A finales de 1995, al aire, por radio, le propuse matrimonio a Adriana. Más exactamente, anuncié que en el año siguiente me iba a casar. Mi hija mayor, Audra, llamó a Adriana, le contó y las dos, sorprendidas, alcanzaron a preguntarse por un instante con quién. Motivo haberme casado por lo católico más de 20 años atrás, buscamos con Adriana opciones para hacer menos lúgubre, menos gris, el matrimonio civil que en Colombia se celebra normalmente en las notarías

Nunca me ha parecido que el matrimonio sea simplemente un contrato privado entre dos particulares. Es un rito colectivo abierto que le añade al acuerdo entre dos una notificación pública a terceros, una especie de advertencia "Adriana y Antanas están casados". En algún grado, al casarse uno se amarra las manos y se las amarra a su pareja y a muchos y muchas posibles pretendientes.

Al preguntarnos por lugares alternos, primero pensamos en el Museo Nacional, en el Archivo Nacional y en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Pero cualquiera de los tres resultaba demasiado pretencioso. Intercambiamos criterios: tenía que ser un sitio donde hubiera armonía en la diversidad, donde se reunieran sin problema personas de muy diversa condición, donde los sueños se hicieran realidad. Adriana dijo, al comienzo como en chiste: "¿Y un circo?". Le contesté: "Buena idea".

Por esos días dos eran los circos que estaban instalados en Bogotá. Fuimos a visitarlos ambos. Preferimos el de los hermanos Gasca cuya gran carpa estaba instalada al pie del Coliseo El Campín. Ellos, los Gasca, fueron los que organizaron el acto (la gente del circo se casa en el circo). A la hora anunciada, entramos en la arena sentados en el lomo de la elefantita. No recuerdo su nombre, pero sí que estaba marcada con brocha y pintura blanca "Recién casados". (Meses después, monseñor Rubiano desprestigió al elefante convirtiéndolo en el animal emblemático del proceso 8.000, al decir que el animal se había metido a la Casa de Nariño "a espaldas" del presidente Samper).

Adriana tuvo al principio temor de montarse. Le duró el susto lo que tardó en venir un niño de unos siete años que con gran facilidad se subió sobre la cabeza del animal.

Adriana, apenada, saltó sobre el animal y se sentó de medio lado y yo a horcajadas y comenzamos la primera de tres vueltas acompañados por toda la tropa vestida de gala, que desfilaba danzando al son de la música que emitían potentes parlantes. Solo entonces recordé que mi primer amor, distinto de mi madre, lo había tenido a los 6 o 7 años en un circo en la Caracas con 26. Era una bella domadora de elefantes cuya foto me había comprado mi padre y que yo me había atrevido a llevar al colegio bajo el riesgo de que se me perdiera. Sentí que Adriana era esa misma mujer. Tuve la sensación de que su misión en esta vida estaba esbozada.

"Felices quienes se puedan casar por la Iglesia" fue mi principal declaración ese día.

A cargo de los Gasca, seis tigres de Bengala nos acompañaron dentro de la gigantesca jaula al señor notario y su ayudante, a Adriana y a mí. Como se lo expliqué ese día, antes de la ceremonia, al decano de los notarios de Bogotá, se trataba de dar una lección de confianza en la división del trabajo. La elefanta y los tigres hicieron bien su tarea. El público —incluidos los que nos casábamos y quien nos casaba— también. Y, en algún momento, mientras Adriana se preocupaba por los tigres, yo me preocupaba por la calidad del sonido. La invitación decía: "Si me vas a dar una muenda, mejor dame una palmada, si me vas a dar una palmada mejor insúltame; pero si me vas a insultar mejor hablemos". Los fondos que se recogieron fueron todos

para la Fundación Afecto, que sigue luchando por el buen trato a los niños.

En octubre de 1994, la valla de Ciudadanos en Formación decía "Primero el animal humano".

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