Yo también había desfilado y estaba al lado del modelo cuando ella lo entrevistó. Simplemente sonreí y no dije nada.

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Desde eso me empezó a rondar la idea de que como modelo podía sacarle provecho al asunto de mi cara femenina. Cuando estaba en el colegio mis compañeros me decían, nunca con ánimo de ofender, que tenía rasgos demasiado finos, que mis ojos eran como de mujer. Igual, cuando era más pequeño, las señoras le decían a mi mamá que yo tenía nariz y pestañas de niña. Es algo que siempre me ha perseguido.

La primera vez que modelé fue en el Parque del Poblado, en Medellín. Después participé en varios desfiles en universidades, pero siempre lo había hecho como modelo masculino. Sin embargo, mi primera vez como andrógino fue hace dos años. Entonces se empezó a regar la voz y me empezaron a llamar para fotografías en revistas. El tiempo pasó muy rápido, cada vez me llamaban más y me di cuenta de que tenía que venirme a vivir a Bogotá. Ahora soy el primer modelo andrógino en Latinoamérica.


Al principio fue muy duro para mis papás ver a su hijo desfilando como mujer, pero con el tiempo se empezaron a sentir orgullosos. La gente a veces tiene muchos prejuicios y ante todo una percepción de belleza fabricada, arraigada. Cuando camino en la calle con alguien al lado, siempre me dicen que la gente me mira mucho y que, sobre todo, me miran raro. Pero en especial, cuando le cojo la mano a alguna amiga, la gente se aterra. Nunca me ha importado realmente lo que dicen sobre mí, pero ahora, por el contrario, me siento feliz de haber nacido así porque le estoy sacando provecho.

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Hago parte de una agencia de modelos que se llama Contacto Básico. Ellos me consiguen trabajo como modelo, pero no siempre como andrógino. Cuando poso como hombre lo hago como algo natural, pero cuando modelo como andrógino es diferente y me pongo el reto de verme real. Nada saco con parecer mujer si mi comportamiento es tosco como el de un hombre. Entonces, aprendí a analizar a las mujeres y descubrí que sus movimientos son lentos, suaves y que las miradas son diferentes. Pongo en práctica todo lo que he aprendido haciendo teatro y ya me resulta natural modelar como mujer.

De mi vida sentimental prefiero no hablar, y sin importar mi sexualidad, en los 20 años que tengo jamás he olvidado que soy un hombre. Mi voz es gruesa. No es mi interés hacerme cambio de sexo ni nada por el estilo, simplemente soy diferente y eso me hace feliz. Siempre me visto de negro, mido 1,82. Mi día a día no es el que la gente se imagina de un modelo, no me mato haciendo ejercicio, pero trato de comer cada tres horas. Me esfuerzo por cuidar mucho mi pelo y mi piel, me hago mascarillas y tratamientos para verme suave como una mujer, además me depilo las axilas, aunque en realidad soy más bien lampiño. Lo hago con esmero porque ese es mi trabajo, porque quiero ser el mejor. Y todo esto ya está dando frutos, en menos de un mes me voy para París a trabajar con la agencia Next, donde marcas como Benetton y Armani buscan modelos.

Creo que todos los seres humanos somos una unión de características masculinas y femeninas y que la androginia también puede ir por dentro. Creo que todos los hombres tenemos en nuestro interior actitudes femeninas y ellas, de nosotros. Nuestro problema es que la sociedad nos ha impuesto cómo deben ser los hombres y cómo las mujeres, y esos estigmas son los que nos hacen tan intolerantes. Por eso amo mi cuerpo, porque ahora estoy rompiendo estereotipos y estoy logrando que cada persona que me vea reflexione, así sea por un instante, que el género va mucho más allá del sexo con el que nacemos.

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