundo le concedió sin haberlos merecido. Para que no junte a la miseria el cinismo.

Me jode. Tengo derecho a que me joda el espectáculo de la vanagloria, la ufanía, la falsa majestad que resume. Las contradicciones del ser humano están explícitas. El fruto de la inteligencia humana que es el televisor se rebaja. La agudeza del invento no coincide con el mensaje. El mensaje degrada el medio cuando usted se asoma. Y sobre todo me revienta que se atreva a dar fórmulas para salvar el país después de dilapidar su hora, alzado a la cima del poder por la maquinaria que aceitaba su padre con el rictus a medio camino entre la sonrisa y la mueca. Dice el chiste callejero que fue un hombre bertical. El de doña Berta. Usted debe de recordarse. Recuérdese.

Usted, señor, debe saber. Para la opinión ostenta el blasón de haber sido capaz del gobierno más nefasto entre los nefastos gobiernos que le tocó padecer desde Bolívar a este país hiperbólico, donde un montón de doctorcitos atrabiliarios, minusválidos graduados a las carreras, se abrogaron el derecho de mandar a punta de componendas y muletillas. Por Dios. Haga como su padre después de abandonar sin gloria el palacio. Algunas personas con la frecuentación tan solo se exponen. Usted es una. La otra es una sirvienta que tuve llamada Estulticia.

Cómo compara el experimento de Ralito con la pantomima del Caguán con maromeros, poetas de vanguardia y bailarines de La Candelaria. Los concentrados en Ralito pararon en la cárcel, o extraditados. Los del Caguán siguieron campantes desgobernando por usted a metralla, latrocinio, secuestro y masacre, el territorio que les ofreció mientras usted iba de gira por el mundo haciendo venias y prodigando zalemas, de besamanero de reyes para la fotografía. Para engordar el álbum de sus recuerdos de arribista. Algunos creen que hacen historia haciéndose tomar fotografías. Usted es uno.

Su paz fue una artimaña, un método de desaparición. Usted se amparó tras la sombra asesina de ‘Tirofijo‘, y se entregó a sus frivolidades. Y tiró la toalla a punto de irse dejando el país exhausto. Tanto que a Uribe le basta contradecir lo que usted representa para mantener la popularidad al tope. Cómo se atreve, señor, a correr mantos de duda sobre la obra de los que sí trabajan desde el amanecer. La mala leche exige, otra vez, cacumen. Y eso fue algo con lo cual usted resultó desfavorecido por las hadas que presidieron su alumbramiento. Si alumbramiento no es mucha palabra para designar la ocasión.

Usted aburre. Por eso, para ponerle color, la gente en la calle esparce rumores de su vida, y dice que es eunuco, que robó una piedra lunar del Planetario, que es cómplice del asalto a la Caja Agraria, y lo vuelven dueño del Baloto, de los buses de TransMilenio, de las máquinas tragamonedas, de la basura y de los vertederos. Son las manifestaciones del rencor de la calle. La chismografía cura las frustraciones de su cuatrienio de buchipluma.

Señor, si se es modesto, siempre se puede pasar por ingenioso. Dicen. Usted ostentó suficiente la insignificancia. Y la mezquindad oscura. Y otras virtudes negativas. En el proceso 8.000 organizado por usted a mano tapada sin parar mientes en el mal que le hacía a su país, para satisfacer el resentimiento de la derrota, puso en evidencia su condición moral. Señor, por gordo que esté y por alto que haya llegado usted hace el oso en la pose del pontífice. Lo único que salva la ausencia de talento es el pudor.

Ojalá el orgullo, la vanidad que resuda, no le hagan tomar estas palabras como una injusticia con un sol incomprendido que dijo el poeta. Son el castigo que alcanza al oportunista siempre en algún punto de su carrera.

Y perdóneme, señor ex presidente. Necesitaba descargar la bilis después del reportaje con Arizmendi. La injuria es el derecho de los simples peatones como yo contra las decepciones que ustedes los politiqueros nos causan, embromándonos la vida. Y excúseme si me pasé de basto. No soy Marcial. Marcial, se recuerda, el de los epigramas. Qué se va a recordar. Eso no lo enseñan en los salones de billares. Y nada más, majestad principesca. Claramente quedamos en paz. Usted hizo las bellaquerías que quiso con mi país. Yo mancillo su memoria y su figura como peor puedo. Dios nos perdone. A usted por ser quien es. A mí por insidioso. Que se mejore.

Saludes a Nohora y los niños. Dígales que no los odio, a usted, a su padre. No los trato como personas sino como ejemplares de una categoría de hombres. La del vanidoso que se da una importancia que no tiene y usurpa unos honores que no le deben y cuya metáfora es el pavo que cuando despliega la cola muestra el culo. Y las patas.

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