Nací en Cali, donde la Feria se celebraba alrededor de la Fiesta Brava. Recuerdo que cuando no me llevaban mis papás a ver toros, mis tíos iban por mí. Esto comenzó a mis tres años. Religiosamente mi papá compraba los abonos para la plaza, esos puestos habían pertenecido a mi abuela Alba; una especie de tradición familiar. Cuando no se tiene edad para beber y para salir a los griles en Cali, ir a toros se convierte en un evento social, algo hay que hacer en diciembre.
Llegada la adolescencia, Cañaveralejo era un “must”; fumábamos Marlboro rojo, tomábamos lo que había en las botas, nos burlábamos de las amazonas que iban muertas del susto con su mejor sonrisa postiza, escuchábamos los comentarios enfáticos del vecino “el toro está cojo”, nos erizábamos con el pasodoble estridente, vivíamos el descontento cuanto no indultaban a un toro que merecía ser semental y exigíamos una muerte temprana a un toro que no estuviera a la altura de la plaza. Se lograba el cometido; pasar la tarde, ver amigos y emborracharse en medio de tanto arte.

Siempre hay un momento revelador, en el que se toma distancia de lo que nos parece natural y entra un signo de interrogación. A mí me llegó el sentimiento de compasión precisamente en la última corrida de Cesar Rincón en Cañaveralejo; la espada de muerte atravesó los pulmones de un hermoso toro y comenzó a bramar y a vomitar sangre con un dolor que supera las escalas de la agonía. Y ahí fue, nunca más pude volver a toros, me salí, lloré y comencé a entender que ésta era una tradición anacrónica, sí, tiene arte, es una danza con la muerte, y los toreros son hombres apasionados que vestidos de oro logran burlar con magistral elegancia a unos hermosos animales que no en vano representan la fuerza bestial. Es un mano a mano entre la bestialidad y la elegancia, o lo que pretende ser la elegancia pues son ellos quienes precisamente llevan a cabo y en público unas de las muertes más atroces que se pueden presenciar.

Quienes hemos tomado una posición anti-taurina, nos hemos puesto del lado de la compasión, de entender que ese animal que está en el ruedo está en desventaja y que nuestra flexible moral es la que permite que la verdad no importune a nuestros hábitos, nuestras tradiciones, nuestro “arte”.

Sufrimiento es sufrimiento, tortura es tortura y entre más inocente es la víctima, más terrible es el crimen.

Tuti Mejía (@tutimejia)

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