Solo una vez en mi carrera de dibujante y caricaturista me he topado con la censura. Ganó ella, pero me queda la satisfacción de haberla desafiado. La cosa fue así.

Yo había escrito y dibujado un librito para niños titulado Isabel en invierno. La historieta de una niñita de 2 años que, una tarde gris de invierno, había ido en compañía de sus muñecos de felpa a visitar a los peces del estanque del Retiro, en Madrid. Una editora californiana, de paso por Bogotá, vio el cuento en una librería y me escribió proponiéndome la compra de los derechos. Quería publicarlo en Estados Unidos, en español como el original, para niños chicanos. Encantado, le contesté que sí. Pensé que iba a hacerme rico.

Pero entonces intervinieron los abogados de la editorial para redactar el contrato. Y en una de las cláusulas estipularon que el dibujo de la página 11 del libro (el que ilustra esta nota) necesitaba un pequeño cambio. Oh, una tontería insignificante: a la figura de la niñita que mira, de espaldas, su ropa en el armario, había que añadirle unos pequeños calzones y un pequeño sostén o brasier. Podía dibujarlos yo mismo, si quería, o, si no, lo harían los artistas encargados de la edición.

Dije que no. Que no quería ni hacerlo yo, ni dejarles ese trabajo sucio a ellos. Que me parecía obsceno y pornográfico y una mala acción, la de ponerle a una niña de 2 años un pequeño sostén que les sugiriera unas tetas inexistentes a unos abogados lascivos y perversos. Me explicaron que no era un capricho de ellos, sino una exigencia de las leyes de California para la protección de la infancia, que prohibían la representación gráfica de desnudos infantiles, y que si publicaban el dibujo tal cual, sin la debida censura, no solo habría sanciones contra la editorial sino que yo podía ser pedido en extradición por la justicia norteamericana, como lo son cada año tantos colombianos acusados de narcotráfico.

De modo que no se publicó el libro.

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