Una tarde de hace años, hablando de fútbol con Valdano —porque también yo he hablado de fútbol con Valdano, como todo el mundo— dimos en discutir sobre una aberración que él defendía llamándola "el patriotismo de la camiseta" y en mi opinión es tan perversa como el patriotismo propiamente dicho. Ya digo que hablábamos de fútbol. Es decir, si vamos a creerles a los fanáticos de ese espectáculo, hablábamos de todo: de filosofía, de poesía, de religión, de moral, de política, de derecho administrativo, de angelología, de física cuántica, de psicoanálisis. Y yo, que no soy particularmente amante de ese cerril deporte, o tosca religión, o lo que sea, lo criticaba desde mi punto de vista de aficionado a los toros. O sea, desde el punto de vista de la religión verdadera, de la ciencia, del arte. Así que le decía a Valdano que no podía entender la insensatez de gentes, por otro lado en apariencia cuerdas, que se quisieran partidarias de un equipo de fútbol, cualquiera que fuera: el Millonarios de Bogotá, o el Bayern de Múnich, o el Barça de Barcelona, o como se llame el de Pyongyang de Corea del Norte. Argumentaba yo:

—Es que no son como los partidarios de un partido: político, o religioso, o simplemente de capricho de color como lo fueron los "verdes" y los "azules" que en el imperio bizantino se mataban en el hipódromo. Esos lo son por sus ideas, o por sus prejuicios, o por sus intereses, o al menos por su jefe, como, digamos, los peronistas de la Argentina. Ni son como nosotros los partidarios de un torero —que podemos, por otra parte, serlo de varios al tiempo, vivos, o muertos, o incluso por venir. Yo mismo, para poner un ejemplo, duré casi diez años esperando con fe el advenimiento de José María Manzanares, el hijo de José Mari Manzanares, que ha superado a su padre, el cual ha sido uno de los mejores toreros de todos los tiempos, incluyendo los tiempos que yo no he vivido. Los partidarios de un torero lo somos porque este torea así o torea asá, o porque es así o asá. "Se torea como se es", dijo el gran Juan Belmonte. Y a la vez somos partidarios también de otro, o de otros, que torean distinto —asá o así— y que son distintos. Pero somos siempre partidarios de un mismo torero, o de varios, porque nos gusta, porque nos gustan. Y nos gustan porque son como ellos son.

Un respiro. Y proseguía yo así:

—En cambio ustedes, los aficionados al fútbol, no. Son partidarios de su equipo no porque su equipo sea como es, ni porque juegue de tal manera o de tal otra, bien o mal, así o asá. Sino porque ustedes, los partidarios, son de su equipo, y no a la inversa. No les importa si ese equipo cambia sin cesar. Ni si cambian los jugadores: ayer era, digamos, Di Stéfano, y hoy es, pongamos por caso, Ronaldinho. Ni de dónde vienen ni para dónde van: nacidos croatas o cameruneses o paraguayos, y criados en el Manchester o en el Nápoles. Ni si cambia el entrenador, y con el nuevo que viene se modifica por completo el estilo del juego: de la samba brasileña al catennaccio lombardo, por decir algo. Ni si cambia el dueño: un magnate petrolero ruso le vende sus derechos al primer ministro de Italia o a una sociedad anónima con sede en los Emiratos del Golfo o a una orden religiosa adventista o a los narcos del cartel de Cali. Ni si cambia su localización geográfica: creo —corríjame si me equivoco— que hay en Colombia un equipo de Boyacá que era de Bogotá, o al revés, y se llama Chocó (o Chicó). Es decir, son partidarios de una cosa cambiante, inasible, evanescente como el viento. En resumen: no saben de qué son partidarios.

Me explicaba Valdano:

—En eso consiste el patriotismo de la camiseta.

Pues eso: peor que el patriotismo de las patrias. Y en cosas como los mundiales de fútbol, los dos se suman. Sin hablar de que a cada rato —y no solo en los mundiales, sino en las copas regionales, etcétera— cambia la camiseta. Así, a la selección de España la llaman "la roja", y yo la he visto jugar uniformada de azul. (Y además ¿por qué la camiseta del portero es siempre de un color distinto de la de sus compañeros).

No soy aficionado al fútbol. Y tampoco soy patriota. Sin embargo hay cosas que me gustan, sí, tanto del fútbol como de las distintas patrias. Voy a empezar por las que no.

