Hoy tengo 23 años, mido 1,63 metros y peso 55 kilos pero no siempre fue así. Hace tiempo mi cuerpo me estorbaba y no era por vanidad; sentía que me pesaba y me parecía desagradable. Cuando entré a la universidad empecé a hacer muchas dietas hasta que me volví adicta a perder peso. Pero mientras más adelgazaba, más gorda me sentía porque siempre fui grande. Entonces llegué al punto de alimentarme con mango y repollo solamente, hábito que apenas duraba cinco días hasta que me daban arranques de comer todas las harinas (esto se conoce como "atrancones") que el cuerpo me exigía; incluso llegué al extremo de comerme el pan de la jaula de los pájaros de mi casa para que mis padres no se dieran cuenta de mis sospechosos impulsos. Las pocas veces que comía bien me iba al baño a vomitar mientras lloraba —todas las anoréxicas tienen algún grado de bulimia—. Durante esta etapa los problemas físicos salieron a flote: profundas depresiones, pensamientos suicidas, infecciones urinarias, dolorosas gastritis, vómitos con sangre, desmayos continuos y una debilidad general en todo el cuerpo que hacía que me quedara encerrada en mi casa sin salir. Me convertí en una persona irracional y descontrolada que le temía a todo, no confiaba en mí misma ni para cruzar una calle y mi familia sufría mucho por mi condición. Por eso acudí a un psiquiatra que me dictaminó anorexia nerviosa y terminé yendo a una institución llamada Equilibrio, donde su directora me explicó que mi organismo ya no estaba en capacidad de producir electrolitos y hormonas (razones por las cuales no menstruaba y me estaba quedando calva) y que en cualquier momento me podía morir, ya que ni el corazón ni los músculos funcionaban correctamente.
 
 Había tocado fondo. El tratamiento de recuperación, que duró un año y medio, incluyó exámenes clínicos, con especialistas, citas con nutricionistas, reuniones de grupo con otras personas anoréxicas y una droga para controlar la ansiedad llamada fluoxetina. Con estos controles recuperé el peso lentamente (llegué a pesar menos de 40 kilos) y hoy, cuatro años después de esta crisis, puedo decir que la superé. Lamentablemente los daños generados son graves e irreversibles: desórdenes hormonales que indican que me hubiera podido dar cáncer, cálculos renales, infecciones urinarias mensuales, inflación del colon, riñones e hígado que no funcionan bien, migrañas insoportables y pérdida parcial de mi estado físico y de mi memoria, además de una reducción en mi coeficiente intelectual. A mi edad, tengo la salud de una señora de 60 años. Hoy puedo decir que no soy flaca porque aprendí que así es mi cuerpo y que debo mantenerlo saludable a toda costa. Estoy segura de que no recaeré porque lo que viví fue doloroso y me enseñó que la anorexia no les da solamente a las obsesionadas por la figura ya que, en mi caso, me daba asco sentir la grasa dentro de mí. Pero eso ya es cosa del pasado.

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