Mi vida como futbolista bien podría resumirse en ese tiro penal que convertí a Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. No es algo muy agradable, pero debo aceptarlo porque Dios así lo quiso.

Esa manera débil de ejecutar la pena máxima sorprendió al mundo del fútbol porque nunca antes se había visto en un campo de juego. La idea surgió como consecuencia de una gran frustración que me acompañaba en cada sesión de entrenamiento con el Bohemians Praga, mi equipo en Checoslovaquia.

Luego del trabajo físico y táctico, con el arquero Zdenek Hruska solíamos quedarnos quince o veinte minutos para competir cada semana en una serie de tres penales. El premio era la ronda de cervezas Pilsner Urquell que disfrutábamos los días lunes en un bar cercano al estadio. Hruska era joven y con una gran fuerza en las piernas. Generalmente ganaba la apuesta.

Un día pensé en engañarlo con un remate a media altura, casi sin fuerza y al medio de la portería. Funcionó perfectamente…. Tanto que Zdenek me alentó a repetir la jugada en un partido oficial.

Siempre he sentido el fútbol como un divertimento, apartado del drama y la histeria. Tomar riesgos nunca fue un problema para mí.
Durante dos años esa jugada ocupó mi mente. Solo debía encontrar el momento adecuado para utilizarla.

Y ese momento llegó en la final de la Eurocopa contra Alemania Federal. El juego fue emocionante. Checoslovaquia ganaba 2-1 y en el último instante empató Holzenbein. Nosotros estábamos algo desilusionados, pero en la tanda de penales fuimos efectivos. Convertimos los cuatro primeros, mientras que los alemanes marcaron tres… Hoeness había desviado el suyo.

Era mi turno, el quinto penal para Checoslovaquia. Mis compañeros sabían de esa jugada especial y se negaban a que la ejecutara, pero el técnico Vaclav Jezek respaldó mi decisión.

Enfrente estaba el mejor portero del momento: Sepp Maier, campeón del mundo en 1974. Sin embargo, mi confianza era plena. Sabía que Sepp no se quedaría parado en el centro del arco. La clave fue tomar varios pasos de carrera para que él esperara un remate fuerte. Cuando llegué al balón, lo impulsé suavemente con la pierna derecha hacia el centro de la portería. Maier eligió su costado izquierdo. Con esa jugada, Checoslovaquia logró la victoria más importante de su historia futbolística. Una jugada que solo pude repetirla dos veces con la misma eficacia ya que la noticia recorrió el mundo y los porteros ya conocían mis intenciones. Hoy, 35 años después, puedo afirmar que he quedado preso de ese penal.

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