Ya desde niño, en el colegio, yo veía que los que jugaban fútbol se cansaban muchísimo. Y a mí nunca me ha gustado cansarme. Me pasaba los ratos del recreo tirado boca arriba en el prado, o si acaso boca abajo, buscando sin encontrarlos tréboles de cuatro hojas. Y al rato veía volver a los demás de jugar fútbol, sudados y exhaustos, y —por cortesía no se lo dije a Valdano— oliendo a camiseta. Tampoco me han gustado nunca las camisetas. Ninguna: ni las que tienen un cocodrilito verde en la tetilla, ni las que llevan un letrero chistoso o publicitario, ni las de rayas horizontales de gondolero veneciano. Ni me gusta el griterío angustioso de los comentaristas radiales de fútbol, y aunque la velocidad de su lengua me asombra, también me exaspera. Dicen siempre las mismas cosas, no se entiende lo que dicen, y casi siempre se equivocan. Tampoco me gusta el teatro victimista que hacen los jugadores ficticiamente lesionados para engañar a los árbitros. Y no me gusta —pero se trata, claro, de una opinión estrictamente personal— que haya tantos jugadores en el campo, sin contar árbitros y jueces de línea y técnicos y gente que se aburre y que espera. Me parece que bastaría con tres o cuatro jugadores por cada equipo (y los porteros, claro), y que los demás no hacen sino estorbo.

Me gustan, en cambio, los engaños verdaderos: el regate del balón entre los pies del adversario, o el falso amago de tiro que desconcierta al arquero y lo obliga a arrojarse en la dirección errónea para llorar después. Y a veces, cuando es buena, la trampa descarada y limpia: aquel gol, por ejemplo, que en el Mundial de México metió Maradona con la mano, como si tal cosa. Ahí vi yo, como todos, la intervención de la mano de Dios. Y me gustan casi siempre los fallos de los árbitros, entendiendo la palabra tanto en el sentido de errores como en el de sentencias judiciales (que muchas veces son la misma cosa). En este Mundial de ahora (pues la verdad es que yo no veo partidos de fútbol sino cuando hay mundiales) me gustó mucho el gol que les anularon a los ingleses contra los alemanes: tanto el gol mismo, con la graciosa gambeta solitaria y burlona del balón entrando y saliendo de los palos de la portería como un arpegio de piano de Chopin, como la anulación severa e inapelable del ciego juez de línea, como un hachazo. Y me gustó ese gol que en fuera de lugar —¿cuál es el lugar adecuado para meter un gol— les regalaron a los argentinos. Y me gustan también, claro está, las bellezas evidentes del fútbol, que les gustan a todos. La rauda geometría de los pases a ras de hierba, o esas curvas asintóticas que dibujan los altos cabezazos (y, en la repetición en cámara lenta de alta definición de las televisiones, ese momento espeluznante en que la frente de un jugador se estrella contra la velocidad desnuda de la pelota, y la piel se le resbala por el cráneo violentamente hacia atrás como si los indios del cine le estuvieran arrancando el cuero cabelludo, y parte del cerebro. O el súbito y tremendo estiramiento de una pierna hecha de músculos y de tendones en tensión: las piernas de un futbolista tienen más músculos y nervios que los que en toda su larga vida esculpió el mismísimo Miguel Ángel. Esas mismas piernas que los demás usamos apenas, si acaso, para andar (aunque hay quien trota), en manos (si así puedo decirlo) de los futbolistas se convierten en instrumentos delicados y precisos de cirujano o de músico. Una vez vi —en la televisión, por supuesto: nunca he estado en un estadio— un documental de una hora, por lo menos, sobre el juego de piernas y de pies de uno que no sé ya si era Rivaldo o Romario o Ronaldo o algún otro de esos genios del Brasil: parecía una mezcla del bailarín Barichnikov y un leopardo del National Geographic Channel. Y sí, claro, todo eso es admirable.

Sin embargo del fútbol me gustan más otras cosas: las más heterodoxas. Ya mencioné la mano de Maradona en México. Quiero añadir ese epítome  de elegancia silenciosa del cabezazo que le pegó Zinedine Zidane a un italiano entrometido y grosero hace cuatro años, en Alemania. Y uno de mis recuerdos más antiguos del fútbol, no visto, sino de oídas: el desdeñoso ‘gol olímpico‘ (creo que único en la historia), que le metió desde la esquina de la cancha, y creo que de chiripa, el colombiano Marcos Coll a la invencible ‘Araña Negra‘ Yashin de la temible Unión Soviética en el Mundial de Chile de 1962, hace 48 años. De chiripa, digo, porque en el juego del fútbol (y por eso es un juego) muchas cosas ocurren de chiripa. Como en los otros juegos serios: el billar, o los dados, o el ajedrez.

Dejo para el final entre mis recuerdos del fútbol, por su profundidad poética, aquel gol inmarcesible, es decir, que no se puede marchitar, que no se hizo y que nunca fue gol, y sin embargo es uno de los goles más famosos de la historia. Uno que iba a meter Pelé pero que en fin de cuentas no metió, y fue el más bello que se ha visto en los mundiales de fútbol, en el Mundial del 70. Yo lo vi en la televisión inglesa. Recuerdo que el estólido comentarista venía narrando el partido como quien narra uno de cricket, o sea, al paso, despaciosamente, sin ninguna emoción. Y de repente se le desgarraron todas las cuerdas vocales en un alarido de éxtasis:? — ¡¡¡Peléééé!!!

Y no hubo nada. Pero fue inolvidable.

Ya ven ustedes, lo que tienen de malo los mundiales de fútbol es que todos nos sentimos con autoridad para hablar de fútbol. Y eso es lo bueno que tienen.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.